El campo, la lucha de David contra Goliat

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Brokers en el Mercado de Futuros de Chicago, donde se negocia el precio a futuro de los cereales a escala mundial.

Por Gloria Magro.

El comercio de contratos de futuros se estableció de tal manera que a mediados del siglo XVIII se comercializaban 110.000 fardos de arroz en la Bolsa de Arroz de Dojima, aunque en todo el Japón sólo existían 30.000 fardos… Debido al papel del crédito en la economía que desempeñaban los futuros del arroz, el Shogunato comenzó a garantizar todas las letras de arroz en 1773… con bonos respaldados por el Shogunato. Steve Kummer & Christian Pauletto The History of Derivatives: A Few Milestones,2012Miles

Miles de agricultores y ganaderos tomaron las calles de Madrid el pasado 20 de marzo en protesta por los altos costes de los combustibles y los bajos precios a los que se ven obligados a vender sus productos. La manifestación, «en defensa del mundo rural» mostraba un sector con intereses y reivindicaciones muy distintas pero que parece haber encontrado en el Gobierno a un enemigo común, aún cuando el origen de sus problemas ni es actual ni lamentablemente pueda ser resuelto por ningún ministro de agricultura a golpe de decreto.

Al otro lado del mundo, indiferente a la manifestación en Madrid, el Mercado de Futuros de Cereales en el Stock Market de Chicago, continua fijando los precios que condicionan la vida del campo en España y en el mundo entero, en una rueda económica que gira con independencia de países y gobiernos desde que en el s.XVII en Japón un funcionario imperial decidiera controlar la inflación a través de la compra por adelantado de las cosechas de arroz. Más de dos siglos después, brokers que nunca han puesto el pie en un sembrado toman decisiones que a miles de kilómetros determinan el margen de beneficio de agricultores y ganaderos, indefensos ante los vaivenes de un mercado en el que no tienen poder de decisión. Y los gobiernos parece que tampoco. Es el libre mercado, la base de nuestra economía, ante la que el campo español ha emprendido una revuelta con pocas o ninguna posibilidad de éxito en una nueva reedición de la lucha de David contra Goliat, donde el gigante adquiere la forma de la temible y todopoderosa globalización.

Mi padre siempre decía que cuando las cosas se ponen feas en el campo y hay carestía, el éxodo de población no va de la ciudad al campo, sino del campo a la ciudad. La paradoja de esto es que es mas fácil subsistir lejos de donde se producen los alimentos”, reflexiona José Ignacio Sánchez, agricultor de Armuña de Tajuña (240 hab.). La Historia le da la razón. Los grandes éxodos masivos están ligados a hambrunas provocadas por malas cosechas, como las que vaciaron de población rural a Irlanda, Suecia y Noruega a finales del s.XIX. Nada parece haber cambiado desde entonces, excepto la percepción de que los males del campo, de la agricultura y de la ganadería son locales, coyunturales y con solución a corto plazo, algo que desmienten tanto la experiencia como los mercados internacionales, a los que ningún sector es ajeno.

En España, los altos precios de producción, la venta a pérdidas pese a que hay una ley recién aprobada que lo prohíbe -la discutida Ley de la Cadena Alimenticia– y un contexto que escala los precios de la energía sin que se vea un horizonte claro, han tenido como efecto la unidad de un sector más dado a la acción individual que a mostrar un frente común en defensa de sus intereses, que por otro lado son altamente dispares. El campo reclama «un plan de choque» que haga frente a los altos costes y la baja rentabilidad agravados por la guerra en Ucrania.

Tiene razón el campo cuando dice que el mundo urbano no entiende sus reivindicaciones. Las banderas, las consignas y las declaraciones de los manifestantes en Madrid de hace unos días llevan a la confusión al ciudadano, que poco comprende más allá de que el agricultor y el ganadero venden en origen sus productos por debajo del precio de coste mientras que en el supermercado él los paga varias veces más caros. La mezcla de consignas políticas, de asociaciones que poco o nada tienen que ver la agricultura y de una oposición manifiesta a leyes y a movimientos que cuentan con un alto respaldo popular, como las que tienen que ver con la ecología y el bienestar animal, confunden. Y confirman la distancia real entre el mundo rural y el urbano. Así, es difícil que el consumidor empatice y llegue a entender el complejo proceso que lleva productos fundamentales como el pan, la carne, la leche, la fruta y la verdura hasta su mesa.

La percepción que se tiene desde fuera se queda si acaso en los miles de millones de euros que los agricultores españoles reciben cada año en concepto de la Política Agraria Común. La PAC son ayudas directas y constituyen una garantía de renta para más de 663.500 agricultores. La Unión Europea vuelca en el sector agrario en España solo en esta partida 4.856 millones de euros. Los agricultores tienen una relación ambivalente con lo que a través de los años se ha convertido en una fuente de ingresos muy estable. «Nos han hecho rehenes de las decesiones que se toman en Bruselas para toda la UE -afirma el agricultor José Ignacio Sánchez. Nos obligan a sembrar esto o lo otro pero a las ayudas les restas el IPC y no son la mitad de lo que eran, mientras que la burocracia cada vez es mayor. Dicho de otro modo: el dinero que recibimos va a menos pero las decisiones que nos hacen tomar van a mas«.

