La vida misma

Por Gustavo García

Las viejas parideras ven cómo incluso arde su basura seca, en una imagen del sábado.

La noticia no es nueva precisamente, pero merece una reflexión. Vamos a empezar por el final porque la conclusión es que cada vez hay menos gente para cuidar el campo y la ganadería que por él pasta. Ahora el manto verde lo hace especialmente bello en esta época. Sí, pero. Y, nadie parece ocuparse de cuidarlo. Soledad, abandono, falta de expectativas, escasez de servicios, recursos que no llegan, impuestos de ciudad, choque con la burocracia y los trámites administrativos, etc., etc. Hay muchas voces que claman por mantener vivos los pueblos y su entorno. Lo que pasa es que nadie se baja al fango y se queda a trabajar allí, o muy pocos. Hace falta mejorar todas estas condiciones, ayudas y demás, pues sí. Sin embargo, todos tenemos que poner de nuestra parte en la medida que podamos. Es duro estar ahí, pero también bonito. Cierto es que desde fuera todo se ve de color de rosa, pero hay que pasarse horas y horas en soledad, peleando contra las adversidades tecnológicas y meteorológicas y luchar. Ese es el camino: la pelea, el trabajo y el sacrificio.

Viene todo esto a cuento porque de nuevo aparece la noticia de que hacen falta pastores en la provincia de Guadalajara. Un mal general, por otra parte, en todo el país. Cada año hay menos mano de obra en este aspecto. En su mayoría los que llegan son magrebíes y cuando pueden se buscan otro empleo menos sacrificado y, a poder ser, en la ciudad. No avanzamos. El asentamiento en los núcleos rurales es complicado. Lo dicho. Para eso hay que decidirse y quedarse a vivir allí. Existen ejemplos, sí, pero contados. Lo primero para ello es tener ganas de quedarse en un pueblo, con lo que ello implica. Si prevalecen en tus inquietudes los aspectos positivos sobre los negativos, la balanza se inclina para ese lado. Y no, no es lo que ocurre en la mayoría de los casos. Pasar unas horas, un fin de semana, unos días…, vale; ya, y ¿qué más? Lo siguiente no convence. Estamos acostumbrados a arroparnos con la masa y disfrutar de las ventajas de las ciudades. Un pueblo requiere que te guste la tranquilidad y la libertad o haberlo mamado de pequeño. Si no, pocos aguantan allí.

Al mismo nivel que el cuidado de la tierra, antes los vecinos contaban, el que más o el que menos, con su rebaño de ovejas. Inicialmente, juntaban unas poquitas y entre varios formaban un atajo. Entre ellos se organizaban como una especie de cooperativa, en la que todos se beneficiaban. Luego eso fue derivando y cada cual se especializaba en otra materia, emigraban a las urbes en busca de mejores horarios, salarios y estado de vida, o bien, los que mantenían la profesión ya juntaban unas cabañas de rebaños importantes como para poder vivir de la ganadería. En Guadalajara –hablamos de la segunda mitad el siglo XX– la mayor parte de las cabezas eran de ovino o caprino, salvo en la sierra, donde el vacuno continúa teniendo una importante presencia.

Las administraciones públicas siguen, de vez en cuando, en su cruzada por mantener vivo este oficio en la provincia –o en otras como Teruel, Soria, Ávila, Zaragoza, Huesca–. El difícil reto, por lo ya explicado, es que no desaparezca. Además, la idea añadida es que no  disminuya la cabaña de ovino ni las propias queserías, que las hay. Además, siempre recuerdan que el ganado es fundamental para mantener limpio el monte o las zonas de pasto. La Delegación de Agricultura, Agua y Desarrollo Rural de Guadalajara tiene en cartera organizar de nuevo –pues, no es la primera vez–, quizás ya en pocas semanas, una escuela de pastoreo con talleres y jornadas destinadas básicamente al sector joven de la población. Se les enseña un oficio, hay trabajo y se hace pervivir una profesión en peligro de extinción desde hace ya varios años.

