Querido maestro

El maestro junto con los chicos de Cabanillas que se quedaron estudiando en la Biblioteca Municipal. // Foto: @lauripeco

El maestro junto con los chicos de Cabanillas que se quedaron estudiando en la Biblioteca Municipal. // Foto: @lauripeco

Por Patricia Biosca

Llevo la mayoría de mi vida estudiando. 25 de mis 31 años siempre tenía algún examen que aprobar, algunos apuntes que pasar, alguna clase que no me podía perder (y eso que mi debilidad por el sueño ha ganado en mucho a mi compromiso con la escuela). Conozco de primera mano casos en los que el colegio, las aulas, los libros, los profesores y/o los compañeros han sido un viacrucis bíblico, un tránsito equiparable al de Frodo y Sam de camino al Monte del Destino, un picor agudo en la espalda de esos que no resuelves si no te ayudas con algún artilugio o con una mano amiga. Sin embargo, mi experiencia no ha sido así y, aunque todo no fue un camino de rosas (maldita adolescencia, que crea inseguridades que se contagian como la gripe en invierno), en general, guardo muchas lecciones.Tuve la suerte de contar con bastantes maestros del tipo que se refleja en las películas y se suben encima de sillas para enseñar pensamientos libres; de esos cuya vocación sobrepasa el trabajo y sientes su cariño por el mero hecho de ser su alumno; aquellos cuya huella imborrable permanece en mi personalidad grabada a fuego, junto con sus costumbres y sus lecciones. Esas “doñas” y “dones” a los que a veces la inercia hacía que les llamases “papá” o “mamá”, seguida de un enrojecimiento de mejillas comparables a la lava de la montaña de Mordor. Sigue leyendo

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“¿Pero en tu pueblo hay semáforos?”

Uno de los semáforos instalados en la CM-9100 a la altura de Cabanillas del Campo. // Foto: P. B.

Uno de los semáforos instalados en la CM-9100 a la altura de Cabanillas del Campo. // Foto: P. B.

Por Patricia Biosca

Si son gente de pueblo (me valen tanto nacidos como residentes y un combo de ambos), seguramente les suene esta situación. En una gran urbe, de esas que coleccionan coches, asfalto, hormigón, gente cosmopolita y moderna y muchas lucecitas que tintinean, a alguien se le ocurre decir que pertenece a una localidad de menos de 10.000 habitantes y sin título oficial de ciudad. Al aclarar el nombre de su municipio, apunta a que pertenece a tal provincia, pongamos, Guadalajara. “Pero allí las ovejas van por medio de la calle ¿no?”, responde la otra persona que, se supone, escucha. El interlocutor -ya identificado como persona de pueblo y, por lo tanto, un “paleto”- responde un “no”, acompañado de la explicación de por qué la Edad Media dejó de llevarse en su pueblo hace siglos. “¿Pero tenéis médico?” “¿Y agua potable?” “¿No os laváis en el río?” “¿Tiráis cabras desde el campanario en las fiestas?”. El entrevistador intenta encontrar, como si fuese un arqueólogo, las huellas del pasado en el pueblo del presente. Yo, que soy de pueblo de toda la vida, siempre conseguía sortear entre indignada y divertida todos los embites de las gentes de la capital por hacerme sentir de los años en los que el charlestón triunfaba en los 40 Principales. Hasta que llegaba la pregunta: “¿Y semáforos?”. Entonces mis defensas caían como la Armada Invencible a manos del ejército inglés, porque la civilización no es tal si no tiene semáforos. Sigue leyendo

A palos y sin ruedas con el campus

Por David Sierra

Cuando con apenas una docena de años Jerónimo escuchaba los primeros cantos de sirena sobre una posible construcción de un campus universitario en Guadalajara, aún no tenía claro qué destino formativo le depararía el futuro, aunque sí se abría una ventana a que pudiera cursar aquello que más le gustara en la ciudad en la que siempre había vivido. Nada más lejos de la irrealidad, pues éste ahora estudiante de medicina viaja casi todos los días a la capital de España para cursar ese grado con idea de establecerse allí, al menos, hasta que termine su periodo universitario. Harto de los retrasos de los cercanías y de los atascos de entrada y salida a Madrid que en hora punta son imposibles de evitar en la Conti.

