El diferido de las elecciones en Guadalajara

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Emiliano García Page celebrando la victoria con un sonriente Bono a su izquierda. // Foto: La Cerca

Por Patricia Biosca

Por si no lo saben, hay veces que los periodistas nos dejamos textos preparados a falta de poner el último párrafo con la incógnita central de la historia. Si hacemos la crónica de un concierto, buscamos playlist de anteriores citas con el artista o frases de canciones que nos puedan servir para hilar el artículo; cuando se cubren actos institucionales en los que hay un riguroso horario y en la que solo en el caso de que que una de las personalidades se diera de bruces contra el suelo o que algún invitado acudiera vestido como el payaso de “It” dando volteretas, podría llevar al traste el calendario; incluso todas las redacciones guardan una carpeta con los obituarios de gente que aún está viva, pero de la que todos sospechamos que por poco tiempo -no se escandalicen, que luego bien que quieren leer las noticias según ocurren-. Cada maestrillo con su librillo, que dirían. Pues bien, este artículo será algo parecido, pero haciéndoles partícipes a todos del momento exacto en el que fueron escritos los párrafos. Porque ahora mismo son las 18.39 horas del domingo y no tengo ni idea del resultado de las próximas horas, decisivas para tantos españoles. Bienvenidos a lo que acabo de bautizar como “experimento bioscalectoral”. Sigue leyendo

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El debate a seis: “Juego de tronos” alcarreño

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De izquierda a derecha, Antonio de Miguel (Vox), José Morales (UP), Antonio Román (PP), Rosa San Millán (moderadora), Alberto Rojo (PSOE), Rafael Pérez Borda (CS) y Jorge Riendas (AIKE). // Imagen: Guadalajara Media (Twitter)

Por Patricia Biosca

Llegué al debate local “Like a virgin”, que diría Madona en sus tiempos de pechos picudos. Pongo la televisión hastiada de las generales: después del empacho del 28A, el 25M me da tanta pereza como la alarma del despertador por la mañana -a pesar de esta frase sea  políticamente incorrecta y más aún viniendo de una periodista-. Me agarro a una pizca de curiosidad y sintonizo Guadalajara Media. A las 20 horas exactas saluda una impecable -y así seguirá hasta el final- Rosa San Millán, encargada de liderar el enfrentamiento cara a cara de los seis candidatos a la Alcaldía de Guadalajara. Conclusión a grandes rasgos: una película más coral de lo imaginado -a pesar de algún actor que parecía haberse equivocado de género-; con más “chicha” y debate más o menos improvisado de lo esperado; pero con un guion poco original en cuanto apuestas. Vamos, como la octava temporada de “Juego de Tronos” en versión alcarreña. Sigue leyendo

Homenaje a Gelco, lo nuestro

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Lámina con la que obsequiaban a los clientes en el antiguo hipermercado Gelco. // Foto: Forocoches

Por Patricia Biosca

SuperSol cierra el primer hipermercado que nos hizo sentirnos modernos. Cuando la tienda de barrio se quedaba pequeña, cuando los carritos con moneda eran casi cosa de magia, cuando no encontrábamos el producto que salía anunciado por la tele en el establecimiento de debajo de casa, la respuesta era pensar: “bajaré a (o “al”, depende de la familia) Gelco, que seguro que lo tienen”. Entonces, el cabeza de familia cogía el coche -que muy posiblemente luciese una pegatina en el cristal trasero con una precursora tipografía Comic Sans que rezaba “Gelco, lo nuestro”- la mujer se atusaba bien el pelo y se ponía sus segundas mejores galas y los niños intentaban buscar un hueco para sumarse a la excursión, que era lo más parecido a ir al Alcampo en la vecina Madrid que se podía hacer en Guadalajara. Y así es como el consumismo se convertía en un cohesionador familiar.

