Un pilar que se tambalea

Por Gustavo García

Ahora que todo apunta a que el bipartidismo vuelve poco a poco a recuperar su fuerza en nuestro país, con las ventajas de estabilidad política que ello ha venido conllevando y las desventajas generales de tener que vencer a un sólo rival, puede ser un gran momento para que los dos grandes partidos se pongan en serio de una vez y legislen lo que la mayoría de los españoles deseamos. Agua, Justicia, Sanidad o Educación pueden ser unos sólidos pilares para comenzar ese camino de la gobernabilidad esperada, dejando al margen el ruido que lo único que trae es inestabilidad y escasa gestión pública.

Pero, ese esperado consenso entre dos fuerzas moderadas, que es donde siempre ha estado el más importante caladero de votos desde que se instauró el actual modelo de la Constitución del 78, vira estos días hacia el último de esos pilares: la Educación. Si la independencia de la Justicia y el Plan Hidrológico Nacional se están haciendo esperar y son básicos para la sociedad en la que vivimos, al margen de los tiempos y las modas, nos encontramos también a veces con esperpentos como que se tenga que trasladar a un enfermo a 300 kilómetros de su domicilio cuando tiene un centro hospitalario a 25, con las mismas o similares características. Y, ya el colmo han sido los casos en los que los bomberos de una comunidad autónoma no acaban o dudan de acceder a mitigar un fuego que tienen al lado porque pertenecen a otra región. Todo esto, a simple vista, tiene que ser mejorado y aplicar el sentido común.

Lo que ocurre es que en esta época de exámenes de la PAU, EBAU, Selectividad o como leches se le quiera llamar ahora, es esta materia educativa la que más preocupa por esas políticas, cuanto menos, poco coherentes que se aplican con este Estado autonómico. Y, sobre todo, mirando al futuro, la perspectiva es para echarse a temblar. Si estamos preparando a los universitarios de los próximos años en la desigualdad, ¿qué van a pensar en sus comportamientos de pasado mañana? Y, más cuando accedan ya a puestos importantes en sus empresas o donde vayan a desarrollar su tarea.

La Educación no debería tampoco ser objeto de disputa ideológica ni de búsqueda de votos, que sólo dan pan para hoy y hambre para mañana. Los continuos cambios de leyes nacionales, según el partido que gobierne en España, se tornan disparatados cuando entran a legislar en aras de sus competencias los ejecutivos de las comunidades autónomas. Desde la nula perspectiva de ahondar a fondo en su propia lengua, olvidando las demás, salvo el inglés, hasta enseñar a los alumnos únicamente los accidentes geográficos de su zona, pasando por adecuar la Historia a su ámbito y según sus intereses. Todo es un sinsentido, un ridículo y que da vergüenza sólo de pensarlo a los ciudadanos de a pie que únicamente nos mueve la idea de buscar jóvenes preparados, sin prejuicios y con los mayores conocimientos del mundo posibles, no solo de una parte del mismo.

Y, claro, resulta que en la PAU –que es la nueva denominación– no hay igualdad de condiciones porque cada comunidad autónoma examina cómo, de qué y cuándo quiere a sus alumnos. Mientras, unas son más exigentes, otras son más laxas. Y ya, no hablemos de las lenguas y la discriminación entre regiones, lo cual clama al cielo. Entonces, llegan las notas y, si ya era pocas las diferencias entre unas pruebas y otras, solamente por vivir en Galicia o en Andalucía, en Asturias o en Castilla-La Mancha, en el País Vasco o en Murcia, en Extremadura o en Cataluña, entonces aparece la mayor de las injusticias. Lo cierto es que en ese momento es la hora del llamado ‘Distrito Único’ y todos los alumnos pueden optar a los estudios que deseen, pero por notas de corte; quienes mejores notas tengan, pueden elegir antes que los demás. ¿Eso es justo? ¿Esto es democracia e igualdad de oportunidades, o más bien es un disparate que antes o después algún político avispado o con carácter será capaz de gestionar? Que no, que no es tan difícil. Como en otras facetas, simplemente hay que tener el arrojo de ponerle el cascabel al gato. Que ya hemos pasado esa época en que estaba mal visto apostar por algunas medidas centralistas, a las que habría que llamar en una denominación más acorde, generalistas, uniformes o igualitarias en todo el país.

Recordamos cuando gestionaban el INSALUD o las direcciones provinciales de Educación y no parece que lo hacían tan mal. Es más, en el aspecto educativo en el que nos estamos centrando, los mejores podían elegir carrera y destino por sus propios méritos y valía, no por otras circunstancias ajenas como ocurre ahora, aunque, eso sí, los buenos siempre van a estar ahí… o quizás no tanto donde les correspondería en realidad. Y es que, la disputa por la mayor puntuación garantiza entrar en la pelea por los grados más codiciados porque no hay plazas suficientes para todos desde hace años.