Jornadas gratuitas, por las que, parece ser, han preguntado seis interesados y que se pretenden desarrollar inicialmente en Molina de Aragón. Si hubiese tirón el abanico se abriría a más lugares de la provincia en el futuro, como ha ocurrido anteriormente en Sigüenza o Checa.

El problema del campo es el mismo, pero, a diferencia de la agricultura, los pastores de ovejas y cabras, fundamentalmente, no entienden de horarios. Los animales piden atención diaria y –en eso sí que son iguales ambas facetas– no hay fines de semana o vacaciones en fechas determinadas, siempre todo depende de las circunstancias, de la climatología y de la producción. Ahora sí que existe una regulación laboral, lo cual ya sabemos que es muy difícil de cumplir para los propietarios. Nada nuevo tampoco. Antes, en los pueblos, el que más y el que menos se arremangaba y, para dar días libres a sus pastores, él mismo les relevaba. Todavía se hace, pero son casos aislados.

Volvemos al origen del problema. El que quiera puede aprender a ser un buen pastor. Sí, los medios existen. Ahora bien, ¿quién le pone el cascabel al galgo? O lo que es lo mismo, ¿quién se quiere asentar en un pueblo, aunque tenga trabajo? Quizás tengamos que preguntarnos en esa dirección y no tanto en lo demás, que también, porque ayuda. Sin embargo, desde la voluntad inicial y las ideas claras de cada uno nace la posterior realidad. En este momento, la de la ganadería en ésta y en otras provincias pasa días muy críticos. Eso, añadido, a que se infravalora socialmente con oficio de manera tradicional. Se lleva tiempo tendiendo –igual que en la agricultura– a contar con rebaños más numerosos, como hacían nuestros abuelos del siglo pasado, y menos pastores. Además, se apuesta ya por la ganadería vacuna, con una clara disminución del caprino y el ovino.

En los pueblos se decía que el tractor se cerraba en la nave y ahí se quedaba hasta volver, pero con las ovejas no se podía hacer así. Por eso, el dato es claro. De las nuevas incorporaciones de jóvenes al sector, más de las dos terceras partes lo hacen a la agricultura y no a la ganadería. Otro dato: las cifras oficiales indican que en España unos 90.000 pastores cuidan de 16 millones de ovejas y seis millones de cabras.

Sí, hace falta dinero y medios para tratar de combatir la despoblación y el propio desempleo juvenil. Hay políticas de formación, incluso un ‘Erasmus rural’, preocupación en las administraciones… Pero, no parece que el sector remonte el vuelo. Los propios pueblos se ven abocados a la desaparición. Nada nuevo tampoco. Que se trabaja desde esas instancias, que es desde donde se deben aplicar las políticas que conduzcan a revertir la tendencia, pues todavía es poco o, al menos, es claramente insuficiente y poco productivo. Quizás el Ministerio que se llama de Trabajo y Transición Ecológica debería de llamarse de otra forma y centrarse mucho más en el abandono al que está sometido el mundo rural.

La escasez de expectativas para los jóvenes que pudieran decantarse por hacer su vida en este medio no deja lugar a dudas. Siempre hará falta esa voluntad personal de asentarse allí, vocación y hasta pasión por los animales o la tierra, cierto, pero lo que se les está proponiendo hasta ahora no sirve. Señores, hay que cambiar el rumbo. Esto se viene abajo. Y, todos lo estamos viendo con nuestros propios ojos. No hay que ser muy espabilado para predecir que en unos años el campo será otra cosa. Ni pastoreo ni agricultura a pequeña escala. Eso sí, habrá corzos, jabalíes, ciervos, aguiluchos, conejos, liebres… Pasto sí, cuando no haya incendios por la escasez de limpieza que proporciona el ganado. Los urbanitas podrán pasear en primavera y disfrutar de la naturaleza; aunque, los niños luego se preguntarán –como ya está pasando– si la leche, la carne o el pan salen de las neveras y de las panaderías directamente. La vida misma.

1 comentario en “La vida misma

  1. Donde esta tanto como se les llena la boca el apoyo, a la España vaciada?.
    Claro pues e no hay servicio y ayudas es lo más normal que la gente se vaya donde hay otro tipo de oportunidades.

    Me gusta

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