Los dos orgullos

Por Ángel Felipe Nieto (@Afelnie)

Sin duda lo más mediático del Orgullo LGTBIQ+ es la celebración. Las cabalgatas, las fiestas, los arcoiris, el confeti y los unicornios. La fiesta de la liberación, del “love is love”, de los derechos conquistados. Los baños de espuma y las multitudes, los conciertos y las banderas.

Y es fácil dejarse llevar por el entusiasmo, desde dentro del colectivo con su enorme subidón de sensación de pertenencia y visibilización colectiva, que normalmente vivimos a menor escala pudiendo compartir nuestras vivencias en asociaciones como WADO LGTBI. Y también se verá con cierta ilusión desde fuera por parte de cualquiera que se alegre de todos los avances que han ido haciendo algo más fáciles las vidas de muchas personas LGTBIQ+. A cualquiera que se alegre de que llevemos años avanzando contra la discriminación.

Aún incluso se puede llegar a oír, desde posiciones muy privilegiadas, que esta discriminación por orientación sexual o identidad es cosa del pasado en este país.

Pero… (Sé que esperabais el pero) hay otra parte del Orgullo, o quizás más bien otro Orgullo distinto. Un Orgullo reivindicativo, crítico. Una reflexión que sale de nuestras vivencias colectivas, de las violencias que seguimos sufriendo a diario. Del miedo a coger la mano a nuestras parejas por calles que no conocemos, del pánico al leer columnas de opinión y programas de partidos políticos defendiendo que tenemos una enfermedad que tiene que ser curada, de la soledad de callar en conversaciones en las que se asume quién tiene que gustarnos y quién no. Del odio que sufrimos simplemente por querer ser quienes somos, usar los pronombres que nos representan y expresarnos como nos sale. Sin medir si tuerzo demasiado la muñeca en mis gestos, si me he vestido de forma suficientemente neutra o si puedo o no hablar de determinado tema sin ponerme en riesgo. De las lágrimas que nos salen con cada paliza que dan a une compañere, de cada suicidio de quién se rompe porque ya no puede aguantar más un dolor así y de cada amigue a quien han echado de su casa porque “bajo mi techo no va a vivir ningún maricón”.

Nada de esto ha desaparecido, e incluso en algunos casos ha aumentado terriblemente en esta época. Para algunas personas parece ser motivo de triste orgullo ser excluyentes, gente que dice no ser políticamente correcta para esconder tras ese eufemismo sus violencias y la reclamación del derecho a oprimir a quien se salga de la normalidad o de cómo definan su realidad. Con el debate público de la Ley Trans se ha puesto una lupa fiscalizadora sobre múltiples realidades a las que se está atacando con odio, negando su existencia o siendo usadas como falacia del hombre (o mujer, o persona no binaria) de paja, como si fuésemos estereotipos en sus cabezas en lugar de vidas con nuestras preocupaciones y cuya reivindicación es que nos dejéis ser como somos sin sufrir odio por ello, nada más, pero joder, nada menos. Como decía Alana Portero hace poco en un artículo, nuestros objetivos son tan sencillos como poder “ir a la piscina, ir de compras, dar un paseo, coger un tren sin temblar a la hora de la identificación, hacer entrevistas de trabajo centrándote en el puesto y no en los prejuicios de quien te entrevista y sonreír delante del espejo de vez en cuando”.

La polarización entre normalidad y lo demás, esta alteridad a la que se nos condena a cualquiera que nos encontremos en una diversidad amplia y multicolor… sigue existiendo, y sigue usándose para justificar que no tengamos los mismos derechos. Que no podamos decidir sobre nuestra identidad, que no podamos simplemente ser como somos sin sufrir el continuo escrutinio y el etiquetado de anormales, confuses, desviades o inmadures desde personas que no han andado con nuestros zapatos.

Este Orgullo crítico reivindica que estamos aún en un camino largo hasta que podamos librarnos de estas violencias. Y que este camino no nos conduce a la normalización, no queremos ser normales. Queremos que se deje de etiquetar entre lo normal y lo que no lo es. Que abracemos la diversidad y comprendamos lo valiosa que es, lo hermosa que es, y la paz que conlleva aceptar que no tenemos que aspirar a una norma sino valorar lo que nos hace distintes. Que lleguemos a ella desde la transversalidad, sin negar las opresiones que no sufrimos y sabiendo que los derechos LGTB+ van de la mano del feminismo, del antirracismo, de la perspectiva de clase, y de la conciencia de que no podemos simplemente mirar el ombligo de nuestros problemas, sino salir todes juntes de las estructuras de opresión y las jerarquías tan interiorizadas que tenemos.

Guadalajara cuenta ya con bancos diversos gracias a una acción colaborativa ciudadana de pintura con diseños de Señora Naranja y María Pilar Fernández Peñato. Foto: Ayuntamiento de Guadalajara.

Siento si todo esto pueda llevar al desánimo a quien me lea, no me olvido de la importancia de la celebración de la que hablaba al principio y no es mi intención quitarle su valor. Es maravilloso poder celebrar cada paso dado, cada persona que se encuentra a sí misma, cada pequeño gesto por la aceptación de la diversidad. Cada conversación en la que alguien se sincera con su orientación o su identidad y recibe comprensión en lugar de odio es algo que sin duda merece la pena celebrar y una alegría que compartimos. La emoción de alguien que llega a su grupo seguro y dice llorando “hoy le he dicho a mi madre que soy lesbiana/asexual/bi/trans… y me ha dicho que me quiere igual”. Cada uno de estos gestos merece una fiesta.
Simplemente espero que un Orgullo no se olvide del otro, y que cuando cada persona piense en qué se conmemora en estas fechas, piense tanto en lo que hemos avanzado como en todo lo que nos queda por lograr para que podamos ser como somos sin recibir violencia por ello. Celebremos nuestra diversidad 🙂

Ángel Felipe es psicóloga, economista y activista LGTBIQ+ en WADO y No Binaries España

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