Del todo, al limbo

Por Gustavo García

El segmento de los jóvenes ha ido completando durante el verano las dos dosis de la vacuna contra el coronavirus.

Dudas, dudas y más dudas. No nos aclaramos mucho últimamente. A veces porque tampoco nos apetece; otras, por dejadez; y otras, por puro cansancio. La pandemia de la Covid-19 ha conseguido estos y otros efectos en nuestros comportamientos. Pero, no solamente en cualquier faceta de la vida, sino ante el propio virus que no ceja de acecharnos un día sí y otro también.

El que más y el que menos ha venido siguiendo las recomendaciones e informaciones que las autoridades nos han estado inculcando desde el principio. Y, todos sabemos que la mayor parte de la gente ha tenido un buen comportamiento. Ya cuando los primeros rayos del sol nos anunciaban la llegada del estío, la relajación comenzó a aflorar en la gente. Después del sombrío y largo año que llevábamos desde el mes de marzo de 2020, las ganas de diversión y de contacto con familiares y amigos eran enormes. Ahí comenzó la quinta ola.

Sí, relajación, pero impulsada además por esas autoridades que nos estuvieron conteniendo durante más de 14 meses. No es baladí pensar que veíamos el final del túnel en este verano de 2021. Sobre todo, cuando nos anunciaban que el ritmo de vacunación en España era propicio para lograr la inmunidad de rebaño a finales de agosto. Y, aunque sea prácticamente lo único real que se ha cumplido desde aquel lejano marzo del año pasado, el alcanzar una cifra de vacunación del 70% –pese a que nos adentrásemos ya para ello en septiembre– nos sirvió para que este verano, quien más y quien menos, se dejase llevar un poco, o más de la cuenta en muchos casos.

Normal. Antes ya nos habían dicho que las mascarillas por la calle se podían ir quitando. Ayer mismo un tertuliano de los medios de comunicación preguntó que por qué no nos la quitamos ya definitivamente como están haciendo en otros sitios. Que sólo quedaba la franja más joven de la población por contar con la pauta completa de la vacuna. Que el público podía empezar a acudir a recintos deportivos, culturales o de esparcimiento. Todo era ya de color de rosa ¿Cómo no nos vamos a relajar con esas perspectivas? Los políticos estaban deseando de dar buenas noticias a la población y sus subordinados, también.

Frustración
Sin embargo, todos nos quedamos estupefactos con los nefastos datos que nos llegaban según avanzaba el verano. ¡Tanta esperanza para luego volver a hablar de cifras de contagios similares a las del primer mes de mayo de la pandemia! Al menos, eso sí, los fallecidos no alcanzaban a cantidades tan alarmantes, si bien, por menos que hayan sido, esto sigue siendo un desastre, pese a pensar solamente en números, que tampoco. Cada vida perdida es un fracaso de la sociedad, principalmente si la causa es un virus contra el que todo el planeta viene luchando desde hace ya casi año y medio. Situación frustrante, sin duda.

Entre las vacaciones y la mayor despreocupación general –que nos hace casi olvidarnos de si hay o no estado de alarma o la hora en que cierran los bares, restaurantes o discotecas–, nos encontramos un día cualquiera con esos datos poco halagüeños. No queríamos creerlo. La variante delta, está siendo menos letal –nada nuevo–, pero más contagiosa. Un mal menor, aunque igual de lamentable.

Los expertos nos explican que el virus muta y se reinventa para sobrevivir en los organismos humanos. Y, que esa inmunidad de grupo que se esperaba alcanzar con el 70% de la población vacunada no sirve si en los países menos desarrollados este microorganismo campa prácticamente a sus anchas, surgiendo nuevas variantes. En resumen, que hay que vacunar a todo el mundo en esa proporción para lograr de verdad la inmunidad de rebaño. Y, no parece que lo recomendable es que en las naciones más desarrolladas se inocule una tercera dosis, salvo para los grupos de personas más vulnerables y expuestos si fuese necesario.

Menos mal que la cosa va mejorando en las últimas semanas. La tasa de incidencia acumulada se coloca ahora en 116,13 casos por cada 100.000 habitantes. Se comunican 7.804 nuevos contagios, elevando oficialmente los casos desde que el SARS-CoV-2 llegó a territorio nacional hasta los 4.915.265 y 85.393. Cifras que a casi todos se nos antojan todavía como muy cortas y alejadas de la realidad. No obstante, ya sabemos que, no sólo la solidaridad con otros países puede reconfortarnos a los más ricos, sino que también debemos facilitarles vacunas para no contagiarnos nosotros mismos, aunque sea por puro egoísmo.

Por ahí vamos bien. Lo tenemos claro. Y, mientras, ¿qué hacemos?¿cómo nos comportamos? Las decisiones de quienes tienen que tomarlas invitan poco a saberlo. De las primeras actuaciones exclusivas del Gobierno central, hemos ido pasando la pelota a los responsables de las comunidades autónomas y ahora, más bien, a los ayuntamientos. En consecuencia, hay parte de fiestas en algunas ciudades y pueblos, con toros, encierros, conciertos, peñas…y, en otros, nada de nada o con actividades muy contenidas. El mejor ejemplo es Guadalajara capital. Hay música en los parques de los barrios, actuaciones y conciertos, con medidas sanitarias, pero se restringen las Ferias como tales, incluidos todos los espectáculos taurinos. Eso sí, puedes ir a un campo de fútbol y –aunque con aforo limitado y medidas anti-covid, en teoría– encontrarte con aficionados que se abrazan sin pudor con los jugadores, todos ellos sin mascarilla. O bien, puedes ver fiestas, encuentros, hinchables, encierros y actividades diversas con la relajación más absoluta como si todo hubiese sido un mal sueño y la pandemia ya no existiera. Nada más lejos de la realidad. Vamos mejor, pero no para tanto y, sobre todo, si cada pueblo hace lo que le viene en gana, sin unificación de criterios con el resto, ni siquiera de su propia provincia –no hablemos ya de la región–, el descontrol y las dudas nos siguen apareciendo cada día más al común de los mortales. Ni siquiera mucha gente se ha enterado que estamos en plena ‘Semana Grande’ de la capital provincial y que el próximo viernes es festivo. En fin, en el limbo.

Hay que aplaudir medidas como que con el inicio del curso escolar en los colegios e institutos se mantengan las medidas sanitarias del anterior, suavizando en lo permitido, o que en las universidades de Madrid –desde ayer– y de Castilla-La Mancha –anunciadas ayer mismo– se instalen unidades móviles para inocular las pertinentes dosis a los jóvenes que aún no se hayan vacunado. Al menos, aquí la educación va en sintonía con la sanidad. Algo es algo.

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