La burocracia de las camas

Por David Sierra

En la vivienda de mayores de Espinosa de Henares las camas son antiguas. Tienen casi los mismos años que el centro y han envejecido junto a muchos de los residentes. A otros les han sentido ir. Cuando se pusieron estos lechos, aquellos que los ocuparon aún tenían la agilidad suficiente como para no necesitar ayudas extraordinarias. Levantarse, sentarse, acostarse eran movimientos habituales que podían realizar por ellos mismos. No había impedidos físicos que requirieran otros medios.

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Comiendo con tu enemigo

Por David Sierra

urnasRechascaban las ascuas al mediodía a las puertas del Consistorio. Sinónimo de cita electoral. Medio bidón de aceite, tajado por la mitad, cumplía la función de barbacoa. Un antiguo somier de metal adaptado con cuatro brazos en hierro para poder ser volteado a modo de parrilla acogía en su seno varias filas de chuletillas de cordero colocadas con sumo cuidado. Con anterioridad habían servido para el asado de unos suculentos espárragos verdes. De esos de la tierra, que ahora salen a miles y por los que sus productores luchan para obtener una certificación geográfica que acredite su calidad y procedencia.

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El voto forastero

Por David Sierra

Le llamaban ‘Radi’. Un muchacho inquieto. Un bala pérdida. De esos que crecieron demasiado pronto cuando el tiempo del mundo rural pasa tan despacio que deja espacio suficiente a la rebeldía. Llegó al pueblo cuando apenas era un crío. Junto a sus padres. Atraídos por las conversaciones con otros familiares que habían dado el paso antes; de buscar un futuro más próspero que el que ofrecía su lugar de origen. La ribera del Badiel había encontrado una particular forma de hacer frente a la despoblación. Sin quererlo.

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La bibliotecaria

Por David Sierra

Nunca supo que sería su vocación. Cayó en el puesto por una de esas casualidades que tiene la vida. De estar en el lugar y a la hora adecuada. Y cuando decidieron que era demasiado tarde para retroceder, la eligieron. A ella, que no tenía ni puta idea. Que su único vínculo con ese cargo era que le encantaba leer. De todo. Y a todas horas. Hasta que caía rendida por las noches. En el tren, cuando el paisaje se ocultaba entre paredes de naves industriales y no había mirada con la que ganar la lejanía. Le entusiasmaban las letras que ahora la condenaban.

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El debate

Por David Sierra

Se han convertido en un insulto a la inteligencia humana. Retransmitidos por televisión como espectáculo donde cada vez es más trascendente la imagen y las formas en detrimento del fondo. Carentes de contenido, abruman con cifras y datos interesados, en muchos casos sin contrastar, a una audiencia que espera mucho más. Se centran en el combate de las palabras vacías, de tecnicismos que ni tan siquiera dominan, en la provocación al adversario en busca de una reacción fuera de tono o de lugar, en la teatralidad de las gesticulaciones y en las expresiones que rozan el ridículo. Siguen el guion marcado entre bambalinas, confeccionado durante días, para transmitir mensajes vacuos y obvian la formación de un electorado que dista mucho de ese con el que empezó este juego que se llama democracia. Son los debates, donde lo que no hay es eso. Debate.

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La cultura del tortazo

Por David Sierra

1555324831_782580_1555324969_noticia_normal_recorte1El tendido estaba a rebosar. También todo el pasillo del anillo que rodeaba el coso. La expectación máxima. Chavales, algunos veinteañeros, otros expertos, esperaban apoyados con los brazos cruzados sobre las tablas. En los burladeros sobresalía algún capote. Tampoco hay huecos. Y cuando se aproxima la hora señalada la impaciencia se hace más evidente. Los cohetes, lanzados en trío de uno en uno, entronizan el cielo armando un revuelo. La puerta de toriles se abre con rapidez. Tira el torilero de cerrojos, ese que se asigna el cargo por afición, y con varias palmadas sobre la superficie de chapa, llama la atención de animal que brota desde la oscuridad, emergiendo con los pitones en alto.

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Cosa de dos

Por David Sierra

administracion_electronicaUna vez a la semana. Tan sólo un día entre siete se ven. Como esa pareja de recién enamorados que guardan aún las distancias en el tiempo y el espacio. Podrían ser suficientes. Con otros medios. Con algo de ayuda, aunque fuera ocasional. En los momentos del apretón, como es la preparación para una cita electoral. Ya no digamos dos. O cuando los domingueros invaden las calles aprovechando el bochorno de la época estival. Y se acuerdan de esa parcela que ni saben dónde está. De reclamar el recibo de tal o de Pascual. De exigir, lo que sea para que el pueblo se parezca al máximo a su ciudad. Pero un día a la semana no basta para tanto albardán.

Secretarios y alcaldes de municipios que no llegan al centenar de habitantes luchan en precariedad. Lo hacen sin la compasión de la administración. Con las exigencias de la legislación. Esa que no atiende a las circunstancias para garantizar la igualdad, pese a que en el mundo rural esa sea una utopía general. Les atoran a charlas y cursos sobre la incorporación de la herramienta digital para funcionar en el mundo global. Les invocan para ofrecerles las bondades de ayudas y subvenciones imposibles de alcanzar sin jugarse por instantes su propio bien patrimonial.

Un día a la semana. Y a rezar. Para que sea ese en el que la firma electrónica pueda funcionar. Que no se caiga la red por un temporal. Que los equipos informáticos respondan a pesar de los años. Pues de lo contrario, el expediente de turno irá con retraso. Un retraso que para la administración no cuenta en los plazos. Esos que si se agotan, dejan en ideas lo que pudieron ser arreglos.

Expedientes que se amontonan. Un día en semana se alivian. Pero la pila nunca se acaba. Los boletines oficiales marchan como un reloj. Publican líneas y líneas de ayudas en las que exigen todo tipo de requisitos y documentaciones sin nada que garantizar. ¡Que lo paguen! vienen a decir, que luego verán si la concesión se da. Ponen la miel en los labios ante lo que permitiría una buena gestión municipal. Ordenan proyectos, memorias y todo tipo de documentos técnicos sin reparar en que estos Consistorios no los pueden costear. Desamparados, ceden, abandonan. Otra vez será. El remanente de todo eso, en otras manos con más medios quedará.

Son los pueblos del olvido. Del secretario a turnos que siempre va, pero nunca está. Que reniegan de esas leyes impostoras que piden un proyecto y exigen una licitación para que alguien cambien una bombilla. Son los pueblos donde cualquier concurso público debería llevar el carácter de urgencia para no alterar el día a día. Para equiparar en derechos a sus ciudadanos. Para impedir el vaciado de sus calles y plazas, de sus casas.

Y a pesar de las trabas, de los reveses, de las luchas por ser escuchados, de recibir siempre las mismas promesas incumplidas, sobreviven gracias a ellos. A los dos, cuando interactúan y alzan la voz. Se revelan ante los grandes y protestan mientras ponen toda su dedicación. Consiguen algún éxito, ganan alguna batalla. Rompen las reglas que les relegan a las migajas. Saltan las barreras de las imposiciones, por cuenta y riesgo. Alteran el orden establecido, ponen a caldo al responsable de turno y retuercen sus planes. Y eso, sabe a gloria.