Los ‘gatillazos’ del Moderno

Narradores orales a las puertas del Moderno, hace dos años. // Foto: R.M.

Narradores orales a las puertas del Moderno, hace dos años. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

El próximo Festival de Narración Oral, una de las citas más señaladas del Maratón de los Cuentos de cada año, volverá de nuevo al Teatro Moderno. Es una excelente noticia, porque los narradores profesionales, en general, y los alcarreños como Pep Bruno y Estrella Ortiz, en particular, batallaron duro para reabrir las puertas del teatro, cerradas por la Consejería de Cultura en el verano de 2012. Sigue leyendo

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Una de zombis

Una imagen de la exitosa serie The Walking Dead.// Foto: Internet

Una imagen de la exitosa serie The Walking Dead.// Foto: Internet

Por Ana María Ruiz

Con motivo de la víspera de Todos los Santos, a lo largo y ancho de toda la provincia fueron muchos los que ayer celebraron la denominada “noche de Halloween”. Esta Noche de Brujas importada de la cultura anglosajona se convierte en la excusa perfecta para que los aficionados al disfraz y al maquillaje sangriento desplieguen toda su imaginación. En toda buena fiesta de Halloween no pueden faltar los zombis, esos muertos vivientes que vagan por las calles sin rumbo fijo, desorientados, que regresan al mundo de los vivos reanimados por arte de brujería y que tienen su voluntad totalmente dominada. Si se celebrase un Concurso Nacional de Zombis, Guadalajara se llevaría a buen seguro el primer premio, con reconocimiento “cum laude” incluido. Y por qué, se preguntarán ustedes. Pues la respuesta es sencilla. Con todos mis respetos a mis conciudadanos, los habitantes de esta ciudad y de su provincia andamos siempre como zombis, atontados, sin capacidad de reacción ante cualquier abuso que nuestras administraciones cometan contra nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestro patrimonio, nuestros pueblos o nuestro bolsillo. Somos incapaces de movilizarnos, de unirnos y salir a la calle a protestar aunque nos estén pisoteando los derechos más básicos y elementales.

En todos mis años como periodista y testigo directo de las movilizaciones que se han llevado a cabo en Guadalajara, son contadas las ocasiones en las que la ciudadanía ha respondido de forma masiva a una protesta colectiva. Recuerdo como algunas de las más numerosas la multitudinaria la manifestación convocada en 1997 con motivo del asesinato del concejal de Partido Popular de Ermua, Miguel Ángel Blanco, en la que más de 15.000 personas abarrotaron el centro de la capital para condenar la barbarie de la banda terrorista ETA. Otras de las más numerosas fueron las que se produjeron por los cierres de Carrier, Magnetti Marelli y Avicu, en 1999 y 2008 respectivamente, en las que la ciudad se volcó con los miles de trabajadores que estas empresas dejaron de patitas en la calle. Y más recientemente, en 2010, la celebrada contra la instalación del ATC de residuos nucleares en la localidad de Yebra, que fue un éxito rotundo.

Calladitos. Que nos modifican las líneas de autobuses en la capital con un servicio pésimo y lleno de carencias, los guadalajareños recogemos cuatro firmas y nos quedamos calladitos. Que se nos llevan el agua a Murcia y aprueban un Plan Hidrológico que seca nuestros pantanos, los guadalajareños agachamos la cabeza. Que nos cierran las urgencias en la provincia o las camas del Hospital y nos obligan a aparcar en auténticos barrizales o a pagar un aparcamiento privado, los guadalajareños nos conformamos. Que nos recortan profesores en la enseñanza pública y nos obligan a pagar por los libros de texto, los guadalajareños no nos quejamos. Que nos quieren cobrar por entrar al Palacio del Infantado mientras otros lo usan cual cortijo de señoritos andaluces, los guadalajareños a tragar. Que nos cierran el Teatro Moderno, los guadalajareños a morderse la lengua. Que nos suben el IBI más de un 20 por ciento o que el Gobierno regional tiene que cumplir una sentencia millonaria por readmitir a unos interinos que despidió hace dos años, los guadalajareños chitón. Que se nos quema la provincia en verano por los recortes en el Servicio de Prevención de Incendios, los guadalajareños guardan silencio.

