Lo que cuenta el ataifor de Guadalajara

Por Sonia Jodra

Trescientos banquetes, otras tantas celebraciones y muchas comidas cotidianas llevaba ya en su interior aquel día que finalmente acabó en la basura, entre los trastos inservibles que ya no dan lustre a la mesa en la que se posan. Era la segunda mitad del siglo X y Wadi-l-Hiyara era un centro administrativo, político y religioso importante en la frontera de la Marca Media de al-Ándalus. Mezquitas, alcazaba, baños, zocos, talleres y una muralla defensiva daban cuenta del esplendor de la ciudad, desde la que se impartía gobierno hasta Atienza, Alcalá o Madrid. Incluso los califas cordobeses paraban en la ciudad para abastecerse en sus viajes hacia los territorios cristianos del norte.

El ataifor no era un simple cuenco, era una joya de la vajilla familiar con la que mostrar el ascenso social que por cuna o negocios alcanzaban los moradores de la casa. El cuenco está hecho con cerámica a torno, con un vidriado exterior de color melado y con decoración en verde y manganeso. Por eso impresionaba tanto a los invitados que acudían a aquella casa situada en pleno centro de Madinat al-Faray. Guerras, derribos, decadencia, nuevas construcciones… el paso del tiempo enterró el ataifor tanto, que cuando construyeron un edificio en el siglo XVII nadie se percató de su presencia. Sería necesario esperar hasta la primera década del siglo XXI para que las excavaciones llevadas a cabo para construir una vivienda en el número 5 de la calle Miguel de Cervantes despojaran de olvido y revistieran de memoria los delicados dibujos en verde y manganeso que, como sólo las grandes historias saben hacer, cuentan más de lo que dicen.

“Este ataifor es uno de los más claros ejemplos de la propaganda desplegada a todos los niveles por el gobierno andalusí para difundir su legitimidad y las virtudes de su soberano”, asegura Miguel Ángel Cuadrado, uno de los veteranos arqueólogos de Guadalajara que, una vez más, ha dicho aquello de “eureka” al comprobar los singulares atributos de la pieza. El proceso de restauración del ataifor ha sido realizado en la Escuela de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Comunidad de Madrid por Ángel Gea. Se considera que la pieza está conservada en un 70 por ciento y pertenece a un conjunto cerámico de cronología andalusí localizado durante los trabajos de excavación iniciados hace aproximadamente una década en pleno centro de Guadalajara.

La importancia del hallazgo arqueológico ha generado la publicación de un libro en el que se recogen los detalles y este mismo verano el Museo de Guadalajara expuso la pieza con diverso material que explica su trascendencia. Las conclusiones del estudio permiten situarla como un referente importantísimo para el estudio de al-Andalus, planteando nuevas vías de investigación, tanto dentro y fuera de la península, sobre aspectos tan variados como el arte, la arqueología, la historia política y religiosa, así como sobre las diversas influencias recibidas de culturas anteriores. Gracias al ataifor de Guadalajara se ha alcanzado la conclusión de que el califato de Córdoba creó una forma propia de representar a su soberano, presentando al califa con una multitud de atributos de soberanía y de autoridad político-religiosa que, interpretados conjuntamente, resultan ser el ideario del régimen proclamado por Abd al-Rahman III y que, además, supondría una ruptura con la imagen que se había venido utilizando hasta entonces en los dos califatos con los que el andalusí entró en conflicto: el Abasí, con capital en Bagdad, y el Fatimí, con su sede principal en El Cairo.

Así que, ya saben, el cuenco llevaba escrito en su interior más de lo que aparentemente contaba. «Es algo completamente desconocido, rompe con cualquiera de los esquemas de representación del soberano en el mundo musulmán medieval», explicaba el arqueólogo Miguel Ángel Cuadrado en una entrevista reciente. «Lo habitual es una imagen hierática, frontal del califa, en la que aparece sentado a la turca y con la copa de los mundos delante del pecho, un recipiente que da poder sobre la vida y muerte de sus súbditos. Un retrato extendido en los califatos abasí y fatimí, rivales de Córdoba». Pero en nuestro querido ataifor el califa está de perfil, rodeado de los atributos del poder, inaugurando así la propaganda de los regímenes totalitarios. La imagen del califa reivindica la obediencia que le deben sus súbditos, reclamando su dominio absoluto sobre Oriente y Occidente.

En resumen, que todo está inventado, que los dictadores y los sátrapas siempre intentaron someter al prójimo con las mismas “malas mañas”, con su imagen en un cuenco, en una pantalla de televisión o en un tuit. ¡Qué bonita historia la del ataifor de Guadalajara! Felicidades a los estudiosos y científicos que han formado parte de esta investigación.

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