Un campo de concentración perdido entre carrascas

Por Gloria Magro.

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Foto: Carlos Pajas. Asociación Histórica Frente de Guadalajara.

En una planicie elevada sobre las alcarrias, más allá de Villanueva de Argecilla (37 hab.), una red de caminos de concentración parcelaria dibuja un laberinto intrincado de carrascas y aliagas por donde solo transitan agricultores de camino a sus labores y algún senderista ocasional. Ochenta años atrás estos parajes recónditos acogieron batallones de tropas requetés durante la Batalla de Guadalajara. La documentación de la época y los restos de los barracones que aún permanecen en pie así lo atestiguan. En ese monte hubo también, según los investigadores, un campo de prisioneros del que hoy nadie parece dar cuenta. Documentar ese lugar de memoria histórica de la Guerra Civil sumido en el olvido es el objetivo que se ha trazado el equipo de arqueólogos del Instituto de Ciencias del Patrimonio del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). La próxima primavera, si no hay mayores contratiempos, empezarán los trabajos de prospección. Al frente de ellos, el científico Alfredo González-Ruibal, a cuyo cargo han estado las excavaciones en el Valle de los Caídos que han dado a conocer como vivían los presos y trabajadores.

El proyecto en Villanueva de Argecilla del equipo que lidera el principal arqueólogo especialista en la Guerra Civil del CSIC consiste en hacer una prospección del terreno donde los expertos ubican un campo de prisioneros que a partir de 1937 acogía tanto a soldados capturados como a aquellos republicanos que se entregaban una vez constaban que la guerra estaba perdida. Según explica Alfredo González-Ruibal, el objetivo es levantar un plano amplio y detallado del recinto con ayuda de drones, así como efectuar excavaciones, sondeos en profundidad, en zonas no visibles. “Se trata de un proyecto de investigación, no hay un plan de musealización ahora mismo”, aclara. El área afectada está catalogada como yacimiento arqueológico por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, una figura de protección jurídica que según González-Ruibal no impide que se vandalicen los restos existentes. De hecho, el fácil acceso a estos parajes en los últimos años hace urgente a su entender una intervención científica que certifique lo acontecido allí al final de la Guerra Civil.

De momento, los investigadores están tramitando los permisos necesarios de los propietarios de las fincas, así como de las autoridades pertinentes, mientras recaban los fondos para llevar a cabo los trabajos. Una vez reunido el equipo implicado, las excavaciones podrían empezar la próxima primavera. El Instituto de Ciencias del Patrimonio, con sede en Santiago de Compostela, lleva años estudiando los espacios de represión franquista y de trabajos forzados. A partir de 2005, se han centrado en un programa de arqueología de la Guerra Civil y la dictadura. “Hemos estudiado varios centros de represión, como el de Castruera, en Badajoz, donde había barracones prefabricados de los que solo quedan los cimientos. En otras zonas hay memoria e información documental que indican que los presos vivían al aire libre, protegidos con los ponchos y los abrigos del ejército, refugiados en pequeñas madrigueras que excavaban… Da la sensación que este es el caso de este campo, un recinto improvisado para encerrar brigadas enteras acabada la guerra”, explica.

La documentación aportada hasta la fecha por la Asociación Histórica Frente de Guadalajara así lo confirmaría. Los documentos encontrados por Alfonso López Beltrán y Julián Dueñas Méndez en el Archivo General Militar de Ávila y en el Instituto Geográfico Nacional dan cuenta de la existencia en el monte de Villanueva de un puesto de mando, una central de transmisiones y un campo de concentración. La documentación aportada por estos investigadores constata en mayo de 1938 la presencia de efectivos militares como la 74 División, el 131 Regimiento Bailén y la 73 División. Y también de la 1ª Compañía del 76 Batallón de trabajadores prisioneros que constaba, según aparece en los archivos, de 874 trabajadores y 113 guardianes. Hasta marzo de 1939 habría habido censados en ese recinto del monte de Villanueva de Argecilla que hoy se busca, un total de 4338 prisioneros. Y habría sido el cuerpo de zapadores del ejército sublevado el encargado de las construcciones efímeras -chabolas- donde ubicarlos, así como de los barracones cuyos restos aún se levantan entre las carrascas y los quejigos. Esta información confirma lo hallado por el equipo del CSIC en otras excavaciones en campos de trabajo temporales. “Este campo en concreto -afirma Alfredo González-Ruibal fue un recinto militar durante la guerra y un campo efímero e improvisado usado para concentrar a los soldados que se rinden en masa a partir de marzo de 1939. Las construcciones eran chabolas y allí llegaron batallones de trabajadores entre 1937 y 38. Está documentado que llegaron soldados del norte, vascos. Al ser un periodo tan breve es muy difícil de investigar pero nos resulta igual de fascinante por lo desconocido que es”.