Y no hablemos ya de las protestas laborales. Hace años Guadalajara encabezaba la lista regional de manifestaciones, concentraciones, encierros de delegados, etc. Hoy en día, los sindicatos han perdido totalmente su capacidad de convocatoria y ni siquiera el 1 de Mayo, la fiesta de los trabajadores por excelencia, logran congregar a algunas decenas de personas –la mayor parte afiliados “obligados” a acudir a esta cita- en un acto que en estos tiempos de crisis y abusos empresariales debería sacar a la calle a miles de personas.

Crear conciencia. Ante este panorama tan desilusionante son un soplo de aire fresco y de esperanza algunos movimientos ciudadanos que no se resignan a formar parte de esa horda de zombis que pululan por Guadalajara. Se trata de colectivos contestatarios, reivindicativos y luchadores que, a cambio de nada, crean plataformas o asociaciones que aglutinan a los descontentos y que toman las calles de forma pacífica para crear conciencia, demostrando además un gran poder de convocatoria. Pero, lamentablemente, también se cuentan con los dedos de la mano. Ahí están asociaciones como los Amigos del Moderno, con su original ciclo “En la puñetera calle” para protestar por el cierre del Teatro Moderno; el movimiento La Otra Guadalajara, una iniciativa ciudadana para el desarrollo y la defensa de la comarca de Molina de Aragón; o la Asociación Castillo de Galve que reivindica la rehabilitación del castillo de la localidad de Galve de Sorbe.

Es realmente desolador que los guadalajareños no seamos capaces de unirnos para casi nada si exceptuamos, eso sí, las citas festivas. Me gustaría ver la Plaza Mayor y las calles llenas de gente no sólo en el Chupinazo de Ferias, la Cabalgata de Reyes, las verbenas o las actividades gratuitas, sino también en aquellas ocasiones en las que es necesario reclamar y defender lo que es de todos: sanidad, cultura, educación, empleo,… No nos podemos conformar. No debemos callarnos. Tenemos que dejarnos ver y hacernos oír. Y ojo, que no estoy llamando a la desobediencia civil ni pretendo que Guadalajara se convierta en la capital de la pancarta,el megáfono y la cacerola. Estoy hablando de crear conciencia de ciudad, de provincia, de territorio, de población cohesionada. De otra forma se lo estamos poniendo muy fácil a quienes nos gobiernan. Un rebaño manso es muy fácil de manejar. Como los zombis.

La manifestación por el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997, congregó a más de 15.000 personas en las calles de la ciudad, //Foto: Archivo NOTICIAS DE GUADALAJARA

La manifestación por el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997, congregó a más de 15.000 personas en las calles de la ciudad. //Foto: Archivo NOTICIAS DE GUADALAJARA

 

La Plaza del Concejo

Asamblea de Ganemos Guadalajara en la Plaza del Concejo, el jueves pasado. // Foto: Twitter de Ganemos Guadalajara.

Asamblea, el jueves pasado en la Plaza del Concejo, de la iniciativa política surgida este verano.  // Foto: Twitter Ganemos Guadalajara.

Por Rubén Madrid

Si un marciano o un murciano se dejasen caer en Guadalajara por la plaza del Concejo tal vez viesen únicamente una placita con escaleras, algunos arbustos, una zapatería… y poco más. Resulta un apéndice caprichoso del caótico urbanismo del centro, desprovisto de sus históricos monumentos –de los que apenas queda el testimonial Arco de San Gil-, situado a la sombra de ese oscuro engendro que es el edificio negro del Cívico, un gigante con pies de barro que convocaría más aplausos que lamentos si acabase por doblar las rodillas.

A sólo unos pasos de la Plaza Mayor, que impone su peso en el nombre, la fisonomía y la presencia de la casa consistorial, la Plaza del Concejo es, en cambio, como esos patios traseros de las comunidades de vecinos que, ocultos a la vista, apenas sirven para tender la ropa y almacenar cuatro trastos viejos. Es una plazuela vulgar. Poca cosa, dirá ese marciano o ese murciano. Pero lo dirá porque no está sabiendo ver.

Veamos, pues.

Original de un acta de una sesión del Concejo de Guadalajara en 1454. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara.

Acta de una sesión del Concejo en 1454. // Foto: Ayto. de Guadalajara.

Con historia. Hay algo que evidentemente no se ve, que es la historia. Y para eso están las estatuas. En nuestra Plaza del Concejo no hay ninguna efigie, ningún monolito ni un triste símbolo que recuerde la importancia que tuvo este lugar como punto de reuniones del concejo medieval, una institución que, frente a una más rancia lectura como residuo de la política feudal, podemos buscarle otra mucho más interesante como remoto presagio del municipalismo que tenemos en democracia.