Al menos este es mi viejo recuerdo de aquel hipermercado enorme que, a la vez que yo crecía, se iba haciendo pequeño. Sin embargo, aún me es fácil rememorar la sección de pastelería, con varios metros de largo y que en poco se parecía a la tienda de chucherías del pueblo. A veces había artículos para probar gratis o te regalaban globos. Bajar a Gelco siempre era una sorpresa. Y eso que mi tío tenía la cerrajería justo al lado, por lo que podía visitar con frecuencia aquellos pasillos. Mi primo Pedro y yo nos perdíamos entre los lineales, solo mirando cajas de cereales que anhelábamos comprar, bolsas de patatas fritas que pediríamos a nuestros padres o bebidas de colorines con nombres tan exóticos como “Cherry Coke”. 

Y la influencia de aquel supermercado, que sentíamos realmente como nuestro, no quedaba solo en el momento de la compra: cada septiembre, en el desfile de carrozas de las Ferias, el más vistoso, colorido e iluminado remolque era el suyo. Coincidiendo con la vuelta al cole y la necesidad de comprar nuevos cuadernos, mochilas y lapiceros, en mi cabeza era inevitable pensar que aquel alarde con sirenas de cartón piedra o muñecos bastante cutres de Disney habían sido construidos con el material escolar que los niños no habían querido comprar.

También por esas fechas estrenaban nuevas promociones -a las que se accedía a través de unos álbumes de tediosos cupones- presumiendo de ciudad: después del enorme éxito de las pegatinas para el coche -que estaban tan cotizadas que motivaron una especie de mercado negro a su alrededor-, se lanzó una serie de láminas con imágenes típicas de la provincia y sus pueblos, desde rayos cayendo en Cabanillas del Campo hasta fotos antiguas de romerías de pueblos de Molina. Entre medias, un cartón en blanco con frases como “Guadalajara, qué guapa es”, que calaron a la altura del superhit “Guadalajara no solo está en Jalisco” -y que creo que bebió de aquella campaña amateur e inocente de la que aún muchos guardamos sus restos-. Un hipermercado, con sus estanterías matemáticamente apiladas, sus filas de productos perfectamente delimitados, sus cajeras realizando gestos mecánicos al pasar la compra por el escáner, convertido en uno de los modelos comerciales más impersonales no solo de España, sino del mundo entero (el esquema de carrito-paseo-cinta registradora-bolsa de plástico se repite en los cinco continentes) consiguió que una ciudad lo sintiera como propio y especial.

Pero no fue suficiente. La llegada de otros gigantes con escaleras mecánicas, nombres vascos y valencianos, tiendas de mascotas, ofertas con marcas blancas que ganaban respeto y, finalmente, gigantescos centros comerciales, fueron eclipsando a nuestro Gelco, que dejó de regalar láminas. Y acabó perdiendo también el nombre, en pos de la ambiciosa cadena SuperDiplo -que luego cambiaría de manos tantas veces que es difícil seguir el rastro-. Así es como fue primero Hiperdino y, tiempo después, Supersol, nomeclaturas que ya no tenían la misma música al ser pronunciadas. Los pasillos hacían recordar la gloria de antaño a pesar de la nueva imagen, pero la competencia surgió alrededor como setas, llegando marcas internacionales que tenían ofertas mucho más suculentas que unas pegatinas, cada vez menos visibles en el parque automovilístico de la ciudad, que se renovaba a la misma velocidad que los bancos daban créditos y crecía el ladrillo por doquier: a la de Usain Bolt.

Aún así, aguantó el tirón, e incluso nos dio trabajo a nuestra generación durante los primeros veranos con mayoría de edad. Pero todos sabíamos que aquello era la crónica de una muerte anunciada, porque la gente más joven ni siquiera sabe qué es Gelco o lo que significó para toda una ciudad de provincias que tenía un poco de complejo si miraba unos kilómetros más allá en la A2. En los próximos meses, una treintena de trabajadores, la mayoría mujeres, se quedan sin trabajo, una pena mucho más urgente que la nostalgia. Aún así, un cachito de todos aquellos que contamos por la calle aquellas pegatinas también termina con el cierre de aquel hipermercado que nos hizo sentir unos modernos.

