Un lugar para la memoria entre chaparras (II)

Por Gloria Magro.

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Foto: Alfonso López Beltrán, Asociación Histórica Frente de Guadalajara.

Cada 11 de abril se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Liberación de los Prisioneros de los Campos de Concentración Nazis en homenaje al levantamiento en Buchenwald, que tuvo lugar en esa fecha de 1945. En España, acabada la Guerra Civil fábricas, conventos y recintos de todo tipo fueron utilizados por el nuevo régimen franquista para concentrar a los soldados republicanos rendidos, así como a todo aquel sospechoso de apoyar el régimen legal imperante hasta entonces. En un monte sobre Jadraque, en Guadalajara, investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) rescatan del olvido uno de eso campos efímeros.

Perdido en mitad de un bosque de chaparras, a través de los ojos expertos de los arqueólogos es posible visualizar por primera vez en más de ochenta y cinco años lo que durante la Guerra Civil fue un campamento militar del bando sublevado perfectamente trazado. Marcado en el cemento fresco aún es visible con claridad una fecha, el 7 de noviembre de 1937. Los trabajadores forzados que construyeron una docena de barracones para los mandos y la tropa, incluso un altar donde oficiar misa y alguna otra construcción que no logran descifrar aún los investigadores, dejaron varias huellas como ésta, para que no se olvidara su paso por estos lugares.

De todo el recinto queda también la huella documental en los archivos militares, la más importante, encontrada en 2018 por la Asociación Histórica Frente de Guadalajara. Ahí se constata también la presencia de un campo efímero donde se concentraron en las semanas posteriores al final de la guerra cerca de cinco mil prisionero, hasta que fueron clasificados y trasladados a otros lugares, sobre todo a Galicia en tren desde la vecina Jadraque.

Decía el escritor José María Gironella que al finalizar la contienda estalló la paz, título de uno de los volúmenes de su famosa trilogía sobre la Guerra Civil española. Los arqueólogos especializados en campos de concentración franquista, así como los historiadores que investigan la posguerra, creen que más bien y a tenor de los hechos y las cifras, acabada la guerra lo que estalló fue la represión del nuevo régimen. Lugares como el que excava estos días el equipo multidisciplinar del arqueólogo Alfredo González Ruibal, el mismo que sacó a la luz las chozas donde malvivían los trabajadores del Valle de los Caídos, avalan esta tesis.

En apenas dos semanas de trabajo los investigadores del CSIC han desenterrado las zanjas donde se hacinaban los cerca de setecientos trabajadores que construyeron el recinto en 1937. Dos años después, era tal la concentración imprevista de prisioneros sin unas estructuras que los albergasen, que ellos mismos tenían que cavar agujeros en la tierra si querían guarecerse de los elementos; soldados que después de tres años de guerra llevaban sobre sus espaldas todo tipo de penalidades, con el sufrimiento añadido de no saber que iba a pasar en un futuro próximo, una vez quedó claro que las cuentas con el nuevo régimen no quedaban saldadas con la rendición.

Sostiene Xulio García, documentalista de la Asociación Foro por la Memoria, que a él le gustaría vivir en un país normal, en referencia a la normalización que de su historia bélica más reciente hacen el resto de países europeos en contraste con lo que ocurre en España. Cada 11 de abril las autoridades civiles europea homenajean a las víctimas del fascismo de los campos de concentración de Alemania, Austria o Polonia, por citar algunos ejemplos de democracias que han sido capaces de superar sus heridas. Estos espacios se consideran recintos de memoria, recuperados y mantenidos oficialmente para que las futuras generaciones conozcan lo allí sucedido y nadie pueda reescribir la Historia. En España no es así, pese a que la Ley de Memoria Histórica aprobada en 2007 por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue un gran paso en este sentido. Según los arqueólogos expertos en campos de concentración, no hay un apoyo institucional generalizado que garantice su preservación.

La falta de memoria y el desinterés público por recuperar nuestra propia historia reciente da lugar a situaciones paradójicas. Xulio García pone el ejemplo de La Desbandá de Málaga, el ametrallamiento indiscriminado de miles civiles que huían por la carretera de Málaga a Almeria en febrero de 1937, una masacre silenciada y oculta bajo un nombre aséptico que no revela lo allí ocurrido. «Es la mayor matanza cometida por los franquistas y los italianos durante la guerra. Con el nombre de Desbandá se camufla la realidad. La sociedad que gestiona (su recuerdo) se llama Club Senderista La Desbandá. No imagino que en un futuro se hable de los crímenes cometidos y de los bombardeos sobre la población civil en Ucrania y se los recuerde con un club senderista», afirma este experto.

