Aquellos maravillosos veranos en el pueblo

Por Sonia Jodra

“Melones del terreno, traemos melones y ajos del terreno”. No encuentro una mezcla culinaria menos atractiva que el maridaje de los ajos y los melones, pero oír esa furgoneta de venta ambulante voceando por sus altavoces su mercancía me puso contenta. Me puso contenta en un verano en el que costaba encontrar motivos para ponerse alegre. En medio de guerras, incendios, inflación… aquel rumboso discurso me animó a comprar melones al regate, tal como hacía mi padre hace años.

Los veranos en el pueblo son para salir corriendo detrás de la furgoneta que anuncia melones, melocotones o tortas de anís. Saben a migas y paella con tinto de verano y suenan a música de charanga. “Qué bonita es la amapola, ay, ay, ay”. Hay que “ortigarse” al menos tres veces la pierna para aprender a distinguir la planta cuyo picor no hay “after bite” que alivie. Forma parte de las enseñanzas que solo pasando los veranos en el pueblo se adquieren. Considero que ningún niño ni ninguna niña deberían crecer sin los veranos en el pueblo. Hoy en día no tener pueblo no es problema, antes era una auténtica tragedia. Alquilar una casita en un pueblo es tan asequible y normal como alquilar un apartamento en Benidorm. Así que animo a todas las familias a cargarse las bicis en el coche y no privar a sus criaturas de una experiencia que les ayudará a crecer felices.

Hasta que uno no va al pueblo no se da cuenta de que las estrellas están ahí, sobre nuestras cabezas, que salen cada noche en el mismo lugar y que localizar el carro y la “w” de Casiopea es todo un desafío. Los pueblos de Guadalajara se han vuelto a llenar este verano de niños, de juventud, de gente con ganas de compartir y pasarlo bien. Después de dos veranos extraños, el de este año ha sido pleno. De nuevo volvió a proyectarse cine nocturno al aire libre en la plaza, los corros de gente tomando el fresco después de cenar ya no tenían el obstáculo de la mascarilla y el temor al COVID y las verbenas brillaron más que nunca entre quienes dirimían el verdadero debate del verano: ¿Quevedo o Rosalía?, ¿“Despechá” o “Quédate”?.

Me gusta tanto el verano en el pueblo como el sabor de los tomates recién cogidos del huerto. Ese tomate, que nada tiene que ver con los que seguimos empeñados en comprar en el mes de enero en el supermercado, es para mí como la magdalena de Proust que tantos recuerdos activaba. El tomate me lleva a tardes en el río que este año está seco, partidas de cartas infinitas y una vida en bici. Son recuerdos de pan de ayer -en el pueblo no hay pan blando todos los días-, música en un viejo radio casette y postales que llegaban desde lejanos lugares y que hoy ya nadie escribe. Son recuerdos de aquellas zapatillas “Victoria” que siempre se rompían por el mismo sitio (el dedo gordo) y había que apurar hasta la vuelta. Recuerdo el dolor de la picadura de avispa, de las heridas en la rodilla que volvían a levantar la costra antes de sanar por completo y de los pies con aquellas horribles cangrejeras insensibles por la temperatura del agua del río.

He tenido la inmensa fortuna de poder proporcionar a mis hijas una infancia con veranos en el pueblo incluidos. Sé que también a ellas “el tomate de Proust” les activará los recuerdos del mes de agosto comprando melones a pleno sol, cazando sastres en el cubo de la playa y haciendo una cabaña que nunca se acababa en medio de la chopera que ya sentían como propia. Sé que pasar 15 días al año en el pueblo no es una buena receta contra la despoblación y falta de oportunidades que experimenta el medio rural, pero considero que es un acto necesario para facilitar un arraigo con el territorio que beneficia tanto a las personas como a los pueblos.

En el pueblo se habla más, conectamos más con la naturaleza, hacemos más actividades de forma colaborativa y conseguimos reducir nuestra dependencia de las pantallas. Están muy bien los cruceros, las vacaciones a destinos exóticos con todo incluido y los mega tours culturales por los restos de las grandes civilizaciones. Pero no dejemos de ir al pueblo, unos días, una semana. Además de correr, saltar, escalar, bailar, cantar, reír, comer, compartir, es muy importante que vayamos a escuchar. Hay una memoria de los pueblos que no está escrita en ninguna parte, ni la atesora ningún archivo. Son los usos hortelanos de cada lugar, la sabiduría popular sobre cómo se hacen allí las cosas. Son recetas de cocina, canciones, poesías, costumbres festivas o religiosas que pasan de unas generaciones a otras y que si nadie las escucha se pierden.

Dejemos que los mayores cuenten historias a las niñas y a los niños y que estos crezcan atesorando esa riqueza que se transmite de unos a otros. Creemos que todo está en Google a golpe de click, pero no es cierto. Hay cosas que se perderán en el olvido si nadie las escucha.

Me alegro de que haya llegado septiembre. Es el mes en el que mejor saben los tomates recién cogidos. Al menos en la Sierra, donde su aroma puede activar más recuerdos que el mejor de los buscadores.

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