Literatura de playa y piscina

Por Ana García Lamparero(*).

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 Quisiera empezar este artículo planteando a los lectores de El hexágono un par de  preguntas ¿Puede la Literatura tener como única finalidad el entretenimiento? ¿Deberíamos distinguir entre “literatura elevada” y literatura de “rápido consumo”, poco densa o simplemente agradable, es decir una especie de “subliteratura”? Mientras van pensando en la respuesta les cuento algunas experiencias con estas sencillas cuestiones.

Son muchas las ocasiones en las que he lanzado esta misma pregunta a mis alumnos en el instituto y las respuestas  son, como cabría esperar, dada la heterogeneidad que hoy tenemos en las aulas de Secundaria,  de lo más variado.

Si habláramos de porcentajes, en la respuesta a la primera de las preguntas ganaría el sí por una amplia mayoría. Muchos  justifican  su respuesta diciendo, por ejemplo, que a quien le gusta leer (no a todos les gusta) lo hace, fundamentalmente, por entretenimiento, por disfrute personal, por puro placer, por entretener las horas libres y no para quedar ante los demás como una persona culta, como un intelectual, como un erudito. A esa edad, no son demasiado ambiciosos en este sentido y lo que les interesa es la recompensa inmediata. Así que, si se lo pasan bien, si pasan un buen rato, eso es más que suficiente para ellos. Su lectura es bastante visceral y en parte muy afectiva; pero, sobre todo, ha de ser muy rápida porque pertenecen a la sociedad de la inmediatez.

Otros, sin embargo, quizás porque son más conscientes de que nosotros nos vamos a dedicar durante el curso al estudio de esta disciplina, me dicen que no, que la Literatura es un arte, que no solo sirve para entretener, que, además,  es una manera especial de utilizar el lenguaje, una forma de reflexionar sobre asuntos elevados: la Ética, la Filosofía, los valores, la Historia, la exploración de los aspectos más profundos de la mente humana…Lo dicen, claro está, con sus palabras de adolescentes, pero el mensaje es este que les traslado.

Hay quien llega un poco más lejos todavía en sus reflexiones. Hay chavales que me dejan gratamente sorprendida cuando me dicen, con toda la sinceridad del mundo, que a ellos aún les es difícil saber qué es Literatura y qué no lo es, que no tienen demasiada experiencia como lectores; pero luego se descubren a sí mismos planteando ideas muy maduras sobre el asunto y tienen  más claro de lo que parece lo que es y lo que no es un buen texto literario. Son rebeldes pero no estúpidos.

Algunos tienen una interesante opinión, “la Literatura puede servir para lo que tú quieras”, no es necesario elegir, no hace falta que sirva solo para una única cosa. Puede tener múltiples funciones y finalidades y es el lector el que decide libremente para qué y con qué objetivo se acerca a la palabra escrita en cada ocasión. Estos chicos, sencillamente, vienen a decir que depende, que unas veces puede ser una mera diversión y que otras, en cambio, puede ser una forma maravillosa de intercambiar ideas, de desarrollar el pensamiento crítico, de poner en marcha la máquina de la creatividad. Antes de continuar debo aclarar que, generalmente, cuando ellos hablan de Literatura se centran casi exclusivamente en la novela, pues apenas consumen los otros géneros.

Y una vez que han ido expresando sus puntos de vista les lanzó un nuevo interrogante y les digo: ¿y la Literatura elevada no puede ser entonces entretenida? En ese momento se hace un silencio que resulta audible en todo el edificio. ¿Está la excelencia literaria reñida con la diversión? Y aquí la respuesta de muchos es un no, un no con el que, por supuesto, yo estoy muy de acuerdo. La Literatura elevada es entretenida. La excelencia literaria no está reñida con la diversión. Y acto seguido les cito obras  y autores que me hicieron pasar ratos estupendos y que considero son auténticos tesoros literarios: Homero, Cervantes, Kafka, Shakespeare, Lope, Quevedo, Borges, Shelley, Maupassant, los y las  realistas del siglo XIX,  Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Almudena Grandes, Muñoz Molina, Eduardo Mendoza, Josefina Aldecoa, Saramago, García Márquez, Manuel Rivas,  Irene Vallejo… La lista sería infinita.

Cuando realizo las mismas preguntas entre mis compañeros, mis amigos o entre personas ajenas al mundo literario las respuestas que obtengo son similares a las que me dan los chavales en el aula. Al final va a resultar que no somos tan distintos.

