Nuevas luces en la oscuridad

Por Marcos Caballero de Mingo (*)

Urge un nuevo pensamiento político”. Así concluía el ilustre politólogo Fernando Vallespín su última columna de opinión publicada en el diario El País. Antes, con la lucidez y la sobriedad que caracterizan su depurado estilo, se había referido a la previsible victoria (hoy confirmada) de la ultraderechista Giorgia Meloni en las elecciones generales de Italia. Sin embargo, más allá del triunfo del dueto Meloni-Salvini con la inestimable concurrencia del siniestro Berlusconi, lo cierto es que el nuevo escenario italiano no hace más que confirmar las tendencias de fondo que llevan años sacudiendo la política europea.

Dichas tendencias, que amenazan con tornarse irreversibles si quienes aspiran a frenarlas continúan errando en su análisis, apuntan al progresivo fortalecimiento de una derecha neoconservadora de ecos libertarios importada de Estados Unidos y alineada en torno a tres ejes fundamentales: nación, tradición y religión. Veamos qué papel corresponde a cada uno de estos factores en la articulación del discurso de esta nueva corriente conservadora.

En primer lugar, la nación soberana, concebida en términos empíricos e identitarios en contraposición al racionalismo ilustrado, ostenta el protagonismo absoluto en la construcción teórica de esta ultraderecha en cuanto actúa como elemento aglutinador de las masas y sirve para definirlas y reafirmarlas frente al presunto globalismo homogeneizador de la Unión Europea. Así, la exaltación de lo propio frente a lo ajeno, de lo autóctono frente a lo bárbaro (elemento crucial en la construcción de un nacionalismo excluyente), entronca necesariamente con el segundo factor: la tradición. En consecuencia, de igual modo que los intelectuales románticos del siglo XIX echaban pestes de la industrialización y se refugiaban en la idealización del mundo rural, esta nueva derecha se parapeta tras las sacrosantas costumbres nacionales para efectuar una enmienda a la totalidad de la cultura importada (ya sea algún irritante y manido anglicismo o el McDonald’s de la esquina).

Por último, la tradición conduce inevitablemente a la religión, siendo el cristianismo la clave de bóveda de un pensamiento esencialista y confesional que se contrapone a los extravagantes desmanes de un laicismo liberal e izquierdista demasiado sensible con cuestiones como la igualdad de género o las demandas de determinadas minorías. De esta forma, acudiendo a una lectura oscurantista y reaccionaria de la fe cristiana, la causa de la nueva ultraderecha deviene en “cruzada” o “guerra cultural”, algo inadmisible en un contexto democrático, pues en el marco de un sistema pluralista no ha de existir más confrontación que la estrictamente electoral entre diversas opciones políticas.

Ahora bien, el éxito de esta cosmovisión fundada en los tres factores mencionados (nación, tradición y religión) no se entiende sin la concurrencia de dos circunstancias determinantes en el discurrir de los acontecimientos sociales, políticos y económicos de las últimas décadas: el vertiginoso proceso de globalización y el auge de la cultura woke en el mundo occidental. El primero, acontecido tras la caída de la Unión Soviética y sumamente beneficioso en términos de productividad y crecimiento económico, descuidó por completo su vertiente cultural, dando paso a un mundo cada vez más homogéneo en lo que a usos y costumbres se refiere, lo que entra en conflicto con la doctrina comunitarista instalada en buena parte de la derecha tradicionalista europea. Si, además, sumamos a estas consideraciones los desastrosos efectos que ciertas prácticas como la deslocalización de industrias o las propias externalidades del mercado han generado sobre las clases trabajadoras, el caldo de cultivo no podría resultar más idóneo para la aparición de un discurso nacionalista contrario a los procesos de integración y cohesión internacional.

La segunda circunstancia (la expansión de la cultura woke), mucho más compleja si se atiende a sus implicaciones en diversas esferas de la vida pública, conduce hasta una izquierda identitaria y desorientada que parece haber abandonado el prisma racionalista del estructuralismo marxista en virtud de una suerte de progresismo iletrado enraizado en el pensamiento mágico y en la sacralización del individuo tan propia de la teoría neoliberal. Como vemos, esta izquierda, torpe y perezosa en sus planteamientos, no es en realidad tal, pues en la renuncia de sus verdaderas esencias, orientadas a la emancipación del ser humano, no ha dudado en abrazar las prácticas censoras de un nuevo puritanismo supuestamente progresista que se preocupa más por la cancelación de artistas y obras según disparatadas interpretaciones de las mismas (véase el caso de Woody Allen) que por la defensa de políticas redistributivas en estos tiempos de crisis.

En conclusión, la “nueva izquierda” ha traicionado a la “vieja izquierda” y, mediante ese inconsciente proceso de claudicación, le ha allanado el terreno a la nueva ultraderecha, mucho más diestra en debates establecidos en torno a cuestiones de identidad, donde lleva las de ganar sin apenas esfuerzos. “Urge un nuevo pensamiento político”, demandaba Vallespín en su última columna citada al inicio de este texto. En efecto, la izquierda necesita renovarse o, más bien, “reencontrarse” porque solo así, con nuevas luces, podrá hacer frente a la oscuridad.

MARCOS CABALLERO DE MINGO

(*) Marcos Caballero de Mingo es alumno de 3º Curso de Grado en Ciencia Política y Gestión Pública en la URJC. Beca de excelencia de la Comunidad de Madrid. Matrícula de Honor de Bachillerato. Premio Extraordinario de Bachillerato. Coordinador y autor participante del libro «NPG’21, nueva poesía de Guadalajara: Poesía Tímida». Autor del blog de cine: https://laclaquetadeloco.wordpress.com/

 

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