Quisiera no equivocarme al ver el concejo medieval como lo más parecido a la sociedad civil que podía haber en la Guadalajara del siglo XV. Según relatan nuestros historiadores, sus reuniones al aire libre eran sesiones abiertas (al menos en sus primeros tiempos) a nobles y vecinos que pagaban impuestos y que –no había Twitter ni WhatsApp– eran convocados por el tañido de las campanas de la iglesia de San Gil. Eligieron regidores, pero también decidieron sobre asuntos tan variados como arreglos en las calles, los detalles de celebraciones tan destacadas como la boda de Felipe II o el encargo de gigantes para las comparsas del Corpus Christi.

Sustituido más tarde este concejo por reuniones bajo techo en una casa consistorial ya construida, la institución medieval apenas es recordada ya en los libros de historia y en el nombre de este cruce de caminos donde en su día tuvo la sede, la antes llamada la Plazuela de San Gil. Pero resulta interesante la carga simbólica del relato histórico.

El alcalde y el edil Carnicero, en una reciente visita a las obras de Dávalos. // Foto: Ayto. de Guadalajara.

El alcalde y Carnicero, en una visita a las obras de Dávalos. // Foto: Ayto. de Guadalajara.

Sin remodelación. Aparte de la remodelación de la antigua carretera de Barcelona en el rebautizado pomposamente como Eje Cultural, el equipo de Gobierno ha invertido desde 2009 más de 1,3 millones de euros en las reformas del casco antiguo, que se ha extendido por todo el eje principal de la Calle Mayor y Miguel Fluiters, por varias calles próximas y en la muy necesitada Plaza de Dávalos. Por cierto, cualquiera que pase por allí ya puede hacerse una idea bastante definida del resultado de esta última acometida, con una configuración escalonada que está siendo muy comentada: aquello se va a convertir en el paraíso de los monopatinadores y le auguramos un futuro glorioso al ‘skate’ alcarreño.

El caso es que el Plan de Reforma Integral del Casco Histórico deja fuera de sus 8.300 metros cuadrados de superficie afectada a la Plaza del Concejo. Es una decisión que resulta insólita: ante una planificación tan ambiciosa, este rinconcito ha sido obviado, olvidado o marginado. Y seguramente no haya otra oportunidad similar para meterle mano. Tal vez el Ayuntamiento haya considerado que no había una necesidad imperiosa, como en Dávalos, aunque parece que el concejal de Obras llegó a barajar, más en privado que en público, algunos arreglos con las mejoras que ofertase la empresa adjudicataria de las obras en Miguel Fluiters; tal vez desde el Consistorio consideren que su aspecto actual no desentona en exceso con los nuevos brillos del resto de las obras, al tratarse de un rincón ciertamente arrinconado y poco expuesto a la vista de vecinos y forasteros, incluyendo murcianos y marcianos.

Los nuevos tiempos. A pesar de que toda la carga histórica del enclave haya quedado reducida a la placa que da nombre a la plaza y pese a la confirmación de la condena a las ausencias también en las partidas presupuestarias, la plaza del Concejo ha resucitado. Y lo ha hecho con todo el vigor de su naturaleza, que es ciudadana.

En los últimos días ha sido muy compartida en redes sociales esta estampa antigua de la zona del Cívico, con la iglesia de San Gil al fondo. // Foto: fototeca de Patrimonio Histórico.

En los últimos días ha sido muy compartida en las redes sociales esta antigua estampa de la zona del Cívico, con la iglesia de San Gil al fondo. // Fototeca de Patrimonio Histórico.

Dos de los principales movimientos sociales surgidos en los dos últimos años han tenido su origen precisamente en la Plaza del Concejo. Cuando en el verano de 2012 la Consejería de Cultura cerró el Teatro Moderno, un grupo de artistas y amantes de la cultura se reunió allí para poner en marcha una plataforma de oposición a esta decisión que tiempo después cristalizaba como Amigos del Moderno, la asociación cultural con más socios (supera los 400) que hay actualmente en la ciudad.

