Botarga indie

 

Yélamos recuperó su botarga hace dos años después de casi siglo y medio // Foto: G. Mínguez

Yélamos recuperó su botarga hace dos años después de casi siglo y medio // Foto: G. Mínguez

Por Patricia Biosca

“Y ocurrió así. Llegaron nuevas ideas que no eran nuevas, sino recicladas. La gente moderna ya no era moderna, sino anticuada”. Así reza la canción Ser Brigada del grupo León Benavente. Una idea que en los últimos años ha dado lugar a los amados/odiados hipsters, indies y toda una serie de tribus urbanas que se caracterizan por vestir como sus padres y abuelos, rescatar la flamenca que se posa encima de la televisión “con culo” como moda in del momento o lanzar miles de tuits al aire de la red de redes cuando se muere algún cantante que hasta el momento no conocían como si fuese primo hermano. Visto así, podría decirse que todo es malo, que recuperar modas pasadas en la actualidad solo sirve para subir una foto a las redes sociales y “posturear” (palabra de novedosa acuñación que resume el fin último de la versión más popular de toda esta corriente).

Pero no. Y lo escribe alguien que también ha probado las mieles de estas nuevas modas y las disfruta como la que más. En Guadalajara existe una corriente que, dentro de este rescate de lo antiguo, corre en paralelo, más preocupada por revivir unas raíces que muchas veces se diluyen en argumentos tan conocidos como “es que estamos al lado de Madrid” como excusa ante la pérdida de identidad. Jóvenes que resucitan botargas y celebraciones antiguas en pueblos de 50 habitantes, que vuelven al pueblo de sus padres para empezar negocios desde cero relacionados con cosas tan olvidadas como árboles singulares o que llevan a escenarios internacionales la jota castellana y hacen bailar a los “gafapastas” más pintados. El renacer del indie rural, como el The Walking Dead en su versión campera pero sin vísceras, solo con la parte de la moda y la resurrección.

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