Coronavirus: Diario de muchos errores y algún acierto en el confinamiento (II)

Lavabo con cabellos. // Imagen: P. B.

Lavabo con cabellos. // Imagen: P. B.

 

Por Patricia Biosca

Martes 17

Hoy sí que sí. Hoy es el día. No, ayer no me duché tampoco ni hice ejercicio. Pero ya me doy vergüenza a mí misma -y créanme, eso es complicado- y de esta mañana no pasa. Otra vez me he preparado un desayuno digno de un marajá y después de monear demasiado tiempo me he puesto con el deporte. He optado por una tabla de ejercicios de un rocódromo que suelo visitar. Como había varios niveles, he decidido no fliparme demasiado y apostar por el nivel principiante. Poco a poco. En el segundo ejercicio ya estaba sudando como Camacho, no he conseguido hacer más de diez flexiones seguidas (y mal) y escribo esto cuatro horas después y con agujetas. Me he sentido como los chavales que empiezan la dieta en el inefable programa de la MTV “Ya no estoy gordo”, cuando al principio su entrenador personal cachas les dice que son unos vagos y unos tirados mientras pegan saltos que apenas se separan del suelo. Me doy ánimos pensando que al final los chicos casi siempre triunfan y llegan delgados al baile de fin de curso.  Sigue leyendo

Coronavirus: diario de errores comunes en un confinamiento

Ilustración de Polkadothero

Ilustración de Polkadothero

Por Patricia Biosca
Desde mi solitario encierro -como únicos seres vivos solo me acompañan mis plantas y la familia monoparental de arañas que vive en mi tendedero- lo he intentado un millón de veces: abstraerme, aunque sea unos minutos, del maldito coronavirus. Y había pensado escribir algo diferente, más aún después de que la actualidad me arrollara -interesantes días para ser periodista- y ni siquiera pudiera pasar a saludar el pasado martes. Pero me doy por vencida. Así que mientras dure esta pandemia utilizaré estas líneas como mi diario personal de la batalla del confinamiento. Y a ustedes como psicólogos que gratuitamente -si continúan leyendo, que no tengo poder para obligar a nadie- escuchan mis movidas en días de cuarentena. Esta es mi manera de sobrevivir al encierro por coronavirus.

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Coronavirus y Facebook: la enfermedad definitiva

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Mujer y perro con mascarilla. // Foto: Reuters

Por Patricia Biosca
Corría el año 2009 cuando la histeria de la conocida popularmente como gripe porcina se propagaba a la velocidad de la luz. Llamada técnicamente virus A H1N1, la pandemia afectaba sobre todo a jóvenes de entre 20 y 30 años de edad, con fiebres muy altas durante varios días. Por supuesto, llegó a España. El Gobierno de entonces, el de Zapatero en el apogeo de la crisis diciendo algo parecido a aquello de Sara Montiel a la salida de los juzgados después de casarse “en secreto” (“¿Pero qué pasa? ¿pero qué invento es esto?”) se gastaba ingentes cantidades de dinero en vacunas que no llegarían a los casos recomendados por la OMS, cogiendo polvo en un cajón. Es más, una vez pasado el boom mediático, seguían produciéndose casos, pero ya no era moda y los informativos dejaron de hablar de ello. Fue en ese impás final de olvido y pasotismo cuando yo “pillé” la gripe del cerdo. Aquí la carta de una superviviente.

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La loca historia de Jane Goodall en Cogolludo y el periodista que pasaba por allí

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La primatóloga Jane Goodall. // Foto: Archivo/Europa Press

Por Patricia Biosca

¿Conocen el “efecto arrastre”? En mi época de estudiante se utilizaba para crear una ola imparable de adolescentes diez minutos antes de que tocase el timbre de la última clase. Alguien ejercía de interruptor: hacía ruido con sus enseres, movía la silla y, llegado el caso, se ponía el abrigo. Era una jugada arriesgada, pues el parte siempre estaba en el aire. Pero normalmente, el resto, ansioso por salir de aquella jaula académica con olor a humanidad, le seguía el juego, y el profesor de turno quedaba con cara de besugo al ver cómo el torrente hormonado se iba por la puerta sin que él o ella hubiese dado la orden. El mecanismo funcionó a la perfección todas las veces hasta que cambié a un instituto mucho más civilizado en el que no se permitía que un solo pelo se moviese hasta que no lo dijese el responsable mayor de edad de aquella tribu: es más, aunque sonara el timbre, si el maestro en cuestión no daba permiso, de allí no salía ni Dios. Y allí la cosa se ponía seria, y al profesor no le temblaba el pulso para enviarte al despacho del director. No se imaginan lo frustrante que fueron esos primeros días en los que el efecto arrastre dejó de ser una ley invariable, inmutable e incontestable para convertirse en un vago recuerdo más allá de las dos de la tarde mientras la profesora anunciaba con un severo “cetonas” que la clase de química no había terminado. Sigue leyendo

