Releer

Por Estrella Ortiz (*).

¿Quién eres?, gritaron ellos, en la linde del pueblo./ Soy de los vuestros, respondió el poeta./ Aunque iba vestido como el viento, aunque parecía una cascada. Mary Oliver.

Dijo Joan Fuster que releer es la única forma seria de leer. Y no puedo por menos que darle la razón. Sí, ya sé que bastante tenemos con leer o con animar a leer —como es mi caso— como para insistir a propósito de los beneficios de las relecturas. Sin embargo, aunque los tiempos vayan en apariencia por otros derroteros, yo no dejo de hacerlo, también a propósito de la lectura de poesía, pues aunque la obra escrita permanece inmutable así pasen cien años (y más), no nos sucede lo mismo a sus posibles lectores y lectoras. El tiempo hace su trabajo, de modo que volver sobre una lectura que nos gustó puede reservarnos alguna sorpresa.

Hace unos meses elegí unos cuantos nombres de poetas para coordinar un club de lectura de poesía. El primero fue Mary Oliver, con su poemario Felicity (¡qué excelente manera de iniciar cualquier cosa con un título así! Y lo mejor de todo es que sus poemas están a la altura del título). El segundo nombre fue Luis Cernuda, el poeta de mi juventud más temprana. Guardo todavía en la memoria bastantes versos suyos, e incluso algún poema completo. Como el titulado No decía palabras con el que aprobé el ingreso en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Todavía recuerdo cómo me temblaban las piernas después de haberlo recitado arriba del teatro, para los profesores que formaban el jurado. En aquella prehistoria de mi vida, este poeta estaba asociado a los latidos del corazón, sentimientos del amor, el deseo, el olvido, la soledad. De modo que cuando me puse a leerlo de nuevo, ¡qué impresión me produjo observar el paso del tiempo a través de sus versos! Tanto, que tuve un apunte de arrepentimiento por haberlo elegido, sobre todo porque me obligaba a aceptar que la lectora que lo amó ya no existía.

Pero perseveré en la lectura y al poco descubrí que solo me sabía poemas de su primera época, los escritos antes de la guerra civil, lo que me hizo pensar que había mucho poeta todavía por descubrir. Cernuda escribió una única obra poética a lo largo de toda su vida titulada La realidad y el deseo. La primera edición fue precisamente en 1936. Como puede imaginarse, poco tiempo tuvo el poeta para disfrutar de su publicación: la realidad general era demasiado urgente y trágica, como para atender a deseos particulares. Este título –La realidad y el deseo– Cernuda nunca lo cambió, de modo que su obra fue creciendo con poemas nuevos que ordenaba dentro de unos apartados a los que daba nombre. Así encontramos, dentro de esta obra general, títulos como: Invocaciones, Donde habite el olvido, Las nubes, Como quien espera el alba, Vivir sin estar viviendo, Desolación de la quimera.

La obra de cualquier poeta siempre está ligada a sus experiencias vitales, esto es incuestionable, pero con Cernuda nos sentimos sobrecogidos, pues leyéndole asistimos a su proceso vital: sus poemas son la historia de un hombre. Una historia bien triste, por cierto, que habla de nuestro pasado reciente. Todo este profundo cambio vital comienza con los poemas de Las nubes. Son poemas que hablan de la guerra, el exilio, la muerte de los amigos. En el poema A Larra con unas violetas dice el poeta: “Escribir en España no es llorar, es morir”. Ahí también está el poema que escribió a la muerte de Lorca,A un poeta muerto. (F. G. L.)”. En fin, todo en Las nubes tiene una fuerza terrible. Mientras lo leía pensaba en la dificultad que debe de suponer escribir dentro de un conflicto de esta categoría. Entonces, me he inclinado con respeto ante la elegancia de este poeta que no se queda en el discurso fácil, de propaganda, sino que continúa siendo profundo en la forma de decir las cosas que siente.

