Yo también fui a EGB en Guadalajara

Por Sonia Jodra

Crecimos visitando Galeprix una vez al mes para usar unas escaleras mecánicas. Vimos los estrenos de cine en el Coliseo Luengo, el Imperio y el Moderno cuando hacía tiempo que se habían estrenado en el resto del planeta. Fuimos a la Feria en el Recinto Ferial, como no podía ser de otra manera, y en la adolescencia quedamos cada tarde de sábado en Hernando para festejar en los bares cercanos. La generación “egebera” de Guada, esa que ahora anda entre los 40 y los 50, todavía compró chucherías en el kiosko de Pepito y, sobre todo, en el de Angelita. Aprendió a escribir a máquina en aquel local junto a Santo Domingo e, incluso, aplaudió las canciones de Teresa Rabal en la plaza de toros. Esta es la historia de aquella generación del “baby boom” de provincias, del “Yo también fui a EGB en Guadalajara”.

Pocos fuimos a la guardería, porque apenas había y las madres aún se dedicaban a aquello que poníamos cuando nos preguntaban en algún documento oficial, “Sus Labores”. Aún no se había patentado la palabra Educación Infantil, así que nos convertimos en párvulos cuando ya andábamos creciditos en nuestros tres años largos o cuatro. Teníamos el colegio muy cerca de casa, tan cerca que apenas teníamos 6 o 7 años ya íbamos y volvíamos solos, sin peligro aparente que acechara nuestras tiernas vidas. Digo íbamos y veníamos porque por entonces, allá por los 80, el horario escolar era de 10 a 13 y de 15 a 17. Sí, sí, íbamos a casa a comer y volvíamos por la tarde. Por entonces todavía hacíamos gimnasia en lugar de Educación Física y nuestros chándals y zapatillas aún no se habían sofisticado. Nos equipaban en lugares con poca variedad, “La flor catalana”, “Glorycris”, Galerías Sánchez en el barrio o, por supuesto en “la plaza”, ese mercadillo ambulante que por entonces estaba en los exteriores del mercado de abastos. Por tanto, los chándals se repetían con frecuencia y si no se repetían es que lo habías heredado de un hermano o un primo mayor -la economía circular de entonces sí que funcionaba-.

Entre las zapaterías, había para elegir Robisco arriba o Robisco abajo, en la Calle Mayor. Y la revolución fue la apertura de Galaxia, aquella con tanto escaparate que alegraba las compras. Las compras de zapatos, porque las de comida se alegraban en Galefrut, en la Calle Capitán Arenas, con alguna réplica de barrio pequeño como el de la Calle General Vives Camino. Trinaranjus en botella de litro de cristal, ¡vaya fiesta! cuando llegaba en la bolsa de la compra. Y el resto de la compra, a diario. Para el recreo, donut o cuerno en la panadería de abajo. Y para merendar, sin discusión bocata. Chorizo, salchichón o jamón de york.

El fin de semana no había centro comercial, los viajes a Alcalá de Henares eran algo que llegaba de Pascuas a Ramos, con el objetivo de comprar el traje para una boda o los azulejos para una reforma y, eso sí, disfrutábamos cuando nuestros padres nos llevaban al Ateneo a tomar unas raciones con una Mirinda. Los cumpleaños se celebraban en casa, aún no había Burger ni parques de bolas. Y unos sanwiches y un par de platos de patatas rueda y ganchitos naranjas nos eran suficientes para mezclarlos con la coca-cola de litro y la tarta de La Flor y Nata.

Si éramos más felices que ahora nuestras hijas e hijos es una pregunta sin respuesta científica. Esta moda de la nostalgia nos hace ver todo con el tamiz de la felicidad pasada. Pero eso que ahora llamamos bullying, acoso… Siempre había alguien con el que meterse en clase y en el barrio “ser gordo”, “llevar gafas” o “tener pluma” nunca puso las cosas fáciles. ¿Estábamos más tiempo al aire libre? Por supuesto. ¿Jugábamos más en grupo? Claro que sí. Y a cosas tan bestias como “el Churro”, con el que pudimos partirnos la columna y el cuello en más de dos ocasiones. Nos abrimos alguna que otra brecha con aquellos columpios de hierro fundido que ahora horrorizarían a cualquier padre. Y pudimos perder la vida cruzando carreteras sin mirar detrás de una pelota.

Los que vivíamos por El Balconcillo nos íbamos alguna tarde a merendar al “Toro”, al que hoy pocos niños miran a su paso por la Autovía. Desde allí veíamos bien aquel esqueleto del hotel fantasma que nunca llegó a ser y que luego fue el primer gran hipermercado, Eroski -con permiso del muy patrio Gelco-. Tener pueblo y pasarte allí el verano era condición indispensable para no ser marginado a la vuelta al cole en septiembre. Porque en el pueblo aprendíamos a montar en bici, subir a los árboles y jugar “a la cerilla” con “verdad, beso o atrevimiento”.

Solo los talentosos tenían extraescolares. El Conservatorio creó una nueva clase social a la que accedían muy pocos y cuando el deporte llegó a los colegios públicos en forma de clases vespertinas y pista cubiertas, algo en nuestra mentalidad cambió.

Para Reyes La Juguetería Alcarreña y la Juguetería Lirón eran de las pocas opciones que teníamos para encargar lo que habíamos puesto en la carta. Y entre los divertimentos de los padres figuraba aquel Teatro Chino que de vez en cuando visitaba la ciudad y que cuando nos hicimos mayores supimos que se nutría de humoristas contando chistes verdes y señoras bailando ligeras de ropa.

En el colegio, público o privado, seguimos cantando las “Flores a María” durante el mes de mayo y todavía se podían castigar algunos comportamientos con una bofetada que, aún hoy, aunque no fuera la receptora, sigue clavada a fuego en mi memoria. Tuvimos que adaptarnos a tantos cambios que, como dice algún familiar cercano, “estamos vivos de milagro”. No en vano, esta menda y sus compis se acercaron por primera vez a los idiomas en 6º de EGB. Y empezamos a estudiar francés, para que después nos dijeran que si no sabías inglés serías desterrado de la sociedad. Y vuelta a empezar: Je suis, no. Ahora, I am.

El ambulatorio de la Calle Cervantes lo era sin apellido, “el ambulatorio”. Porque no había otro. Allí íbamos desde cualquier barrio, andando un largo trecho con los efectos de la fiebre con aspirina o en el autobús 4 que si lo perdías tenías que esperar durante una hora. Y en el “ambulatorio” nos esperaba lo peor. Aquellas inyecciones que te dejaban coja para un buen rato después de soportar en la nalga derecha el mayor de los dolores.

Aquella fue nuestra infancia. Y porque así fuimos hoy somos. Felices a ratos, infelices en ocasiones. Somos las niñas y los niños del ‘baby boom’ guadalajareño, que llenó la pequeña capital de provincia con familias jóvenes llenas de ilusiones que llegaban de trabajar en el campo y que pusieron en marcha el desarrollo industrial del Corredor del Henares, con su esfuerzo y capacidad de adaptación. Todo un ejemplo, que nos ha acompañado siempre.

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