El ‘final’ de la pandemia

Por Gustavo García

Es nuestra ilusión. El principal deseo para el año nuevo. Lo que pasa es que el título hace honor al día que es hoy. Es cierto que los expertos nos van aportando datos y dicen muchos de ellos que tanto contagio y tan débil puede suponer el principio del fin de la Covid. No acabamos de entenderles muy bien, pero, más o menos, parece que son las principales conclusiones de esta última ola que asola por todas partes. Hablan de que al virus se le van acabando los trucos y que lo vamos arrinconando en sus mutaciones, que cada vez son más débiles y que las vacunas lo neutralizan. A ver si es verdad porque estamos hartos de tantos vaivenes. Lo que pasa es que, aun ganando esta batalla, que no es poco, hay otra que está también en las manos del ser humano y que viene empeñándose en dejarse perder. Nos referimos al funcionamiento del sistema sanitario.

Un año y un día. No es una condena, no. Se trata del tiempo que hace que Araceli Hidalgo y la residencia de la Tercera Edad ‘Los Olmos’ pusieron otra vez a Guadalajara en el mapa. En esta ocasión, para bien. Fue el lugar elegido para que el 27 de diciembre de 2020 comenzase la vacunación en nuestro país. Una buena noticia después de tantos sinsabores acumulados. España ha demostrado con constantes pruebas su magnífico nivel en el aspecto sanitario. La última, ese ejemplo de vacunación para todo el mundo –alcanzando ahora el 92% con pauta completa para mayores de 12 años, edad que por debajo ya están empezando a ser inoculados, y con la tercera dosis también a buen ritmo, aunque menos–, lo que contrasta con los infectados a estas alturas –cuatro veces más que hace un año por estas fechas–. Ha habido relajación, nos hemos dormido en los laureles y tenemos que ponernos de nuevo las pilas para aumentar al máximo una posible inmunidad.

Ocurre que en los picos de la pandemia también han quedado a la vista las carencias de nuestro sistema sanitario. Da la impresión de que es la incontestable calidad y sentido vocacional de sus profesionales la que nos está sacando a flote. Y, aunque todos los escalones se han visto afectados por la avalancha de casos positivos, en este último episodio está siendo la Atención Primaria, el que recibe el impacto inicial de los enfermos, siendo el más perjudicado de nuevo. No hay manera de aprender.

Recursos y recursos

Con la que está cayendo, casi se nos olvida ya –porque parece que queda lejos– que el 12 de diciembre cerca de un centenar de organizaciones del sector convocaron movilizaciones en el Ministerio de Sanidad para defender la calidad asistencial y, como indicó una de ellas, Comisiones Obreras, “poner la Atención Primaria en la agenda política a nivel central y autonómico”. Después ha llegado la saturación de los centros de salud con todo lo relacionado con la Covid, que han obligado a médicos y enfermeros a tener que seleccionar por prioridades. De manera que se han tenido que centrar prácticamente con exclusividad en la pandemia. Son el primer escalón de la sanidad y ahí llegan los pacientes para pedir las pruebas o que los sanitarios les deriven donde crean conveniente según sus síntomas. El resultado, una avalancha incontrolable en la mayor parte de los consultorios. De hecho, el pasado fin de semana se saldó con 2.238 nuevos positivos en la provincia de Guadalajara.

Las grandes concentraciones navideñas ayudan poco al trabajo diario de contención de los sanitarios.

Si los médicos de Familia ya estaban trabajando por encima de sus posibilidades, esto ha sido la puntilla. No les cuidamos y, de los aplausos de la pasada primavera, hemos llegado a los insultos en algunos casos. Y, es que acaban los picos y nos olvidamos de ellos. Sobre todo, la Administración de la que en cada caso dependan. Cabe recordar que en esa movilización, que tuvo lugar hace apenas 16 días, exigían, entre otras reivindicaciones, “recuperar lo recortado en los últimos años, incrementando el presupuesto hasta el 25% del total, garantizar unos centros de salud abiertos y sin listas de espera, dar prioridad a las consuntas presenciales e incorporar profesionales a los equipos”. Entonces se decía que la situación de la Atención Primaria era crítica y que la intención era obligar a las administraciones sanitarias a comprometerse de una forma seria, “adoptando medidas urgentes para su recuperación y mejora, dejando a un lado promesas vacías”. Bajo el lema Salvar la Atención Primaria, tras los últimos, acontecimientos estas reivindicaciones y calificativos de la situación incluso se han quedado cortos.

Estas peticiones, que eran mucho más amplias y muy razonables, por cierto, se resumen en que hace falta adecuar de una vez por todas las plantillas de sanitarios a las necesidades reales de los centros de salud y no sólo fijar los médicos y enfermeros según las cartillas sanitarias –ya, de por sí, por encima de lo normal para poder atender de verdad a los pacientes como se debe–. Recursos, mayor presupuesto, incrementar formación e investigación, colaboración con la sociedad, necesidad de equipos estables, preparación de asuntos pendientes en las consultas al margen de la atención directa a los pacientes… Son algunas de las medidas que, por básicas que parezcan para un tema tan sensible como es la salud de todos, no están ni por asomo nada claro que se admitan.

Este es el verdadero caballo de batalla. Si no dedicamos una parte fundamental de los presupuestos a mejorar el primer escalón de la salud y si, en vez de cuidar a sus profesionales, les machacamos, les vejamos, les humillamos y no les defendemos a capa y espada, flaco favor nos hacemos a nosotros mismos como sociedad. Es indignante que cada vez que hay un repunte de casos de cualquier tipo, vuelvan a ser únicamente la profesionalidad, la vocación y el amor propio de nuestros sanitarios los que nos saquen las castañas del fuego. Algunos políticos actúan cuando ya no tienen otra alternativa y ven las orejas al lobo. Sin embargo, no es más razonable ponerse desde YA manos a la obra y mimar a nuestro escalón más familiary cercano. Por favor, no esperemos a otras crisis para hacerlo. Por una vez, vayamos por delante. Sólo así creceremos como grupo, a la vez que seremos capaces de protegernos. Seguro que podemos y que el nivel del sistema sanitario español seguirá siendo la envidia de casi todos a nuestro alrededor. No lo perdamos porque no, no estamos en el final de nada. Y no es inocentada. Hay todavía tres millones de personas sin vacunar y miles de infectados, pese a la vacuna. Ellos son necesarios. Hay que dejarles trabajar.

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