Este último verano, en pleno mes de julio, IU convocó una asamblea ciudadana en el mismo lugar para poner en marcha un proceso de convergencia entre partidos políticos y movimientos sociales con el objetivo de estudiar la opción de configurar una candidatura para las elecciones de mayo próximo. La propuesta ha tomado forma después de varias reuniones allí mismo y de una asamblea que reunió la semana pasada a casi un centenar de personas en la plaza. Ganemos Guadalajara, una iniciativa por otra parte similar a las que proliferan por todo el país, ha tenido el oportunismo de obrar su bautismo de fuego en este lugar emblemático. Si algún día llegase a ser importante, Ganemos Guadalajara tendría en la Plaza del Concejo algo así como el escenario de su mito fundacional.

Integrantes de los grupos de trabajo de la asamblea de Ganemos colgaron las propuestas de sus debates. // Foto: R.M. (El Hexágono).

Integrantes de los grupos de trabajo de la asamblea de Ganemos colgaron las propuestas de sus debates. // Foto: R.M. (El Hexágono).

Desconozco si la búsqueda de este punto del callejero para el nacimiento de la iniciativa ha sido intencionada. Pero, historia (tan intangible) al margen, decíamos al principio que tal vez el murciano o el marciano no hayan sabido mirar la verdadera particularidad de esta plaza, que radica en un aspecto muy operativo: allí uno puede sentarse. Y en verano, además, hay sombra.

A diferencia de lo que ocurre en las plazas de la concatedral de Santa María, en el Jardinillo o incluso en la propia Plaza Mayor, cuyas remodelaciones arrasan con todo para crear superficies abiertas, poco habitables y sepultadas en cemento, esta otra plazuela mantiene la vieja estética y resulta ideal para convocar asambleas y dividir a los participantes en grupos de debate y comisiones de trabajo que luego ponen sus conclusiones en común. La Plaza del Concejo es ideal para el ejercicio de la política horizontal en plena calle. De un modo tal vez muy similar al que hacían los antiguos vecinos del concejo medieval. Así que, al César lo que es del César: hay que agradecer que la estrategia urbanística de Carnicero haya librado a esta plaza de las piquetas.

Nota a pie de página: El periódico Nueva Alcarria celebró ayer martes sus 75 años de trayectoria. El acto contó con suficientes respaldos por parte de las autoridades invitadas para soplar las velas. No está de más que quienes estamos menos preocupados por la imagen corporativa de las cabeceras recordemos que algunos colegas que allí curran están acumulando importantes retrasos en los pagos y que 18 trabajadores fueron despedidos de allí hace dos años y medio sin que la dirección haya cumplido con el acuerdo de pagar en dos tiempos las nóminas pendientes y los finiquitos (en total, me dicen, unos 400.000 euros). Nueva Alcarria, que sigue haciendo negocio en los quioscos y en el mercado publicitario, está de fiesta; los demás pagaremos sus deudas a través del Fogasa, espero -por el bien de los compañeros- que más pronto que tarde. Ánimo a los compañeros.

La vitamina M

Una ilustradora, en el Infantado durante el maratón. // Foto: Dossier de prensa del maratón de Cuentos 2013.

Una ilustradora, en el Infantado durante el maratón. // Foto: Dossier de prensa del maratón de Cuentos 2013.

Por Rubén Madrid

El Maratón de Cuentos ya está a la vuelta de la esquina. Llega, como cada año, con su vitamina M, el particular reconstituyente en nuestras vidas arriacenses que nos aporta una dosis extraordinaria de fabulación y la cantidad necesaria de ilusión en sangre para recibir el verano. Porque lo que este acontecimiento ha logrado en poco más de veinte años se escapa al entendimiento por su originalidad, su participación, su  seguimiento, su beneficio para el turismo o su propia capacidad para poner patas arriba la ciudad…

Tal vez por eso llame tanto la atención la falta de apoyos, que tantas veces hemos denunciado. Que se repartan al por mayor declaraciones de interés turístico provincial sin que el maratón todavía lo tenga, que el señor consejero Marcial Marín vaya a completar su mandato –y quizás abandone el cargo: tanta paz lleve como descanso deje– sin haber contado un solo cuento en Guadalajara, que los toros y la cetrería sean bien cultural inmaterial mientras la narrativa oral pasa de largo, que Nogueroles no reserve plaza fija en primera fila durante todo el fin de semana en el Infantado… El desprecio se vuelve sobre quienes precisamente intentan observar con tanta indiferencia un evento que les sobrepasa en altura y que les sobrevivirá como concejales o como consejeros. Los verdaderos apoyos se ven después: Bris continúa acudiendo cada año a la cita.

