Tiros al aire

Por David Sierra

Lo esperaba como agua de mayo. Patear los sembrados y barbechos escopeta al hombro para celebrar el Día del Señor con disparos al aire. Lo había mamado desde la juventud como una de las herencias de su padre mejor consideradas. Botas camperas para la ocasión y ropa de camuflaje, que bien podría servir para volver a hacer el servicio militar. El madrugón, que tampoco es tanto, está justificado cuando el desayuno es de tasca, con café, porras y churros. Hay tradiciones que no se pierden.

Horas de caminata aguardan. Siempre la misma ruta, las mismas sendas, los mismos parajes, donde la baza de la sorpresa ya no se juega ni el primer día de la apertura de la veda. Desde hace ya unos cuantos años, ese gusanillo en el cuerpo que aparece cuando algo emociona o es muy esperado se ha convertido en apenas un hormigueo, que desaparece cuando los pasos caminados no tienen la tregua de un apretón de gatillo. Y eso sucede cada vez más a menudo.

cazadorSe quejan los cazadores de nuestros pueblos de la conversión de los campos en tierras inertes. Sin la vida que les otorgaba la fauna animal sobre la que antaño apuntaban sin miramientos y con descaro. Y, en parte, razón tienen. Porque los ecosistemas de estas zonas han cambiado. Se han modificado en favor de unos intereses cuyas consecuencias han sufrido otros. Bajo el silencio administrativo y social que únicamente trasciende al final de la jornada cuando se hace la recapitulación de la nada a pie de cerveza y almuerzo sobre la barra.

Hace tiempo, achacaban esas ausencias de sonidos de perdices, de saltos de conejos y carreras de liebres a la proliferación de alimañas “que se comen nuestra caza” decían. Ahora, cuando ya ni eso se avistan, las miradas han puesto el foco en otras variables quizá mejor fundamentadas. El uso en la agricultura de cada vez un mayor número de sustancias herbicidas y plaguicidas podría intervenir de una manera trascendental en la reducción de estas especies en algunas zonas de la provincia. “Como se cura tanto el campo con muchos herbicidas y venenos y los animales también comen, eso no puede ser bueno y les puede afectar a la reproducción. Dicen que afecta sobre todo a las hembras que dejan de criar” apuntaba para un medio local un cazador de Cañizar. Y en esa dirección se han publicado diversos trabajos de investigación que subrayan ya desde los años ochenta que el consumo de semillas por parte de aves como la perdiz había pasado de sustentarse en plantas silvestres (casi un 49% de su dieta en 1981 a un 14% en 2014) a semillas para el cultivo tratadas químicamente con fungicidas e insecticidas y tóxicas para estas aves. Otro estudio del IREC (Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos), indicaba que muchas semillas de siembra quedan sin enterrar en la superficie de los campos, con lo que una perdiz puede ingerir una dosis letal con tan solo alimentarse del grano disponible en seis metros cuadrados.

La observación siempre ha sido una cualidad propia del sosiego que ofrece el entorno rural. Que los alrededores de la conocida como rotonda de la Bicicleta en Guadalajara estén infectados de conejos y, sin embargo, en los campos cultivados de Taracena, al otro lado de la autovía de la Ronda Norte, apenas se dejen ver da pie a que teorías como la anteriormente mencionada ofrezcan esa causalidad.

Razonamientos que también explican la proliferación de enfermedades que han reducido de manera considerable las poblaciones de conejos y liebres en buena parte de nuestro territorio. Un ejemplo lo encontramos en la liebre, que ha experimentado una preocupante disminución poblacional en comunidades autónomas donde era muy prolífica como la castellano manchega y en el último decenio esas poblaciones han descendido en torno a un 30 por ciento en toda la península, atendiendo a las estadísticas de capturas que manejan las asociaciones cinegéticas. Las causas de este descenso poblacional de la liebre no sólo radica en los cambios climatológicos que, obviamente afectan a la reproducción de estos animales, sino también a los sistemas y la gestión de los cultivos que, de algún modo, les ha vuelto más vulnerables y sensibles a contraer enfermedades de origen parasitario, vírico o bacteriano. La última de ellas ha sido la mixomatosis, que hasta la fecha era exclusiva de conejos y ahora se ha trasladado también a la liebre ibérica, habiéndose expandido ya la enfermedad por doce provincias obligando a la Federación Española de Caza a suspender la apertura de la veda de liebres.

Epidemias como ésta echan al traste las iniciativas que las asociaciones de caza impulsan para favorecer el sostenimiento poblacional de estos animales, tal como la implantación de cuotas, la instalación de bebederos y comederos o la reducción del periodo cinegético. A solventar el problema tampoco ayuda que muchos de los cazadores de estos espacios sean a su vez agricultores que otorgan prioridad a los beneficios de sus cultivos por encima de las especies que conviven en ellos.

La actividad cinegética está en crisis. Lo manifiesta el descenso paulatino en el número de licencias y la desconexión cada vez más grande que tiene con las nuevas generaciones. Sin embargo, este hecho no ha propiciado que mejoren las poblaciones de las especies cinegéticas menores. Quizá haya llegado el momento de que la apuesta por la agricultura sostenible deje de dar tiros al aire y comience a recibir los incentivos que merece para convertirse en uno de los pilares que pueda hacer resurgir el medio rural y todo lo que concierne.