Trazos de un verano que termina

Por Gloria Magro.

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Mi madre adoraba a los gatos. En su funeral un coro de maullidos acompañó la subida del féretro por las escaleras de la iglesia. Hacía frío aquella mañana de febrero. A la salida, dos mininos asomados a un balcón observaban desde lo alto el paso de la comitiva, testigos silenciosos de aquel último paseo por las calles del pueblo, de su pueblo, al que tan unida estaba. Este es el segundo verano sin ella y todas las calles me la recuerdan, todos los gatos. Será que el final del verano nos pone tristes y melancólicos, será que la vuelta a la rutina tiene algo de retrospectiva que va más allá de los meses estivales que dejamos atrás.

Lo primero que hacíamos mi madre y yo cada año al desembarcar aquí en julio era subir a limpiar las lápidas familiares. No sólo era una tarea auto impuesta, sino así, tal cual, el comienzo de un texto para el último certamen de relato breve de la Biblioteca de Guadalajara. No gané ese concurso la pasada primavera, ni tan siquiera quedé finalista, pero esas líneas también fueron el inicio de un artículo para El hexágono hace algunos veranos, cuando empecé a interesarme por las huellas de la Guerra Civil en la comarca. Entonces no sabía que en una parcela, allá en el monte del Chaparral, sobre Villanueva de Argecilla, se ocultaban los restos de un campo de concentración efímero de soldados republicanos acabada la contienda. Pero esa es otra historia. Si tienen interés, en el Teatro Moderno se presentan las conclusiones de esas excavaciones, el próximo 22 de septiembre, dentro del ciclo “Memoria contra el Olvido” organizado por el Ayuntamiento de Guadalajara.

Realmente la primera frase del concurso de la Biblioteca, ese que no gané era “las palabras aparecen de una en una…”, que en mi relato continuaba con un “solo hay que frotar lo suficiente”, y seguía con nuestra expedición anual al cementerio, armadas con cubos y bayetas, dispuestas a limpiar sepulturas bajo un sol de justicia y las sentencias igual de implacables de mi madre. Al no tener yo hijas, nadie continuaría esa tarea y nadie limpiaría mi sepultura, venía a decir, en una letanía que se repetía invariable cada año. Tengo presentes esas palabras cada vez que barro de agujas de ciprés sobre su lápida, en un intento absurdo porque esté brillante en la soledad absoluta del recinto en los meses estivales. Pocas son las familias que acuden a renovar las flores de plástico en pleno verano, solo suben ancianas y estos últimos veranos, yo.

Mi obsesión ha sido mantener vivos los tiestos, a falta de flores frescas, así que me he peleado cada semana con la apertura milimétrica del tapón de la botella de agua que, volcada entre las plantas, pretendía con escaso éxito que hiciera de sistema de goteo. A veces funcionaba y a veces no. Aún así, no he cejado: pese al calor mi madre también ha tenido sus letras limpias, el mármol brillante, y casi siempre flores naturales en las que pudieran libar las abejas. Poca vida se ve en el camposanto, ni un mísero ratón y menos aún mariposas. Junto a la pila de agua, un frasco vacío de glifosato. Se ve que preferimos la naturaleza aséptica y a ser posible, también muerta.

Del cementerio a la residencia de ancianos. Hay muertos bajo tierra y otros enterrados en vida, en su desmemoria. Mi tía se perdió en el laberinto de la demencia hace ya un tiempo, en un proceso sumamente lento y doloroso para la familia. Desde hace unos meses vive frente a su casa, al otro lado del parque, donde se ocupan de asearla, alimentarla y de que tenga toda la calidad de vida que su estado permite. Las cuidadoras la tratan con decencia y respeto y se la puede sacar para que camine; paseos terapéuticos los llaman.

Veintinueve familias de la comarca tienen a un mayor en este establecimiento público de la Junta de Comunidades de Castilla- La Mancha gestionado por Mensajeros de la Paz a través de la entidad Edad Dorada, que se mantiene también con nuestros impuestos, al igual que el centro de salud que hay justo a continuación, el que atiende a toda la comarca, o el Cuartel de la Guardia Civil, encima de ambos. Hay quien considera que los servicios sociales y asistenciales son un gasto, nunca una inversión, y seguramente hay quien vota encantado en este mismo pueblo a opciones políticas que tienen estas premisas en su base y que no dudarían en aplicar la tijera de los recortes si se les diera la oportunidad. No es una predicción vacía, es que ya lo hemos vivido.

Hay otra residencia pública en la cercana Mandayona (290 hab.) y casas tuteladas en pueblos tan pequeños como La Toba (90 hab.). El Programa Como en casa, de atención nutricional que lleva a cabo ACCEM financiado por la Diputación Provincial de Guadalajara, lleva a diario y desde aquí la comida a varias decenas de personas mayores acogidas a este servicio hasta Valverde de los Arroyos, en la ladera del Ocejón. Por un lado, el programa ha permitido, en varias comarcas de la provincia, que los negocios de hostelería que preparan los menús sobrevivan a la pandemia, y por otro facilita que sus usuarios tengan cubiertas las necesidades de alimentación en su propio domicilio, para tranquilidad de sus familias. Me cuenta María José, una de las encargadas de su distribución en nuestra zona, lo gratificante del trabajo y de la visita periódica a los ancianos. Además de la comida, los trabajadores de ACCEM se cercioran de que estén bien: en muchos casos el personal del programa son las únicas personas con las que se relacionan, sobre todo en los meses de invierno.

Apuramos el verano en un frenesí de fiestas de pueblos, de vermuts interminables y cenas de amigos, como si quisiéramos asir este tiempo que se nos escapa. Septiembre llega lento, a la espera de ese cambio de tiempo que no termina de cerrar el verano, de la lluvia que no ha llegado aún, y de las Ferias de Guadalajara, que están al caer. Pero esa es también otra historia.

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