El primer estudio compilatorio de los campos de concentración franquistas fue publicado en una fecha tan tardía como 2005 por el historiador Javier Rodrigo, quien documentaba 188 campos de concentración en todo el país. En 2019, el periodista Carlos Hernández de Miguel los cifraba en más de trescientos, afirmando que “nacieron como parte de un plan preconcebido por los sublevados destinado a sembrar el terror y a eliminar al adversario político. La represión no fue una reacción a la violencia que ejerció la República ni una operación de castigo contra quienes habían cometido delitos de sangre. La represión fue una estrategia que había sido fijadas antes del 17 de julio de 1936 y que se desencadenó a partir de ese mismo momento”. Muchos de estos lugares de memoria no solo no están preservados sino que ni siquiera están ubicados sobre el mapa y sobre ellos se tiene poco más que una sospecha y una vaga localización. De hecho, en su libro, este autor afirma que en Jadraque (1370 hab.) hubo un campo de concentración aunque no se sabe bien donde, por lo que no sería ilógico pensar que pudiera estar refiriéndose al que hoy tratan de encontrar los arqueólogos en el monte de la cercana Villanueva de Argecilla.

La memoria es caprichosa cuando se trata de recuperar datos de la Guerra Civil y más cuando la mayoría de sus testigos ya han fallecido. En este sentido, la pandemia ha hecho estragos, acabando con las últimas voces de esa época. La Historia oficial parece haber borrado todo vestigio de la presencia de cautivos en la zona, tal vez porque se trató de un recinto temporal no lo recogen ninguno de los libros sobre la contienda en la comarca, ni los que hay sobre la Batalla de Guadalajara o el del historiador local y párroco durante más de dos décadas en esa comarca, Andrés Pérez Arribas.

Se da la circunstancia adicional de que el terreno sobre el que se investiga, que pese a su ubicación geográfica está en el término municipal de Jadraque, fue objeto de concentración parcelaria de los años 1980, de ahí que sus propietarios actuales no tengan una vinculación histórica con esas tierras. En cualquier caso, nadie en ambas localidades parece recordar la existencia allí de un campo de trabajo o de prisioneros de guerra. Si hay quien escuchó contar en su día que un mando militar trató de encargar a un contratista local la construcción de pistas forestales con mano de obra cautiva, a lo que éste se negó aduciendo razones morales para no trabajar con prisioneros de guerra. Este dato coincidiría con los que manejan en el CSIC sobre la dinámica de los prisioneros en los campos. Pasada la guerra, la necesidad de materiales de construcción y las carencias de la época hicieron que toda la zona fuera saqueada hasta el punto de que a día de hoy son escasos los restos visibles. Los cazadores de recuerdos o los visitantes ocasionales, ignorantes del valor que una simple lata o un ladrillo datado tienen para los investigadores, han hecho el resto.

Los grandes acontecimientos, los nombres relevantes de sus protagonistas, los lugares escritos con letras mayúsculas, están ligados a una cotidianeidad sobre la que apenas hay información veraz y contrastada. El contexto de la Batalla de Guadalajara en aquel largo invierno de 1937 cuya crudeza no olvidaban quienes la vivieron, se encuentra oculto bajo la hojarasca de un monte alcarreño. Desde aquel alto se divisan a lo lejos los estribores de la sierra de Madrid. Allí, en Cuelgamuros, las excavaciones en lo que fueron los barracones de los trabajadores del Valle de los Caídos están a punto de revelar sus secretos, una vez el equipo que lidera Alfredo González-Ruibal publique su informe de conclusiones. En otras ocasiones, pese a que los restos están ubicados y contrastados, la voluntad política de quienes prefieren que el tupido manto de la Historia siga ocultando la represión de la dictadura, los mantiene en silencio.

A instancias del Foro por la Memoria de Guadalajara, en 2019 el grupo municipal Unidas Podemos-IU presentó ante el Pleno del Ayuntamiento de Guadalajara una moción sobre espacios de la memoria. Se buscaba dignificar la memoria de los prisioneros que pasaron por el campo de concentración franquista que hubo en lo que hoy es la Escuela de Arte de Guadalajara mediante la colocación de una placa en su fachada. La moción fue rechazada con los votos en contra de Ciudadanos, Partido Popular y Vox después de una bronca sesión en la que hubo quien invocó a sus fallecidos familiares en la Guerra Civil para negarse a reconocer hechos históricos comprobados y darles a día de hoy el reconocimiento que merecen. Unos siete mil prisioneros de guerra pasaron por aquel campo de concentración y de clasificación de prisioneros situado en el centro de Guadalajara en 1939. En palabras del concejal de IU, José Morales “es una cuestión de honrar y dignificar a los que defendieron el gobierno democrático frente a los sublevados contra este gobierno”.

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