Pero no vengo aquí a hablar únicamente del Maratón –que tendrá quien le escriba estos días en este mismo espacio–, sino de su vitamina. Y esa vitamina no es exclusiva de este evento que, sin embargo, nos la dosifica desde hace ya más de veinte años. La vitamina del Maratón, su carácter alegre y revitalizador, su capacidad para anunciarnos el solsticio con la palabra… conecta con una forma de vivir en comunidad que tiene la virtud de identificarnos plenamente con el lugar en el que vivimos porque hace de nuestro pequeño mundo un lugar mejor. Pocas veces como estos días muchos sentimos la ciudad tan acogedora y tan propia, tan habitable, como durante este fin de semana de junio.

Última sesión de Amigos del Moderno a las puertas del teatro. // Foto: R.M.

Última sesión de Amigos del Moderno a las puertas del teatro. // Foto: R.M.

Y este espíritu que premia la cooperación y que sitúa a cada vecino en su verdadero contexto, la comunidad, se descubre cada vez más en otros ambientes y en más momentos del año, con gentes dispuestas a hacer causa común, con gentes a las que les encanta “hacer la calle”. Y quisiera ver en eso un cambio de mentalidad precisamente en mitad de esta tormenta en que se nos ha convertido la crisis. Y así, frente al paso que marcan los cabestros hacia un destino tozudo, hay quienes entienden la vida en comunidad como una oportunidad única –eso es la vida– de compartir y cooperar –y eso es vivir en comunidad– con un objetivo compartido más allá de un balance de resultados. Frente a quienes elevan a los altares de la excepcionalidad política a tecnócratas de la Transición o a príncipes de ocasión están quienes devuelven al ciudadano al centro de la plaza pública, que es donde le pusieron los griegos, aunque ahora hayan dejado de ser clásicos para resultarnos arcaicos.

También en Guadalajara están quienes abren círculos en vez de cerrar filas, quienes fundan nuevas formas de pensamiento y actuación –el Rincón Lento, quién lo diría, ha cumplido ya cinco años–, quienes se ganan los aplausos a pulso en un escenario callejero (bien, siempre, por Amigos del Moderno), quienes defienden el suministro de la vacuna de la hepatitis C en esta España que ha gastado ya más de 100.000 millones de euros en rescates bancarios… y quienes ríen por no llorar al ser blanco de la pataleta de los hombres del Ibex en la tierra que les ametrallan con aquello de terroristas, violentos, antisistema y bolivarianos, precisamente contra quienes devuelven la política de las alfombras a las aceras nada más recoger al mendigo de las puertas de la que fue su casa.

El morado está de moda. La vitamina M es también la vitamina de un color morado que se ha puesto de moda, de quienes se mueven por una causa que consideran digna en vez de esperar a que venga Dios y lo vea: quienes tuitean #justiciaparaelguadalajara con humor, indignación o resignación, pero con el sentido de la responsabilidad que da sentirse llamado a defender a un equipo que es mucho más que un proyecto presidencialista; y quienes hacen política en asamblea o quienes añaden un color más a la bandera para pedir tan elemental quimera como un referéndum. También en Guadalajara, por partida triple y más que nunca, el morado está de moda.

Seguramente son muchas las causas de que esta mentalidad abierta a la cooperación y proclive a la participación eche raíces en Guadalajara, pero a buen seguro que el Maratón de Cuentos, que ha ido haciendo cantera, tiene su parte de culpa. Porque hay una generación de jóvenes que ha crecido cada mes de junio en esta ciudad compartiendo veladas en el Infantado, contando y escuchando cuentos, dibujándolos en el maratón de la ilustración, haciendo fotos, viviendo el ambiente de las calles que ellos mismos han decorado y mostrando con orgullo a los foráneos ese milagro de los prodigios que es esta cita en la que se comparte amor al arte durante 46 horas ininterrumpidas, en un evento generoso en beneficios inmateriales que les permite presumir de cooperación y de sentido colectivo. De ser alguien no sólo por cuanto tienen sino por cuanto valen al sumar entre sí.

Estos días volveremos a creernos por derecho propio que Guadalajara es el centro del universo y quien más -implicándose de lleno- y quien menos -paseando las calles o escuchando en silencio- se acercará hasta el Infantado: para recibir, pero sobre todo para aportar, su dosis de vitamina M.