Supersticiones de Guadalajara y del resto

Por Sonia Jodra

La cultura popular cuenta entre su imaginario con un nutrido repertorio de festejos, recetas gastronómicas, canciones y usos. Pero también con una abultada relación de supersticiones que nos han acompañado a varias generaciones de guadalajareños. Aunque entendemos que muchas no son exclusivas de la provincia y extendían su influencia por el resto de territorios de nuestro país.

Hablamos de prácticas que nos han acompañado prácticamente hasta hace 30 años y que aparecen entre nuestros recuerdos infantiles espolvoreadas con el miedo que solían imprimir por entonces. Mi abuela, que nació en 1906 en un pequeño pueblo de la zona de Sigüenza, vivió toda la vida presa del pánico ante las tamañas desgracias que podían acontecer. Tal vez no era consciente de que lo peor ya lo había vivido y cualquier cosa que pudiera ocurrir después poco se parecería a dar a luz en la Maternidad de O’Donell en 1937 e intentar sobrevivir con dos bebés en el Madrid de la guerra.

Pero ella, como tantas otras mujeres y otros hombres de su época, seguía pensando que las desgracias acechaban a cada vuelta de la esquina. Por eso nos tenía prohibido cortarnos las uñas en días que llevaran ‘r’. Ya saben, cortarse las uñas en martes, miércoles o viernes además de “padastros” en los dedos podía atraer la mala suerte que nadie quiere. Una mala suerte que podía ser convocada de muchas otras maneras. Y que se podía hacer presente en distintas manifestaciones. Si algo se te caía de las manos, alguien cuyo nombre empezaba por la misma letra del objeto estaba acordándose de ti, por supuesto para mal. Si se caía el plato, Pilar era la culpable. Y si era el vaso lo que se caía, la duda era entre Victoria o Venancio. La mala suerte que nos podía enviar alguien hablando mal de nosotros también era la causa del pitido de oídos. Si “chillaba” el oído derecho, eran buenas noticias. Si “chillaba” el izquierdo, eran malas. La superstición con el lado izquierdo ha llegado a ser cruel en ocasiones con los zurdos. A los niños y las niñas zurdas se les obligaba a comer y a escribir con la mano derecha, usar la izquierda era un mal augurio insoportable, que llevaba incluso a atarles la mano izquierda a la espalda para que no la usaran. También suponía mal fario dar vueltas cuando se hacía jabón en sentido contrario a las agujas del reloj. Es decir, a izquierdas. Si removías el mejunje a base de grasa y sosa caustica en sentido equivocado, esa sería la causa de que “se cortase” y no cuajase correctamente.

Había otras desgracias que acechaban a la gente de bien que osaba tentar a la suerte con peligrosas prácticas como hacer mayonesa teniendo la regla. ¡Oh, Dios! Si la mayonesa se cortaba la culpable es la que tenía la regla y se había atrevido a hacer la salsa en tal estado. Las supersticiones vinculadas con la menstruación son muy diversas -inscritas en la sociedad patriarcal en la que crecimos y a la que le cuesta diluirse de una vez por todas-. Mi abuela no nos dejaba lavarnos la cabeza cuando teníamos la regla por una cuestión de peso, “nos quedaríamos tontas” de hacerlo. Y es que esto de las supersticiones además de llevarse mal con la razón, también se lleva mal con la higiene entre otras muchas desavenencias. Suena escatológico, pero el mejor remedio contra las verrugas era ponerte un poco de líquido menstrual en el sitio donde se hubiera hospedado la mencionada verruga, que por supuesto tampoco portaba ningún buen augurio. Para prevenir las calenturas en los labios, lo mejor era ponerse un poco de la savia que salía de los leños verdes en la lumbre en forma de espuma “curativa”.

El granizo no es uno de los fenómenos meteorológicos más habituales, pero las veces que he visto granizar con fuerza he estado tentada de salir en medio del pedrisco con un cuchillo o un hacha en la mano, dispuesta a colocarlo con tan buen acierto que un granizo pudiera cortarse en el filo y prevenir así las desgracias que sin duda venían -en este caso los efectos nefastos eran reales para las cosechas-.

Lo de pasar al menos un año entero vestida de negro -de nuevo eran las mujeres las castigadas- para guardar luto por un familiar fallecido hizo que mi abuela fuera empalmando lutos hasta que el negro se convirtió en su indumentaria definitiva. Ver a aquellas mujeres tapadas de pies a cabeza con aquel negro absoluto fuera invierno o verano provocaba unos escalofríos que aún hoy persisten en la memoria. El luto no se limitaba sólo al negro de la vestimenta, durante ese tiempo la fiesta, el baile, las visitas a la taberna y cualquier menudencia que se aproximara a la celebración quedaban prohibidas. Algo parecido ocurría en Semana Santa, una época en la que a la abstinencia de comer carne se le añadía la abstinencia de toda celebración hasta la madrugada del Domingo de Resurrección. Muchas de las supersticiones de aquella España rural estaban vinculadas a la rigidez de la religión católica.

Me ha costado mucho resistirme a colocar una pelotilla de lana del jersey en la frente de mis hijas bebés cuando tenían hipo. Decían que era infalible, y como al final el hipo se quitaba, parecía que efectivamente la bola de lana había hecho su trabajo. La vulnerabilidad de los bebés se protegía también con las medallas escondidas entre la ropa contra el mal de ojo. Y para el estreñimiento infantil, nada mejor que un tallo de geranio empapado en aceite de oliva pasado por el orificio en cuestión. Si nos ponemos a pensar, evidentemente cualquier masaje en dicho canal, con geranio o con lo que sea, ayudar ayuda. Y si te asustabas, era obligatorio beber un vaso de agua, para que el susto saliera del cuerpo. Con el transcurrir de los años, he sabido que el trago de agua no hace que el susto salga del cuerpo en plan exorcismo, pero sí que cumple una función tranquilizadora.

Son solo unos pocos ejemplos de las supersticiones “de andar por casa” que han formado parte de un modo de vida, el nuestro y el de las y los que nos precedieron. Historia doméstica de Guadalajara.

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