Cernuda siempre valoró su independencia artística por encima de las ideologías; y en las circunstancias duras en extremo en las que vivió, bien pudo demostrarlo. Con dolor, es cierto, pero también con absoluta dignidad. Para mí este es su legado humano y artístico más importante, el hecho de que siempre antepusiera la dignidad de las víctimas al fragor de las armas pues, según sus propias palabras, “La destrucción y la muerte, sea bajo tal o cual pretexto, no se pueden cantar ni mucho menos glorificar”.

En 1938 el poeta inició un exilio del que nunca volvió. No lo tuvo fácil la difusión de su obra. Además de la precariedad de estar fuera de su país, hay que añadir las circunstancias adversas de vivir aislado durante muchos años en un mundo anglófono; a lo que se le sumaba su carácter solitario y poco dado a las relaciones mundanas. No obstante, a pesar de todo ello, ahí está el poeta con su vocación inquebrantable, haciendo poesía como forma de estar en el mundo, como manera de supervivencia para sí mismo; en la desazón de no saber si será leído, y preguntándose si aún en caso afirmativo, ello puede consolar de la precariedad del presente. Dice en su poema Noche del hombre y su demonio:

Hoy me reprochas el culto a la palabra. / ¿Quién sino tú puso en mí esa locura? / El amargo placer de transformar el gesto / en son, sustituyendo el verbo al acto. / Ha sido afán constante de mi vida. / Y mi voz no escuchada, o apenas escuchada, / ha de sonar aún cuando yo muera, / sola, como el viento en los juncos sobre el agua.

Este es el Cernuda reflexivo que me aguardaba, y también el desolado. No es casualidad que fuese Desolación de la quimera el título que dio a su último apartado de poemas. Cernuda falleció en noviembre de 1963 en México, último país que lo acogió. Y aunque la muerte fue repentina, muchos de estos poemas tienen un presentimiento bastante fuerte de obra acabada, y de despedida. Como si el yo poético ya lo supiera y escribiese en un tono de elegía anticipada, como si el hombre ya hubiera vivido lo emocionante de su vida y solo le quedara aceptar el paso del tiempo.

Las últimas palabras que escribió Miguel de Cervantes antes de morir, a modo de despedida de sus lectores, están recogidas en el prólogo al lector de su obra Los trabajos de Persiles y Sigismunda (obra póstuma, publicada en 1617), y dicen así:

“¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”.

Este adiós -en palabras de Vila-Matas– es el más sobrecogedor e inolvidable que alguien haya escrito para despedirse de la literatura. Imagino que Cernuda, gran lector y amante de los clásicos, las conocía. Si no fuese así, me inclino emocionada igualmente ante el sentir que une a los dos autores, pues esto es lo que dijo el propio Cernuda en las dos últimas estrofas de su poema Despedida

Adiós, adiós, manojos de gracias y donaires. / Que yo pronto he de irme, confiado, / adonde, anudado el roto hilo, diga y haga / lo que aquí falta, lo que a tiempo decir y hacer aquí no supe. // Adiós, adiós, compañeros imposibles. / Que ya tan solo aprendo a morir, deseando / veros de nuevo, hermosos igualmente / en alguna otra vida

Y con este regalo poético yo también me despido, esperando que mis palabras os hayan animado a leer y a releer. Porque este acto íntimo y sosegado es sin duda una manera irremplazable de sentir la propia existencia, de sentirnos parte de este apasionante y maravilloso mundo.

https://clubesdelectura.castillalamancha.es

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(*) Estrella Ortiz es narradora oral y ha sido profesora de teatro. Una de las artífices de la creación de Fuegos Fatuos, la primera compañía de teatro profesional de Castilla-La Mancha y cuentista en la Biblioteca Pública de Guadalajara desde 1984. Su alter ego, la bruja Rotundifolia es su personaje más conocido. En 1992, una de las inventoras del Maratón de Cuentos de Guadalajara. Ha sido galardonada con la medalla al Mérito Cultural de Artes Escénicas de Castilla-La Mancha 2019.

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