La milla de oro

Por Gloria Magro.

El kilómetro cero del consumo en Guadalajara no está a día de hoy en la calle Virgen del Amparo, como podría suponerse, ni tampoco en el popular barrio de La Llanilla y sus aledaños, el único que parece resistir como zona comercial contra viento y marea, o más bien, contra viento y pandemia. La milla de oro de la ciudad se sitúa, sorprendentemente, fuera de la ciudad y en un polígono industrial, El Balconcillo. Allí, en torno a la rotonda de acceso a la calle Méjico se concentra en la actualidad el mayor número de metros cuadrados dedicados al sector de la alimentación, el único que a día de hoy crece de forma física y continuada sin que ningún Covid lo pare. Las nuevas aperturas de supermercados así lo avalan y también la avalancha de guadalajareños que cada día colapsan una zona que no parece preparada para recibirlos.

Cualquier día laborable en torno a las seis de la tarde una caravana de coches se acumula en los accesos a la calle Méjico. Aldi, Mercandona, el recién renovado DIA, Supeco y el último en llegar, una gran superficie Ahorramás, son el destino de los consumidores locales que optan por desplazarse hasta las afueras para llenar el carro de la compra. Así, el polígono El Balconillo, que tradicionalmente solo registraba actividad empresarial durante las mañanas, para languidecer aletargado el resto de la jornada, se ha convertido por obra y gracia de los minoristas de la alimentación y algún otro espacio comercial, en la zona más transitada de la ciudad prácticamente durante todo el día. A pesar de que todas las enseñas de alimentación allí instaladas cuentan con su propio aparcamiento, lo cierto es que la calle Méjico no parece preparada para acoger tal cantidad de vehículos y mucho menos de viandantes.

El polígono, así a secas, tal y como se lo conoce en Guadalajara, fue el primer desarrollo industrial que tuvo la ciudad en los años 1970 y en su origen comprendía todo lo construido más allá de los chalecitos de Fernández Iparraguirre –el Paseo, también a secas- que era junto con el campo de fútbol de El Productor, el límite de la ciudad en aquellos años. La parte superior hasta la avenida del Ejército era zona residencial adjudicada a distintas cooperativas. Más abajo, entre la A2 y el río Henares, con fácil acceso desde la carretera de Barcelona, la industrial. Con un espacio tan restringido, pronto fue evidente la necesidad de nuevas zonas industriales alrededor de Guadalajara, en Cabanillas y Marchamalo. La alta rotación de empresas y la falta de de un mantenimiento adecuado de las zonas comunes, convertidas en muchos casos en aparcamiento informal para camiones, contribuyeron a degradar este entorno. En los últimos años, solo la renovación del sector de la automoción con la llegada de nuevos concesionarios de coches ejercía de reclamo para los visitantes y toda la zona acusaba un cierto grado de decadencia e incluso de abandono, con parcelas en desuso, esqueletos de hormigón que no parecían encontrar nuevos ocupantes y aceras y mobiliario urbano envejecidos cuando no claramente depauperados. En definitiva, unas calles desoladas y poco apetecibles para transitar.

La desaparición de la gran superficie pionera en la alimentación a gran escala en la provincia, el supermercado GELCO y de las sucesivas marcas que ocuparon su lugar, no hacía presagiar nada bueno. Pero nada más lejos de la realidad. Hoy en día, tanto la calle Méjico como la calle Trafalgar, son el principal foco de atención comercial en la ciudad, una vez desaparecido El Corte Inglés. La amplia oferta de productos, más allá de la alimentación, incorporada por la práctica totalidad de las enseñas allí presentes y la renovación constante del estocaje, del que dan cumplida cuenta cada semana los catálogos buzoneados por toda la ciudad, las hacen especialmente atractivas y resultan un imán para los guadalajareños.