Ya el año pasado hubo enormes diferencias entre comunidades autónomas por las medidas que habían adoptado en cada zona los gobiernos de turno debido a la pandemia. El resultado es que hubo alumnos que habían realizado las clases durante el curso de manera presencial y otros en semipresencialidad. Los propios expertos ya apuntaron que las diferencias eran notables a la hora de los resultados de los exámenes de la PAU. Por ello, son muchas las voces que claman por la reforma de esta prueba y que sea más uniforme. Sin ir más lejos, la consejera de Educación de la Junta de Castilla y León, Rocío Lucas, ha reiterado la necesidad de contar con una prueba de acceso a la universidad  “idéntica en todo el territorio nacional para garantizar la igualdad de los alumnos”. En este sentido, desde el gobierno de Castilla y León se dice que se apuesta por un sistema educativo de calidad y en equidad, “que prima la cultura del esfuerzo, que refuerza a los alumnos y no regala aprobados. Por ello, al menos mientras el distrito universitario sea único, es injusto que las pruebas de la EBAU sean diferentes en cada comunidad autónoma”. En términos similares se ha posicionado también la Comunidad de Madrid, que ya pedido hace tiempo al Gobierno central la aprobación una PAU única en toda España. Si el año pasado hubo problemas en regiones como Madrid con la formulación de los exámenes, y más en concreto, con el de Matemáticas II de la antigua EBAU, este año le ha tocado a Castilla-La Mancha, que necesitó incluso del llamamiento del presidente García-Page a los docentes para que fueran más condescendientes con los alumnos por los errores habidos en los enunciados y demás. Eso sí, aquí Guadalajara va aparte, con Alcalá de Henares. Quizás extraño, pero coherente.

Docentes de Bachillerato de Murcia, Navarra y Sevilla ya apuntaron en su día que las clases en línea no habían beneficiado a nadie, “en especial a los estudiantes más despistados y menos organizados”, por lo que la competencia ha venido siendo aún más feroz en estos dos o tres últimos años por hacerse con las titulaciones más codiciadas.

Y, además, con todo el embrollo de leyes y vaivenes en Educación, estamos observando el descenso de nivel que padece el alumnado. Las políticas ayudan poco a salir adelante, si no es por el talento personal del que muchos estudiantes hacen gala. Lo que ocurre es que la mayoría se queda en escalones más bajos a la excelencia y parece que para ellos el hueco en la sociedad se lo tendrán que buscar de otra manera desde muy jóvenes. A ellos es a quienes hay que apoyar. Y, para eso, es necesario el consenso y no la búsqueda del voto fácil o de una engañosa política ideológica que de poco o nada sirve a largo plazo si no es para contentar a los correligionarios de turno.

200.000 aspirantes

Para estas pruebas más de 200.000 estudiantes de todo el país se dan cita cada año con las pruebas para acceder a la Universidad. Pese a los límites de plazo fijados en el BOE, cada comunidad tiene la potestad de decidir qué días selecciona para convocar los exámenes, siempre que la duración de las pruebas de la PAU no supere los cuatro. No obstante, en las autonomías con lengua cooficial ese límite se amplía a cinco jornadas.

La cifra de las notas de corte para poder acceder a un determinado grado universitario depende, en buena parte, del nivel de competitividad. Este año, la carrera de Biomedicina Básica y Experimental en la Universidad de Sevilla es la nota de corte más alta, que exige un 13,62 de 14, seguida del Grado en Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, que registra un 13,5. Por el contrario, los grados de Canales y Puertos, Tecnología de la Ingeniería Civil y Tecnologías de Caminos son algunas de las que requieren una nota de corte más baja, de un 5.

Tras realizar la prueba de la PAU, los alumnos obtienen una calificación media de todos los exámenes realizados, tanto de la fase obligatoria como de la voluntaria. Pero, esta no es la nota de corte que se piden en las carreras, sino que, junto con esta puntuación de la Selectividad, hay que calcular la nota media obtenida en los dos cursos de Bachillerato, que supone un 40%. Y, más aún. Para que la nota de la PAU sea válida, hay que sacar un mínimo de 4 como nota en la media aritmética de todos los exámenes de la fase obligatoria o general –que representa un 60%–. Con esto se calcula la Calificación de Acceso a la Universidad (CAU): CAU = (Nota media de los exámenes de la Fase Obligatoria de la Selectividad x 0,4) + (Nota media de los dos cursos de Bachillerato x 0,6). El último paso sería obtener la nota de admisión, que se consigue sumando el resultado de la CAU con la media lograda en la fase optativa, aunque solo se tienen en cuenta las dos notas más altas si superan el 5. Aquí la fórmula se vuelve más complicada, ya que el porcentaje de cada una de las notas dependerá de la prioridad que le dé la universidad elegida a cada asignatura (0; 0,1 ó 0,2).

Y este año los alumnos se han podido presentar al examen con una asignatura suspensa en el segundo curso de Bachillerato, siempre que cumpliesen una serie de requisitos requeridos por el claustro de profesores, como haber logrado diferentes objetivos académicos, que no haya habido ausencias continuadas y sin justificar o que la media sea igual o superior a 5. Casi nada.

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