Invisibles y desconocidos.

Por Gloria Magro.

Foto: Mehmet Emin Mengüarslan – Agencia Anadolu.

Es difícil no percatarse de su existencia. Sirios, ucranianos, rumanos, sudamericanos e incluso marroquíes pasan inadvertidos en nuestras calles, vecinos integrados en esta sociedad multicultural en la que las aportaciones de otras comunidades se perciben como enriquecedoras y beneficiosas en términos económicos y sociales, cuando no inevitables en un mundo globalizado. Sin embargo, la presencia de jóvenes africanos subsaharianos sigue llamando la atención, aunque socialmente nos resulten invisibles y en la práctica, desconocidos.

Son los últimos inmigrantes en llegar, en muchos casos los más desamparados y sobre los que tenemos un gran desconocimiento. Nuestra percepción sobre ellos está relacionada con las hirientes imágenes de su llegada a España a través del estrecho, en pateras, o de esa frontera sur de Europa, la valla de Melilla, de tan infausta pero al parecer inevitable existencia. O con la irregularidad de la venta ambulante, las mafias y muchas veces su presencia mendicante en las puertas de los supermercados. El Tercer sector, como se conoce a las organizaciones no gubernamentales de carácter asistencial que trabajan en el ámbito humanitario, despliega todos los recursos a su alcance para que también ellos desarrollen las capacidades que permiten su integración. Y que en muchos casos facilitan también el que puedan proseguir su camino hacia otros países europeos, su destino final.

Cada año alcanzan nuestras fronteras miles de jóvenes procedentes de países africanos más allá del desierto del Sahara. Después de un viaje en el que llegan a invertir literalmente años, España es el primer punto de contacto con esa tierra prometida que es Europa, donde tienen la oportunidad real de labrarse un futuro para ellos y para sus familias. Atrás dejan situaciones de persecución o miseria que nosotros parecemos haber olvidado a pesar de nuestro pasado más reciente como sociedad emigrante.

A su llegada son acogidos por las organizaciones en las que la sociedad y el Estado delegan la atención que precisan, así como el apoyo legal y social necesario para acceder a los recursos básicos en un primer momento, y la orientación legal que les permita convertirse en ciudadanos europeos y contribuir al bienestar común de los países donde se asienten.

En Guadalajara, según los datos que maneja Abriendo Fronteras, correspondientes al INE, antes de la masiva llegada de desplazados por la guerra de Ucrania, la población inmigrante empadronada en la provincia era de 37.250 personas. Marruecos, el principal país emisor de inmigrantes de África hacia España, cuenta con una comunidad de más de cinco mil personas, según los datos del padrón municipal. En comparación, los subsaharianos suponen una muy pequeña minoría a pesar de las cifras grandilocuentes que ofrecen los medios de comunicación nacionales cuando informan de llegadas masivas o cuando determinados intereses políticos alarman con reflexiones simplistas que no se corresponden en ningún caso con la realidad de la emigración.

Según los estudios del Real Instituto El Cano, los flujos migratorios en África suelen ser internos . «Desde el exterior la percepción general es que el objetivo primero de los migrantes africanos es abandonar el continente, pero en realidad la mayoría se queda en África. Si bien la iniciativa de migrar forma parte de la normalidad africana, los motivos que empujan a hacerlo han cambiado enormemente por la incorporación de nuevos factores que configuran un mapa lleno de variables«, explican. Y concluyen que «Ciertamente cada vez con más frecuencia los africanos miran hacia Europa, Oriente o EEUU, pero en la actualidad su destino principal sigue siendo la propia África».

A enero de 2022 había censados en Guadalajara 14 angoleños, 3 personas procedentes de Benín, 12 de Burkina Faso, 1 de Cabo Verde, 66 de Camerún, 12 de Congo y 64 de Costa de Marfil. El registro corresponde a casos de éxito, de integración: personas que con su esfuerzo e implicación han conseguido construir una vida entre nosotros. Hasta llegar ahí, hay un largo camino en el que cuentan con el acompañamiento y el apoyo de organizaciones como Abriendo Fronteras, Cruz Roja, Cáritas o Accem.