La PAC surge en 1962 en una Europa cuya producción agrícola y ganadera había quedado seriamente mermada por la guerra mundial poniendo en peligro el abastecimiento de la población. La filosofía detrás de sus cuantiosas inversiones anuales sigue siendo hoy la misma: mantener los mercados. Y por desgracia para los agricultores y ganaderos, también los precios. «Los primeros años de la PAC, a finales de los 80, con la incorporación de España al Mercado Común Europeo, vivíamos muy bien -prosigue este pequeño propietario agrícola desde Armuña de Tajuña-. Pero ahora a cambio tenemos que transigir con la globalización. Aquí (en la UE) entran productos de cualquier país sin aranceles, algo que antes no ocurría». Ese es el precio de las ayudas. También la competencia con productores de fuera de la Unión que trabajan con costes mucho más bajos. «Competimos con gente que produce tomates en unas condiciones lamentables, damos entrada a productos producidos con modificaciones genéticas que aquí no se permiten. Productos como el pistacho turco, tirado de precio porque su moneda está devaluada». A cambio, los precios de los productos de consumo de primera necesidad se mantienen estables, o al menos eso sucedía hasta ahora.

Al otro lado de la provincia, encaramada sobre los valles del Badiel y del Henares, está Las Casas de San Galindo (24hab.). De los ocho agricultores que había hace apenas unas décadas, solo quedan tres, dos hermanos y David Viejo Ortego, que labra unas 150 hectáreas entre tierra propia y llevada a renta, tanto en el término municipal de su pueblo como en localidades cercanas como Padilla y Valdearenas, donde ya no quedan agricultores. No asistió a la manifestación de Madrid, aunque lo tenía previsto. «Llevamos muchos años trabajando, sino a pérdidas, si muy justos -afirma-. Los intermediarios se llevan las ganancias. Los precios de compra suben: fertilizantes, herbicidas, semillas, maquinaria, abonos, gasoil… Todos los gastos suben». David aporta un dato revelador: «Hace 30 años mi padre vendía el cereal a treinta pesetas (20 céntimos), hasta hace dos años lo hemos estado vendiendo a lo mismo, y sin embargo, ahora por por menos de cincuenta millones de las antiguas pesetas (trescientos mil euros) no compras un tractor».

Los agricultores coinciden en que cada vez han de labrar más tierras para mantener el nivel de beneficio que obtienen, en una competencia feroz por cada hectárea que sale al mercado. «Todo se ha encarecido hasta el punto que la renta de un agricultor antes con menos tierra y menos ganado era igual que ahora, que movemos unas inversiones bestiales pero los gastos nos comen», explica este agricultor. En otros términos municipales además han de competir con un nuevo actor no deseado: las empresas que instalan huertos solares, que pagan a los propietarios una renta que a ellos les saca del mercado y cuya demanda de tierras es voraz.

El mundo agrario muestra aristas y complejidades que conforman una ecuación de difícil resolución. La burocracia es una de esas aristas, y también las legislaciones cada vez más restrictivas, adecuadas a las nuevas demandas de los consumidores y acordes con la lucha contra el cambio climático. Incluso la política internacional, al margen de conflictos puntuales como el actual, tiene su reflejo en el campo. Los aranceles han sido tradicionalmente moneda de cambio entre países, de presión ante rencillas puntuales. Así, los roces entre Europa y Estados Unidos por las ayudas europeas al sector aeronáutico durante el mandato de Donald Trump acabaron cobrándose como víctima colateral los productos agrícolas europeos, sometidos de la noche a la mañana a aranceles imprevistos. No ha sido el único caso, ni será el último.

Y después llegó la pandemia y el mundo entero se puso patas arriba, aunque en otra lectura mucho más positiva, podría decirse que durante muchos meses se tomó conciencia de la importancia y aportación del sector primario, que no falló cuando más se le necesitaba. Meses antes se había aprobado la Ley de la Cadena, una ley discutida y fallida según los interesados ya que no establece mecanismos de control que regulen su aplicación.

La tormenta perfecta se completaba estos meses pasados con una incipiente sequía que hacía encender todas las alarmas en provincias como la de Guadalajara. Con las lluvias de las últimas semanas, la situación parece haberse paliado, aunque los agricultores siguen mirando al cielo, en un gesto atávico que lleva ligado a esta actividad desde que hace diez mil años el hombre dejó de ser cazador-recolector para establecerse y labrar la tierra. «Ahora mismo la lluvia en nuestra zona es suficiente. Después de dos meses y medio de sequía, la necesitábamos. En nuestra zona se ha notado mucho, la campiña que es más temprana ha sufrido mas», afirma David Viejo Ortega. Y sin embargo, no es garantía de una buena cosecha de cereal de secano, tampoco de beneficios. «Este año será un buen año pero con reservas. El nitrato se ha pagado al triple, el abono a más del doble, el gasoil casi una cuarta parte más. Y nos queda recogerlo, que a día de hoy no sabemos lo que puede pasar: pedriscos, incendios o que se hundan los precios«, explica resignado.

El campo es una lotería para quien lo trabaja, dicen los agricultores, y no se equivocan. Mucho más hoy que antaño pese a toda la tecnología de la que disponen. Con la peculiar característica de que la mayor parte de los beneficios no se los lleva el productor, sino los intermediarios; y donde tanto las decisiones de producción como el precio obtenido en origen no dependen de quien trabaja la tierra. «La especulación con productos agrarios está ligada al saqueo del mundo rural. Los que hacen dinero no somos los agricultores, sino los que especulan con lo que nosotros trabajamos», afirma tajante José Ignacio Sánchez. Y frente a eso poco se puede hacer. De momento se han unido y han logrado que se les escuche.

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