 

Kiko Rivera y los 50 guadalajareños

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Diferentes perspectivas del concierto de Kiko Rivera el pasado sábado. Arriba, la imagen que difundió el artista en sus redes sociales; abajo, la publicada por algunos usuarios de Twitter. // Foto: Kiko Rivera / La Crónica, Instagram / Twitter

Por Patricia Biosca

Mi princesa eres tú / La que aparece en mis sueños / Linda piel morada / Que despiertas pasión”. Estos cuidados versos en los que se habla de una “chica mulata” -por si lo de “piel morada” ha despistado a alguno pensando que trataban sobre la película Rocky o de los reptilianos- son de Kiko Rivera (Breve biografía: el artista antes conocido como Paquirrín, hijo del torero Paquirri e Isabel Pantoja). Su espectáculo fue el encargado de llenar el inmenso vacío dejado por el festival “I love 90’s” -con los cabeza de cartel Chimo Bayo y Rebecca, la de “Duro de pelar”-, que canceló por misteriosos “motivos técnicos de fuerza mayor”. Y por si al cóctel base le faltaba una pizca de surrealismo, llegó un playback defectuoso, diez chavalas en el escenario intentando cantar sin saberse una balada del dj, cantante, concursante y “mi pequeño del alma” delante de un aforo casi vacío y Telecinco. Y esta historia con la que a servidora se le hace la boca agua ocurrió el pasado sábado en Guadalajara. ¿Alguien da más?

Todo comenzó hace unos meses. El Ayuntamiento presentaba el cartel “más ambicioso desde 2008” de “Música en primavera”, lo que antes se conocía como “La Semana de la Música de Guadalajara”. Cantajuegos y espectáculos familiares para niños y padres resignados; Manolo García, Los Secretos o Love of Lesbian venían a contentar a los grupos “selectos”; y OBK, Chimo y sus secuaces a los que añoraban los ritmos machacones de los noventa -principios, medios y finales, para que nadie se sintiese desplazado-. Se vendió el espectáculo “I love 90’s: Viva la fiesta” como un revival en toda regla con entidad propia.

Poco importaba que la semana siguiente se celebrase en el antiguo Palacio de Deportes de Madrid un evento del mismo corte (y mismo promotor) pero con artistas internacionales noventeros y rompepistas como los injustamente (o no) olvidados Vengaboys – “boom boom boom boom I want you in my room” está a la altura de los versos de Kiko, sin lugar a dudas- y que repitiese el inmortal Chimo Bayo y el incombustible Paco Pil. Ni tampoco que el primer fin de semana de mayo fueran fiestas en la mitad de la provincia y que Marchamalo consiguiese a la Orquesta Panorama -como meses antes lo hizo Almoguera. Respect- y Cabanillas a los Trogloditas. La cosa estaba tan segura (o no) que incluso se invirtió en anuncios en radiofórmulas en las que la palabra sale al precio del salmón: se puede, pero hay que hacer el esfuerzo.

La noticia bomba llegaba a tan solo seis días del evento: se suspendía por causas de fuerza mayor de carácter técnico, aunque no se especificaba cuáles. Aún así, el Ayuntamiento aseveraba que ya se encontraba en negociaciones para suplir este concierto con una oferta parecida. Y qué mejor que el hijo de una de las tonadilleras más laureadas de los “noventa hasta hoy” (por seguir con la coña de las radiofórmulas) y el hermano de Juan Magán -que estuvo hace apenas dos semanas en el mismo escenario aunque con mucho más éxito de público, según afirmó el Consistorio-. Todo queda en familia de artistas -no, no era un error de cartel: Víctor Magán existe y también se dedica a la industria musical y canta cosas como “Mami, no me la pongas en China / piña / guineo (que es como se dice al plátano en  República Dominicana, pero este barcelonés es muy internacional) / melón / mandarina” (solo esta canción me da para todo un post, pero me voy a moderar. Si tienen tiempo para procrastinar, no duden en escuchar sus delicadas rimas).

Y, como era de esperar -y seguramente se olieron los promotores de “I love 90’s”- poca alma fue al recinto ferial, ni aunque fuera un evento gratuito. Kiko Rivera a los platos en una carpa vacía recordaba a los momentos finales de una discoteca móvil entre semana de las ferias, muy lejos del ambiente verbenero registrado en muchos otros puntos de la provincia. Ni Paquirrí Junior (uno de ellos, porque recordemos que el torero puso su mismo nombre a dos de sus hijos) saltando entre el público, ni sentándose al borde del escenario para ponerse íntimo, ni sacando a diez chicas a cantar una balada que ninguna se sabía. Ni siquiera el playback acompañó, jugándole algunas malas pasadas en las que se escuchaba su verdadera voz de tenor.