«No ayudar a la integración perpetúa la pobreza. Tenemos recursos suficientes para que los emigrantes no acaben pidiendo en la puerta de un supermercado», afirma tajante Braulio Carlés, responsable de la Asociación Católica de Migraciones en Castilla-La Mancha (Accem) y vicario de Pastoral Social de la diócesis Sigüenza-Guadalajara, además de párroco del barrio de Los Manantiales. Carlés es una autoridad en flujos migratorios después de casi tres décadas trabajando con personas a las que sucesivas crisis políticas y económicas han empujado hasta nuestra provincia. Las últimas, los ucranianos desplazados por la guerra con Rusia. Antes que ellos y de forma continua, africanos a los que la búsqueda legítima de una vida mejor les conduce hasta aquí, destino temporal o definitivo de su largo viaje.

El responsable de Accem desmiente la supuesta irregularidad y desamparo de las personas desplazadas. En el caso de los subsaharianos, una vez en España, las vías de acogida son la protección internacional -el estatuto de refugiados políticos- o la ayuda humanitaria. En otros casos son las redes familiares o comunitarias ya establecidas quienes prestan el primer apoyo. Y como último recurso, Cáritas, la obra social de la Iglesia católica, que desde el voluntariado promueve el acompañamiento y la integración de las personas vulnerables y excluidas, tanto autóctonas como extranjeras. «Siempre hay pájaros sin jaula -explica metafóricamente el responsable de Accempersonas que vienen por sus propias vías, pero la dignidad no es vivir de la mendicidad, sino que está en conseguir facilitarles una vida estable como a cualquier ciudadano de bien«.

Carlés defiende la integración ordenada a través de los cauces establecidos una vez pisan territorio español. El primer paso es cubrir sus necesidades básicas y después lograr su inserción social y laboral, un proceso que requiere de voluntad y esfuerzo, según reconoce, y que en su organización es un programa de entre 18 y 24 meses que termina con la regularización de la persona emigrante y la consecución de una vivienda, algo que según reconoce presenta muchas dificultades a día de hoy. No obstante, su visión de la situación actual es optimista: «Se integra quien quiere«, como lo es su confianza en la capacidad de los jóvenes subsaharianos: «Vienen los más capacitados, la emigración representa una fuga de cerebros para África», afirma. En sus visitas al continente, Braulio Carlés ha constatado en primera persona las condiciones de vida que tienen en países como Ruanda y Benín, donde ha visitado proyectos de cooperación, lo que le lleva a afirmar que la ayuda exterior es clave para que sus ciudadanos elijan quedarse en vez de emigrar.

La red de apoyo a las personas desplazadas que llegan hasta Guadalajara, cualquiera que sea su origen, está entretejida con lazos de solidaridad, voluntariado y programas de apoyo en un viaje vital que no suele tener marcha atrás. Las distintas organizaciones que trabajan con esta comunidades así lo testifican. «El emigrante siempre cree que su estancia será temporal. Creen que volverán y cuando constatan que no va a ser así, sufren una crisis temporal que nosotros los españoles deberíamos de reconocer, como emigrantes que hemos sido», explica Braulio Carlés, y en su reflexión subyace una tristeza añadida.

Sin embargo, los datos son optimistas. Solo esta organización colabora con más de un centenar de empresas locales que dan empleo a más de mil personas inmigrantes, según los datos expuestos en la jornada sobre ‘Diversidad en la empresa’ celebrada el pasado mes de noviembre en Guadalajara. En ella, el secretario provincial de CEOE, Javier Arriola, afirmaba que integrar al colectivo emigrante en el capital humano de las empresas es una necesidad para “seguir sumando”. En este mismo sentido, el presidente de la Diputación, José Luis Vega, defendía que la llegada de población inmigrante al mundo rural contribuye a que se genere actividad económica, mientras que el concejal de Bienestar Social, Ignacio de la Iglesia, calificaba a la población inmigrante que hay en Guadalajara, como “un banco de talento” para las empresas.

No es cierto que África vaya camino de vaciarse porque todos sus habitantes quieren emigrar a Europa como algunos intereses políticos quieren hacernos creer. Como tampoco lo es percibir la llegada de personas de otras razas como un asalto cultural en términos sociales o religiosos, a no ser que haya una motivación racista o un nacionalismo supremacista subyacente. Lo único cierto es que no hay frontera ni océano capaz de detener a quien no tiene nada que perder y en frente ve una promesa de progreso. Como sociedad de acogida, de todos depende contribuir a su integración para que sumen, para que dejen de ser invisibles y desconocidos

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