Las visten como… ricas

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Carmen Polo, mujer de Francisco Franco, apodada popularmente como “La collares” por su gusto por las joyas de perlas. // Foto: Archivo ABC

Por Patricia Biosca

Van por la calle y ven al niño de unos amigos que ha crecido considerablemente, ya articula palabras y sus sonrisas no son un acto reflejo. ¿Cómo le tratan? Normalmente, su voz se elevará una cuarta por encima de su tono normal, hablarán más alto y exaltarán sus atributos, porque es lo políticamente correcto. “¡Qué grande está ya este chico!”, les saldrá por la boca como un mantra socialmente aceptado y esperado. Ahora cambien al sujeto de la interpelación por un perro. La misma voz, las mismas frases hechas incluso aunque el infante y el can sean de razas diferentes y sus clados se hayan separado hace millones de años. Y lo mismo ocurrirá con un anciano, al que tratarán como si fuera su hijo adolescente en plena edad del pavo. “¡Hay que comer bien, Faustina, que luego el cuerpo se resiente…!”. Porque la población considerada adulta nos permitimos el lujo de tratar a los animales como personas y de infantilizar a nuestros mayores aunque lleven vivido más que nosotros mismos. Y esta costumbre está tan extendida que hasta los poderes públicos les toman por tontos y dan los mismos mensajes que en otro contexto serían duramente criticados. ¿O acaso el “La policía recomienda no hacer ostentación de joyas por la calle” no les suena a “La policía advierte que las muchachas no vayan con la falda demasiado corta y mucho escote”?

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Solar Orbiter: la misión espacial que llevará un poquito de Guadalajara al Sol

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Recreacion de la sonda Solar Orbiter en la órbita solar. // Imagen: ESA

Por Patricia Biosca

Mucha gente practicamos el noble deporte de la queja constante. Cuando terminamos de decir lo mal que estamos, como la señora del videoclip de “Ojete Calor” al principio de la canción “Qué bien tan mal”, que le cuenta con gusto a alguien al otro lado del teléfono que los análisis le han dado “todo mal”, nosotros, los quejicas, buscamos otros blancos recurrentes. La decadencia de una ciudad -porque un lugar siempre es decadente según el cristal con que se mire. Si no, vean “La Dolce vita” de Fellini- es la queja de ascensor por excelencia, justo después de la del mal tiempo. Y Guadalajara, la eterna ciudad dormitorio, la que ofrece casi siempre la nada, a la que le faltan vida y recursos, a la que eclipsa Madrid y no sé cuántos clichés más es el paraíso del quejica. Eso es así.  Sigue leyendo

El mono sin nombre desde 2012 del Minizoo

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Antonio Román acariciando a una de las nutrias del Minizoo. // Foto: Zoo Municipal de Guadalajara

Por Patricia Biosca
El Minizoo de Guadalajara (vale, oficialmente es el Zoo Municipal, pero yo le tengo más cariño al apodo coloquial) es como el curry: lo amas o lo odias. Cierto que huele a caca, que muchas veces está sucio, que los lobos alopécicos no tienen mucho espacio para girar y girar sobre el mismo terreno de forma enfermiza o que los pavos reales son, en ocasiones, algo violentos. Pero para mí es un lugar mágico en el que puedes buscar piñones, llegar hasta un mirador de aves en el que deleitarte a la vez con la vega del Henares y un “bellísimo” polígono industrial, observar el cabreo de los monos a través de un cristal o viajar a los ochenta, que se han quedado congelados en los carteles verdes y amarillos que no pierden color ni aunque les dé un sol de justicia.

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