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Foto: lalunadealcala.com

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Julito, el alguacil

Julio Biosca se dispone a pregonar un aviso. //Foto: "¿Dónde estabas entonces?"- La Sexta

Julio Biosca se dispone a pregonar un aviso. //Foto: “¿Dónde estabas entonces?”- La Sexta

Por Patricia Biosca

Ruido estridente de trompetilla. “Por orden del señor alcalde se hace saber que el próximo día 3 de abril se celebrarán elecciones municipales en esta localidad”. Ruido estridente de trompetilla.

El corazón le pega un vuelco tras oír esta combinación de audios acompañada de una sucesión de imágenes con una mezcla de elementos que son, de hecho, familiares, y con otros que no reconoce en absoluto. Vuelve a repetir el archivo, porque no le cuadra que un pueblecito de unos 3.000 habitantes como mucho a finales de los años 70 haya sido reflejado durante algunos segundos de un programa de televisión a nivel nacional, más aún cuando una escena similar se repetía en todo el territorio español. “Mira, Patri, que sale tu tío”, le llegan mensajes al móvil. Vuelve a retomar las imágenes con el mismo caos que se refleja en estas líneas.  “Por orden del señor alcalde…

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El bando

Por David Sierra

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Suspiraba fatigado. Lo había advertido por activa y por pasiva cada verano a través de una infinidad de sistemas y mecanismos de información que superaban la imaginación humana. El más habitual, en forma de bando, no tenía ninguna atención a pesar de grapar los panfletos por todas las calles y en los lugares más insospechados. Un poste de luz, una pared, una ventana, e incluso en el tablón municipal. Es la batalla pérdida a la que hacen frente los Consistorios y que lleva a sus ediles a frecuentes disputas vecinales por tratar de hacer cumplir la ley que, en forma de ordenanzas, regulan desde hace algún tiempo la vida cotidiana de cada núcleo urbano en pro de una mejor convivencia.

Es el reclamo sobre el que los responsables municipales siempre tienen palabras que transmitir. Es como un punzón que apuntilla sus sienes y les enerva la sangre ante la indiferencia. Pasear por las calles de su pueblo, el que gobiernan, y comprobar que todo funciona más o menos razonablemente bien; y encontrarse con esa jungla de matojos que rompe la armonía; o esa colina de enseres viejos; o esos restos de la última reforma de la casa del pueblo: esa del tejado que dejó a la deriva una montaña de adobes descuartizados, paja y cañizo para convertirse en refugio de otras especies animales más duchas en el arte de habitar recovecos.

“Es el segundo bando ya que publico y si no consigo que limpien sus parcelas, el Ayuntamiento va a advertirles por escrito y de manera individualizada a ver si así se dan por aludidos” comentaba el regidor de un pueblo de esos que linda con la serranía guadalajareña. Un mes después, seguía en sus trece, pero sin resultados. Los operarios municipales le habían elaborado un informe con las parcelas susceptibles de ser limpiadas. Las misivas fueron enviadas, en el tono amenazador que sólo se puede conseguir desde la administración. Apenas unos pocos vecinos entraron en razón. El resto… ni puto caso.

Son solares y parcelas abandonadas al destino. Bien porque a los propietarios no les sale rentable que permanezcan en buen estado; bien porque los dueños consideran que la distancia a la que están de su propiedad es mayor que su responsabilidad; o bien porque ese destino quiso que el espacio tenga tantos benefactores que ninguno quiera serlo. Son algunos ejemplos. Como el de aquella promotora urbanística que pensaba levantar un barrio y se fue al otro. A ello hay que sumar que antes, en nuestros pueblos, no eran necesarias tantas ordenanzas para regular la convivencia vecinal pues la costumbre y el sentido común eran suficientes para que la vida fluyese sin sobresaltos.

En Cabanillas del Campo su Ayuntamiento no ha querido dar más treguas. Y ha abierto casi un centenar de expedientes sancionadores por infringir estas ordenanzas al considerar que la situación había alcanzado “cotas inadmisibles”, apuntaba el concejal delegado en esta materia. Los peligros a los que se enfrentaban no son diferentes a los del resto de poblaciones que también reclaman el cumplimiento de esta normativa, a grandes rasgos, genérica en cada población. La proliferación de insectos y ratones y, sobre todo, el riesgo de incendios dentro del propio núcleo urbano son razonamientos también comunes. Sin embargo, éste último ha incrementado su consideración tras los recientes incendios vividos en Galicia el mes pasado llegando hasta el propio casco urbano de la ciudad de Vigo donde las parcelas más descuidadas fueron una amenaza real y constante.

