Menos blufs

Por Gustavo García

Los agricultores de Guadalajara dejaron su nota de color en Madrid el domingo.

“A ver el día 29 qué nos dicen”. Y, no con poca sorna, algunos recalcaban: “Si nos bajan el abono, que yo no lo he echado aún, les voto”. De este modo se expresaban algunos agricultores y ganaderos de Guadalajara una vez finalizada la masiva manifestación que el mundo rural protagonizaba el pasado domingo por las calles más céntricas de Madrid. Se referían a la promesa del Gobierno central de tomar medidas, que se anunciarán la próxima semana, para paliar la crítica situación en que se encuentran algunos colectivos con la escalada de precios de la energía y los combustibles, que hacen inviables explotaciones, producciones y trabajos en sí. La convocatoria en la capital del Estado fue de las mayores que el campo ha logrado llevar a cabo desde hacía tiempo.

Éxito rotundo y aviso a navegantes. Así se puede resumir la movilización ‘Juntos por el campo’ que el 20M reunió en Madrid a personas de toda España, que llegaron en más de 1.500 autobuses. Gallegos, asturianos, extremeños, valencianos, catalanes, murcianos, castellanos, vascos o andaluces…fueron muchas las comunidades autónomas representadas en esta unánime protesta que se dejó notar como una sola voz por Atocha, Castellana, El Prado o Nuevos Ministerios. Habían sido convocadas por asociaciones agrarias y ganaderas, colectivos y federaciones de caza, regantes y criadores de toros de lidia. Lejos de sus diferencias internas, que las tienen, sus quejas son comunes. Ahora, todo se ha agravado con la carestía inmunda de los precios de los carburantes o los fertilizantes. Sin embargo, unos y otros se ven afectados por el guiño que los gobiernos vienen haciendo a sectores como los ecologistas y los animalistas. Contra quienes los manifestantes también hacían oír sus quejas mediante sus mensajes y cartelería.

Si las quejas de cazadores y criadores de toros de lidia iban más bien por estos últimos derroteros y las nuevas y exigentes leyes que regulan su actividad, los agricultores, ganaderos y regantes vuelven a sus peticiones de antes de la pandemia. Las movilizaciones que ya protagonizaron hace un par de años se tuvieron que paralizar por culpa del coronavirus. Y, pese a ser considerados como ‘sectores esenciales’ por entonces, del mismo modo se ha paralizado la rentabilidad de sus tareas. Sus reivindicaciones no son nuevas, ni mucho menos, pero ahora la guerra de Ucrania ha disparado sus gastos todavía más. El campo no aguanta más. La prueba, ésta. El sentir de la noble gente que trabaja la tierra se palpaba en el ambiente de las calles madrileñas el pasado domingo. El grito es unánime y el hastío, general.

Los convocantes ya han avisado que están a la espera de que por fin se atiendan sus peticiones, que no son otras que hacer viables las explotaciones de las que han ido viviendo, de una forma u otra, mejor o peor, en muchas décadas. La puñalada a su modo de vida es cada día más profunda. De no encontrar apoyo, esta primera gran manifestación parece ser que se convertirá en un estilete para otras múltiples y variadas protestas que las organizaciones llevarán a cabo en semanas y meses sucesivos. Se pide un respeto al mundo del campo (que “no se insulte”, aseguraba el presidente de ASAJA, Pedro Barato), planes de choque que palíen su crítica situación, que “no se tomen medidas en lo rural desde un despacho con ojos urbanos”, como decía en Madrid Miguel Padilla, secretario general de COAG. Pero, en concreto y, con todo, el problema real continúa siendo el que viene amargando la vida de los agricultores y ganaderos en las últimas décadas: la viabilidad.

El campo amenaza con no parar si se le sigue ninguneando.

El culpable no es que la mayor parte sean malos gestores de sus explotaciones ni que llorar sea su deporte favorito, como se podría pensar desde fuera. No. En este sector no todo funciona fijándonos en el IPC como referencia. No. Ni mucho menos. Aquí los precios de venta de sus productos son más fruto de lobbies especuladores, instalados en la aldea global en la que vivimos, que de la oferta y la demanda del mercado –aunque, a veces, también–. El resultado, una indefensión total de los productores, que tienen que vender a lo que se les quiere pagar. Por contra, los gastos siguen la tendencia alcista, aquí sí del IPC, o más, como es el caso actual con la subida de las energías. En consecuencia, la renta agraria no se eleva desde los años 70 del pasado siglo. Sí, sí, no hay ni pizca de exageración. Los agricultores llevan tiempo mirando al cielo para ver si una buena cosecha palía su pertrecha economía. En cambio, hay más burocracia a raudales y ayudas que cada vez miran más al mundo verde del ecologismo que al práctico y ‘más verde aún’ de los que cuidan la tierra con sus propias manos. Eso es lo que mantiene todavía a muchas explotaciones en marcha. Unas subvenciones que en el sector se tiene muy claro que no siempre favorecen a los que trabajan la tierra, sino, en buena parte, a los llamados agricultores de sillón, que emplean sus propiedades para optar a ayudas menos necesarias para ellos que para los que realmente las precisan porque viven en exclusiva de ello y los gastos se les disparan.

Y, claro está, en este punto se llega a las anunciadas medidas gubernamentales de hace un par de años. La principal, ante esa terrible manipulación de los precios de venta de los productos, el cumplir la ley de la cadena alimentaria. Nunca mejor dicho: palabras, bla, bla, bla, promesas… Bajando a pie de suelo, es decir, adonde se cuece el bacalao, lo cierto es que en estos dos años de pandemia dicha ley no ha aparecido por ninguna parte. Los costes de producción siguen superando –en estos momentos, ya con creces– a los de venta. Así es imposible continuar. El sistema está viciado y los intereses de muchos no dejan que esto cambie nunca. Más de medio siglo de padecimientos es mucho como para que la humilde gente del campo no esté indignada.

El 20M fue calificado por los organizadores como “un día histórico”, que “marcará un antes y un después”, como “un toque de atención muy fuerte”, que suponga ”cambios en los planes hidrológicos” y, en definitiva, como afirmó el presidente de Cooperativas Agroalimentarias, Ángel Villafranca, que no es posible que un sector que produce alimentos para toda España y Europa esté en números rojos y que necesita “herramientas para seguir viviendo”, porque sin él no hay alimentos. Un toque más de atención. Medidas reales, por favor y no más blufs.

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