Sí que sirve

Por Gustavo García

Pronto llegará el Día de Todos los Santos, pero en los peores momentos se siente al calor de las personas.

Dolor, pena, tristeza, añoranza. Son las palabras que mejor definen los sentimientos cuando tenemos la desgracia de perder a un ser querido. Difícil de asimilar, saber que es ley de vida, que nacemos para morir, por eso a todos nos llega, es lo que hay, nunca nos viene bien, murió sin sufrir –o, quizás no–, tenemos que seguir adelante…Son frases hechas, pero, inmensamente certeras. Cuesta volver a la normalidad cotidiana, y a unos más que a otros –según las circunstancias y personalidad de cada cual–. Todo ello, sobre todo, si quien deja este mundo es una madre, parece que el asunto se multiplica por dos, aunque aquí es complicado discernir. Lo que pasa es que ella es quien te trajo a esta vida y ahora tú la tienes que despedir para la otra.

A veces ocurre que los hechos se producen de manera repentina. De un momento a otro la situación cambia y hay que reorganizarse en el día a día. No sólo mentalmente, sino también para acostumbrarse a vivir en un futuro diferente. Falta una persona que hasta ayer era, o el alma, o una parte fundamental de la familia. Ahora no hay ya alguien con quien contabas para muchas tareas cotidianas. Y, al margen de ese afecto, cariño y amor que se le procesa –que no es poca cosa, por supuesto–, te encuentras en una variación repentina de tu cotidianidad. La ausencia de la progenitora –y más, si se trataba de una persona activa– marca a la mayor parte de la familia. Es necesario acoplarse y cambiar el chip. Un nuevo orden después de años y años habituados a los mismos roles en casa, por mucho que ya en estos tiempos, todos sepamos hacer de todo. Ya, solamente por esto, que al final no es lo más importante, pero que sí que –además de la pena, la tristeza y la añoranza– obliga a llevar a cabo un cambio psicológico en la forma de vida, que ahora sabemos que es para siempre. Otra piedra en el camino de tratar de volver como sea a una cierta normalidad, porque la total ya no la vamos a tener nunca.

No somos psicólogos. Ellos saben más de todo esto. Llanamente, la experiencia no dice que es imprescindible ser fuertes. Claro, es fácil decirlo. Remedios: el trabajo, intentar ilusionarte con los seres queridos más cercanos o buscar si existe algún aspecto positivo de la situación –que pocas veces podemos encontrar si no es porque tengamos una mente privilegiada, nos autocontrolemos y sepamos alejar los sentimientos de la razón–. Ahí podremos tratar de escudarnos y querer seguir adelante, volviendo a tener ganas de vivir en comunidad, sin aislamientos, que lo primero que igual nos pide el cuerpo.

En estos casos, no son pocas las ocasiones en que, cuando no somos nosotros los afectados directamente por ese dolor inmenso producido entra en juego la parte que la sociedad en su conjunto tiene como tal. Y aquí ya nos preguntamos entonces si las actuaciones y el trato que llevamos a cabo para con los más próximos a la persona desaparecida son los que debemos, tenemos que estar en contacto total con ellos, hay que dejarles o no margen para su meditación y procesamiento interno, si es bueno realmente o no que les hayamos acompañado de cerca desde el momento del fatal desenlace en los últimos momentos, en el velatorio, en el entierro, en el duelo, en los días inmediatamente posteriores, etc. Como casi todo, hasta que el asunto no se experimenta en primera persona no se pueden conocer tales sensaciones. Y, la respuesta no puede ser otra: .

Apoyo

Después de horas angustiosas y de apesadumbramiento, se puede hacer un balance de lo que ha podido suponer él para la sociedad con la que el fallecido ha compartido su vida –si fue larga con mayor motivo–. Cuando llegan a los familiares las muestras grandes y en número de allegados, amigos, vecinos y de las personas que han convivido con la persona desaparecida muchos periodos de sus vidas es la hora de ver el afecto general que se le procesaba. Eso siempre hay que ponerlo en la balanza del lado positivo de estos hechos luctuosos. Que no son consuelo para los afectados, pues no. Que la vida no, por eso, se le devuelve, pues tampoco. Sin embargo, es lo que queda y adonde aferrarse.

En medio, para ellos queda el apoyo recibido en esas fases expuestas. Los abrazos sentidos, los besos, los saludos diversos, el contacto –ahora ya sí, con menos restricciones– suponen, sí que sí, un gran bálsamo reconfortante para quienes han visto truncar su devenir diario en un soplo. Cierto, el acompañamiento de cerca en los momentos difíciles para los familiares del ser desaparecido es fundamental. La familia y la sociedad son pilares esenciales para tratar de hacer mitigar esas pérdidas irreparables. No hay que dudar. Toda muestra sincera –y cuanto más próxima, mejor, en lo referido a estar cerca–, no es un alivio, pero sirve, sí que sirve. De ahí que también se confirme el calvario de los fallecimientos en la pandemia. Esa falta de contacto directo ha sido demoledora. No se puede hacer otra cosa, pero eso ya es mucho, muchísimo. Las gracias por tales apoyos tienen que ser eternas para todos. Las palabras sobran en ese sentido. Y, luego llega el momento de hacer un repaso mental por la gente que en la vida del difunto se la ha hecho más fácil o agradable. Siempre suele haber mucha. En general, todos somos buenos hasta que se demuestra lo contrario. Es verdad, que se comprueba que puede haber más o menos cantidad de muestras de cariño para los cercanos, por el ser perdido y por los más allegados. De todos modos, aunque fuesen pocos, de ser sinceros, la sensación no tiene por qué no ser la misma. Amigos, familia, vecinos, compañeros de trabajo…todos son importantes. Eso es vivir. El reconocimiento suele ser extenso. Lo que ocurre es que, cuando llegan estos momentos, nos queremos fijar con mayor atención en nuestra salud. Repasando la de la persona desaparecida, no cabe por menos que acordarse con una mención especial a quienes han velado por que aquélla se mantuviese a flote: los sanitarios. Y, cómo no, en los últimos momentos la ayuda de algún VECINO, en mayúsculas. Y si todos ellos han demostrado una ternura y saber estar profesional hasta el crítico desenlace, a uno le queda un poso de dulzura que paladear en todo el sabor amargo del trago final que da la vida.

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