¡Recuperemos la Hispano!

Fachada principal de La Hispano S.A. // Tarjeta postal editada por Imprenta Gutenberg.

Fachada principal de La Hispano S.A. // Tarjeta postal editada por Imprenta Gutenberg.

Por Álvaro Nuño.

El Pleno del Ayuntamiento de Guadalajara aprobó en su última sesión del 31 de marzo por unanimidad de los 25 concejales solicitar a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha la declaración de la antigua factoría “Hispano-Suiza” como Bien de Interés Cultural (BIC), una figura con la que se presupone que los restos de la que fuera emblemática fábrica de Guadalajara de principios de siglo puedan ser protegidos, que evite su continuo deterioro y, como fin último, que se recuperen como patrimonio industrial e histórico de la ciudad.  La propuesta partió del grupo municipal de Ahora Guadalajara, cuyos concejales visitaron previamente los restos del viejo edificio, del que sólo queda prácticamente la fachada, y vieron esta necesidad y la idoneidad de que la ciudad recupere una parte muy importante de su historia justamente cuando se cumple un siglo de la apertura de la fábrica de motores de aviones y automóviles.

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Una joya sólo para VIP

El Monasterio de San Bartolomé está declarado Bien de Interés Cultural desde 1931.//Foto:zankyou.es

El Monasterio de San Bartolomé está declarado Bien de Interés Cultural desde 1931.//Foto:zankyou.es

Por Ana María Ruiz

Guadalajara posee numerosos encantos turísticos, tanto naturales como monumentales, que convierten a la provincia en un destino cada vez más demandado por visitantes de toda España. Sin desmerecer a ninguno, mi preferido es el Monasterio de San Bartolomé de la localidad de Lupiana, un espectacular monumento, cuna de la Orden de los Jerónimos, cuyo claustro del siglo XVI, obra de Alonso de Covarrubias, está considerado como una de las más importantes joyas del Renacimiento español. El conjunto arquitectónico goza de la declaración de Bien de Interés Cultural como Monumento Histórico Nacional desde el año 1931. Sin embargo, continúa siendo un gran desconocido tanto para los turistas como para los guadalajareños.

Reconozco que siento un cariño especial hacia este imponente edificio y, sobre todo, a su maravilloso y privilegiado entorno natural, ya que fue el escenario de los veranos de mi niñez y mi adolescencia en los que compartía risas, juegos, aventuras, trastadas y confidencias con mis hermanos y mis primos. Explorábamos aquel gran Monasterio, entonces abandonado y rodeado de enormes bosques de pinos y encinas, en los que olía a espliego, romero y tomillo. A campo, a vida. Recuerdo que en aquellos años la zona siempre estaba atestada de familias que acudían a sus praderas y a la Fuente de los Siete Caños pertrechadas con sus mantas y neveras para pasar los sábados y los domingos en un paisaje que parecía sacado de un cuento. El frondoso bosque que rodeaba al monumento ofrecía buena sombra y los arroyuelos ayudaban a sofocar el calor en verano. Había incluso una coqueta casa de guardeses al final de un pasaje cerrado por tupidos cipreses en la que grupos de scouts de Madrid solían organizar excursiones de fin de semana.

Hoy en día no queda rastro de esa casona, ni de las familias domingueras, ni de las praderas, ni del bullicio infantil. A pesar de que el bosque continúa allí, salvaje, está sumido en el más absoluto abandono.

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