La crítica literaria culta, clásica, seria, por el contrario,  cuando tiene que catalogar o clasificar una obra literaria suele adscribirla a alguno de los grandes géneros clásicos en función de unos criterios y luego de ahí va colocándola en uno de sus subgéneros (histórica, épica, policiaca, de ciencia ficción, dramática…) tras valorar la técnica, la temática, los recursos utilizados por su autor, las novedades formales que encuentra, la destreza estilística. Al menos así era antes. Ahora esa clasificación es cada vez más difícil de realizar dado el nutrido volumen de obras publicadas y la diversidad creativa de los autores y también, reconozcámoslo, esa clasificación se hace menos necesaria. Y para estos críticos todo lo que nosotros podríamos incluir dentro de la denominación de Literatura de piscina se quedaría fuera, no formaría jamás parte del sesudo canon literario, no sería catalogada como literatura por ser considerada fácil, sin sustancia, para consumo masivo. En definitiva,  para ellos no es cultura, es pura mercancía.

Así que, si me lo permiten,  nosotros iremos un paso más allá, seremos un poco más arriesgados  para decir, sin rubor, que puede existir un tipo de literatura, llamémosla si queremos popular, (un término más aceptado por todos los analistas y en todas las épocas)  que no tiene como objetivo la profundidad sino el disfrute. A esta Literatura la he bautizado, con permiso de los ortodoxos, como literatura de playa y piscina. ¿Habría algo de malo en ello? Para mí la respuesta sigue siendo no. No hay nada de malo en ello. La coexistencia es posible. Es más, la coexistencia es necesaria. ¿Y qué características tendría esta Literatura? Pues para empezar el libro tendría que caber en el bolsillo de la toalla,  ese con velcro que todos los que somos lectores necesitamos que lleve nuestro artículo de piscina. No debe tener demasiado grosor si lo queremos terminar en nuestros días de vacaciones, debe tener un color y una textura que aguante el reflejo del sol en el papel, deben permitir ser leídos en cualquier posición. Eso en la parte física del “dispositivo”. En cuanto al contenido habría que destacar lo siguiente…. Un personaje con el que los lectores se puedan identificar, un ambiente agradable que a la gente le gustaría transitar, una tensión dramática bien definida y dosificada y un final con el que estemos más o menos de acuerdo.

Y si me lo permiten les daré  ahora algunos títulos, esperando que sus afamados autores no se ofendan con este nombre veraniego que he dado al género. Podríamos citar entre otros al francés  Marc Levy y su Los límites de nuestro infinito, a Muriel Barbery y la afamada La elegancia del erizo, Dominick Dune con su Una mujer inoportuna, el japonés Haruki Murakami con Tokio Blus  y el resto de sus obras, nuestra Dolores Redondo y su entretenidísima Todo esto te daré, o la conocidísima El tiempo entre costuras de María Dueñas, para terminar con la obra  del ya fallecido Carlos Ruiz Zafón La sombra del viento. Y si nos vamos un poco atrás en el tiempo en busca de los  autores clásicos de este subgénero, todo el mundo citaría aquí a Agatha Christie, cuyas obras siempre se han considerado de alguna manera obras menores o al mismísimo Charles Dickens. Ah y no podemos dejar fuera los misterios de Stephen King, sería un lapsus imperdonable.

Tal vez el quiz de la cuestión de todo esto está en la difusión de la Literatura, en los caminos que recorren los libros hasta llegar a sus lectores. Hay Literatura comercial y hay literatura de riesgo o en riesgo, no sé cómo decirlo exactamente. El mundo editorial apuesta por algunos “productos” y deja fuera del mercado a otras propuestas que a priori no tienen pinta de dar suculentos beneficios. A veces en esa Literatura de riesgo nos encontramos a voces personalísimas que nos hacen disfrutar, que son grandes voces que no han encontrado un hueco en un panorama literario muy difícil en el que son muchas las obras que se editan y que pasan absolutamente desapercibidas. A veces en el mercado más comercial encontramos auténticas joyas que no por ser superventas son literatura de cuestionable calidad.

Lo importante es, estimados lectores, que la Literatura siga ahí, ya sea de piscina o de alta cocina. Los libros esperan a sus lectores y mientras esto suceda, mientras haya lectores del género que sea la Tierra seguirá siendo un lugar para la esperanza. Así que lean, lean donde quieran y lo que quieran sin importar el subgénero elegido. Con los libros pasa como con los vinos. El libro que te gusta es un buen libro. Punto y final.

descarga (1)(*) Ana García Lamparero. (Guadalajara, 1972) es licenciada en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana en el IES Brianda de Mendoza. También es una reputada crítica musical y articulista, además de amante de los libros y de las palabras que sabe transmitir su entusiasmo a sus alumnos. Uno de sus últimos proyectos es NPG’21 (Poesía Tímida), una antología anónima de 15 poetas de Guadalajara. También acaba de presentar su propio poemario, Jardín Poético, editado por la editorial Tres Tristes Tigres.

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