En España aún hoy, en 2022, las fosas comunes y los lugares de la memoria ligados a la Guerra Civil los sacan a la luz arqueólogos en nombre de asociaciones privadas y no los jueces, pese a que en muchos casos se trata de crímenes de lesa humanidad que no prescriben, según la doctrina del Tribunal Militar Internacional de Nuremberg (1945) -confirmada por la Asamblea General de las Naciones Unidas (1946) y los Convenios de Ginebra de 1949 para la protección de las víctimas de guerra-, que los define en su artículo 6 como:

«Los asesinatos, exterminios, esclavización, deportación, y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, antes o después de la guerra, o persecuciones con motivos políticos, raciales o religiosos, en ejecución o conexión con cualquier otros crimen de jurisdicción del Tribunal, constituyeran o no violación del derecho interno del país donde hayan sido perpetrado».

Para más tarde ampliar esta definición (artículo 2 de la Ley 10 del Consejo de Control Aliado en Alemania, destinada a enjuiciar a las personas responsables de la comisión de crímenes de guerra, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad ) a:

«Las atrocidades y delitos que comprendan, sin que esta enumeración tenga carácter limitativo, el homicidio, el exterminio, la reducción a la esclavitud, la deportación, el encarcelamiento, la tortura, las violaciones u otros actos inhumanos cometidos contra toda la población civil, o las persecuciones por motivos políticos, raciales, religiosos, violen o no estos actos las leyes nacionales de los países donde se perpetraron».

El derecho internacional ampara la legislación en este sentido, estableciendo que estos delitos, perpetrados en cualquier conflicto armado, afectan a la humanidad en su conjunto y son los más graves que se pueden cometer. En todo el mundo menos en España se persiguen y se juzgan sin que tenga relevancia el tiempo transcurrido entre la comisión del delito y la búsqueda de la verdad y la justicia. En 2017, la hija de Timoteo Mendieta, el carnicero y sindicalista asesinado y arrojado a la fosa común del cementerio de Guadalajara en 1939 hubo de recurrir a la justicia argentina con el apoyo de una entidad privada -la Asociación para la Recuperación de la Memoria– para que se aplicara el principio de Justicia Universal y poder recuperar los restos de su padre. Las imágenes de Ascensión Mendieta, ya fallecida, a pie de la fosa recorrieron el mundo entero, poniendo el foco en las carencias democráticas que aún padece España cuando se trata de reivindicar la lucha antifascista y a sus víctimas.

Esta semana el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, prometía en Kiev el envío de médicos forenses que investiguen los crímenes de guerra cometidos en Ucrania. Mientras, en su país, asociaciones privadas siguen localizando fosas de la Guerra Civil sin que se pueda recurrir a estos mismos forenses porque la autoridad competente considera las fosas y las cunetas mera arqueología, sujetas por tanto de investigación histórica y no policial. La Justicia española asistirá a los ucranianos próximamente pero desampara a las familias que aquí esperan lo mismo desde hace más de ochenta años: verdad, justicia y reparación.

En un paraje cercano a Villanueva de Argecilla el tiempo y las miserias de la guerra han salido de los archivos militares para convertirse en una realidad a prueba de negacionistas. Alineadas en fila, las chozas de los trabajadores forzados, de los soldados que allí fueron a parar a partir de abril de 1939 empiezan a ser visibles por entre la maleza. Los objetos que la tierra escupe estos días permiten reconstruir las condiciones de vida de las personas que pasaron por allí, humanizan el entorno y remiten a historias personales concretas. Los recuerdos de los vecinos que acuden a compartir sus vivencias con los arqueólogos ponen el contexto a aquel momento. A la espera del informe de conclusiones, los relatos de los lugareños, así como el día a día de las excavaciones, se pueden leer estos días en los hilos de Twitter de @GuerraenlaUni y ponen los pelos de punta.

Enterrar la Historia, intentar taparla y negar el derecho a volver la vista atrás no cambia los hechos, ni los mejora. Tampoco restañe el pasado, ni lo revive. Solo el conocimiento y la verdad permiten superar unos acontecimientos que permanecen vivos no solo en el recuerdo de quienes los presenciaron, sino también en los archivos militares. En este caso, esos documentos se están desempolvando a pico y pala sobre el suelo calizo de una alcarria pedregosa.

La catalogación y el informe que en unas semanas presentarán los investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas permitirá iniciar un proceso de patrimonialización que facilite la preservación del entorno del paraje de La Casa del Guarda. Y también en un futuro la elaboración de algún tipo de proyecto que aúne memoria histórica con rentabilidad para la comarca, en línea con lo iniciado por otras localidades que vivieron La Batalla de Guadalajara. En Europa llevan décadas haciéndolo.

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