Sin embargo, las infraestructuras no acompañan semejante actividad. Las aceras, originales aún del polígono industrial de los años 1970, no están preparadas para el tránsito de clientes de un supermercado a otro, no hay pasos de cebra donde hoy en día serían necesarios, ni reductores de velocidad en el pavimento. Tal vez a los responsables del polígono les ha pillado esta situación con el pie cambiado, no en vano hasta fechas recientes las superficies de alimentación que se instalaban en las afueras respondían a un perfil muy definido, el de las enseñas de descuentos duros cuyos clientes no demandaban servicios extras, sino que acudían al extrarradio atraídos por los precios bajos sin otras consideraciones adicionales. Hoy esto ya no es así, la alta demanda generada por estos establecimientos hace que de un tiempo a esta parte la competencia entre grandes marcas no solo esté en el precio, sino que se compita por renovar y ofrecer gamas cada vez mas amplias de de productos, instalaciones cuidadas y cierta experiencia de compra de mayor nivel. En el polígono El Balconcillo esto último resulta difícil. La zona no está preparada para absorber con fluidez el gran número de clientes que reciben y el estado general del entorno resta atractivo a las compras, que van más allá de la alimentación si tenemos en cuenta la existencia de varias grandes superficies chinas abiertas los siete días de la semana, un Leroy Merlin, restaurantes y comercios de venta al por mayor de todo tipo. Incluso un clásico local como es la bodega Valentín Moreno e hijos, está instalado en los alrededores.

Dejando aparte la calle Méjico, las estadísticas y los estudios de mercado muestran que la pandemia ha cambiado los hábitos de consumo y restringido el gasto de los hogares en todos aquellos ámbitos que no sean la alimentación en el hogar. Y en eso parece que se están aplicando también los consumidores en Guadalajara. Con el futuro establecimiento de Mercadona en la plaza de Santo Domingo aún en el aire debido a problemas con los vecinos del inmueble, el centro de la ciudad carece de grandes superficies, lo que no es ninguna sorpresa dada la configuración del casco histórico. Guadalajara se expande urbanísticamente hacia el norte, en dirección Taracena, con el límite claro y preciso de la Ronda Norte. Sorprende por tanto que sea hacia el sur hacia donde se tengan que desplazar los vecinos para hacer la compra, y no solo de productos frescos. La explicación es tanto social como demográfica.

Las nuevas familias no demandan establecimientos de cercanía; sin lazos emocionales en muchos casos con Guadalajara y habituadas como están a acudir a sus centros de trabajo fuera de la ciudad, las vías de comunicación en anillo facilitan la entrada y salida sin tener que poner un pie en el núcleo urbano. Basta con darse una vuelta por las avenidas que están creciendo en Aguas Vivas, la Avenida Salinera, Las Cañas, Los Valles o La Muñeca para percibir que se trata de una nueva ciudad. Y también la desproporción entre el número de habitantes y de áreas comerciales que les prestan servicio. En los nuevos barrios se suceden las casas, los edificios de pisos y las urbanizaciones cerradas sin que haya cabida para el pequeño comercio de barrio que hasta ahora se consideraba imprescindible.

Así, en la nueva Guadalajara que se constituye como ciudad dormitorio se ha de coger el coche y desplazarse si quiere ir a la peluquería, al veterinario, a la tintorería, y por supuesto, a llenar la nevera. La situación se paliará en cierto modo tras la demolición del Centro Comercial Divervalles si como se ha anunciado en ese espacio se instala un gran supermercado, alternativa de compra al siempre saturado Mercadona de la calle Sierra. En un futuro próximo podría concentrarse en ese punto de la glorieta de Las Provincias otro núcleo duro del sector de la alimentación, con un Hiper Usera y un Ahorramás en las inmediaciones. De no ser así, la opción, una vez más, está en coger el coche y desplazarse por la A-2 o desde la Ronda Norte hacia el polígono El Balconcillo, donde las grandes enseñas de la alimentación esperan a sus clientes con los brazos abiertos. O tal vez, ya puestos en carretera, hasta Alcalá de Henares o ese nuevo centro comercial con lámina de agua que no termina de inaugurarse en Torrejón de Ardoz, aunque esa es ya otra historia.

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