Lo siento, mi cabeza no está al 100%”, se excusaba el artista que apenas acaba de salir de un reality, a ver si por la rama televisiva podía agarrar algo de épica sabiendo que las redes sociales mueven montañas. Y así ocurrió: al día siguiente, Telecinco se hacía eco de su concierto “fail”, dándole unos minutos de gloria, asegurando que uno de los escasos asistentes había informado a un programa de “chumeteo” de que “no cantaba del todo bien”. Con Chimo Bayo y Rebecca esto no hubiese pasado. ¿O sí?

La resaca de la fiesta de la democracia

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Pedro Sánchezen el balcón de la sede del PSOE en Ferraz. //Foto: David Castro – El Periódico

Por Patricia Biosca

Andaba el viernes por la calle mayor a primera hora de la noche cuando un grupo de unos cinco chavales que seguramente no superaban la veintena subían los adoquines. Con la misma actitud chulesca que la panda de “Reservoir dogs”, pero ataviados con sudaderas de capucha (puesta) y barbas pulcramente recortadas, portaban banderas de España en la mano. El que se podría calificar de líder -iba con la barbilla casi mirando al cielo mientras escrutaba la cara de todo aquel que pasaba cerca- portaba el plástico de tamaño A3 en el bolsillo trasero del pantalón, en una clara actitud desafiante, como si ese símbolo fuese una pistola. A su lado, aunque un poco más rezagado que el resto, estaba otro de los chicos. Pero su actitud era muy diferente: cabeza gacha y banderita arrugada en la mano, la sensación era más parecida a la vergüenza. Dos actitudes diferentes ante la fiesta de la democracia, aunque seguramente en la práctica significaran lo mismo. Sigue leyendo

La cárcel y yo

Entrada principal de la cárcel de Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid (El Hexágono)

Entrada principal de la cárcel de Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid (El Hexágono)

Por Patricia Biosca

Mi vida siempre ha girado en torno a sus muros. Casi me sé de memoria cada torre, cada entrada, cada patio. La he visto desde el lado izquierdo mientras subía por la calle Amparo. He bebido calimocho en el parque de su derecha antes de entrar a los conciertos del viejo auditorio. He recorrido sus muros de camino al local de la peña decenas de veces. He tenido la discusión más loca de mi vida en uno de los bancos que rozan sus piedras. También he tenido la suerte de contemplarla desde arriba, en una vista privilegiada desde el balcón de mi tía, donde más claro aprecié primero su grandeza y después su decadencia. ¿Y ahora, cuál es tu futuro, mi querida cárcel? Sigue leyendo

Yo confieso

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Justin Bieber en posición de rezo. // Foto: Acontecercristiano.net

Por Patricia Biosca

Quiero confesarme, madre, porque he pecado. Necesito contar que tengo muchos placeres culpables: cuando estoy sola delante de un espejo, me pongo a posar en plan modelo, no lo puedo evitar. El último disco de Justin Bieber me encantó  y me lo pongo algunas noches para echarme unos bailes que nunca me atrevería a mostrar en público o para cantarlo a grito pelado cuando voy en el coche. También disfruto durante horas tragándome videoclips de canciones del verano protagonizados por artistas de la talla de Chenoa, Sonia y Selena, la poco reconocida Loona y su himno “Baila mi ritmo”, entre otros. Y esos días en los que procrastino por las redes sociales, me es imposible no leerme decenas (llegaría incluso a atreverme a decir cientos) de comentarios en las noticias acaecidas en nuestra provincia. Las de índole nacional no me atraen tanto como un buen “salseo” local. Me gusta tanto que pagaría un Netflix que me pusiera un comentario detrás de otro a modo de video, permitiéndome no poner un dedo en el teclado y degustar kilos de palomitas en el proceso. Perdóneme, madre -que es quien me lee-. Sigue leyendo