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El Ayuntamiento de Cabanillas no se ha andado con chiquitas imponiendo sanciones económicas de entre 500 y 1.000 euros en función de la gravedad de cada caso detectado; en total más de 60.000 euros si todas las multas prosperan. No obstante, y a pesar de la trascendencia informativa que ha podido tener la aplicación de la normativa, es una solución que muchos regidores de otros municipios que comparten el mismo problema son reticentes a poner en práctica ante el temor de que ello pueda influir en la convivencia vecinal, sin atender a que su dilación pone en entredicho su autoridad. Sin embargo, la legislación sigue siendo demasiado garantista con los particulares y deja a la administración local un escaso margen de maniobra si pretende actuar de oficio mediante la ejecución subsidiaria, es decir, que el propio Consistorio llevase a cabo las tareas cargando los gastos a los propietarios. En cualquier caso, vuelven a ser los Consistorios más endebles a la hora de hacer cumplir la ley los más pequeños y con menos recursos, quedando al amparo de sus propios y limitados medios.

Ya nadie en los pueblos barre su puerta. Los operarios municipales, quien los tiene, hacen ya ese trabajo. En otros lugares más modestos, los planes de empleo regionales han permitido a los Consistorios respirar. Al menos, las parcelas municipales están presentables. Para las privadas sin limpiar, el invierno ofrece un respiro. Cada vez menos extenso. De aquí a unos meses los riesgos volverán a aflorar. En Cabanillas más de uno, seguro, se lo va a pensar.

Una pequeña Italia en Cabanillas

Pregón de las fiestas de Cabanillas del Campo 2017. // Foto: Ayuntamiento de Cabanillas

Pregón de las fiestas de Cabanillas del Campo 2017. // Foto: Ayuntamiento de Cabanillas

Por Patricia Biosca

A las típicas canciones de verbena, como el inclasificable ‘Tractor Amarillo’ de Zapato Veloz, el épico ‘Final Countdown’ de Europe y el one hit wonder que toque ese verano, en las fiestas de Cabanillas del Campo de este 2017 se ha añadido de fondo el tema de Nino Rota, ‘Waltz’, famoso por formar parte de la banda sonora de El Padrino (recomiendo darle al play en el enlace y leer este artículo con esa música sonando), aunque cambiando la Cosa Nostra y Nueva York por atracciones de feria y La Campiña. Todo comenzaba con el boicot al ferial de una familia de feriantes, quienes decidían no plantar sus “cacharros” ante la subida de tasas del Ayuntamiento. Los ánimos se caldeaban tanto que el alcalde de Cabanillas, José García Salinas, decidía interponer una denuncia en el cuartel de Azuqueca de Henares por “conductas mafiosas”, ya que aseguraba que los feriantes llevaban desde el día 10 de julio presionando al consistorio y amenazando a los demás puestos ambulantes “utilizando coacciones, amenazas e intimidaciones”. Así comenzaba la historia de la Little Italy de Cabanillas.

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KavaniJam, heredera de Cesena y el Kavanijazz

Logo de la I edición del Kavanijam / Foto: Janis Gala

Logo de la I edición del Kavanijam / Foto: Janis Gala

Por Patricia Biosca

Al principio ignoraba los mensajes que me llegaban con el enlace al vídeo, pero después del primer centenar, decidió echarle un vistazo. Pensé ‘pero qué es esto’. Y luego me puse a llorar porque era una locura”. Así explicaba Dave Grohl, líder y cantante de Foo Fighters, cómo se sintió en el momento en que visionó como 1.000 músicos tocaban una de sus canciones más conocidas, ‘Learn to fly’, en la ciudad italiana de Cesena. Un reclamo para que la banda tocase en la localidad después de que cuatro amigos, hartos de tener que viajar por toda Europa para ver a su grupo preferido, comenzasen una campaña a través de las redes sociales y un crowdfunding para llevar a cabo el vídeo que se convertiría en viral en tan solo una noche. Dos años después, Cabanillas del Campo se propone emular de alguna manera la hazaña y ha organizado la I edición del KavaniJam, un festival que pretende unir a músicos de toda índole para tocar y cantar al unísono tres canciones que ya son himnos. Un órdago cultural sin farol que aquí, a servidora, le hace esbozar una sonrisa cada vez que piensa en la cita. Sigue leyendo