Voluntad de Guitián, voluntad de Román

Antonio Román, con los 18 párrocos de la capital. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Antonio Román, con los 18 párrocos de la capital. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Por Concha Balenzategui

Su nombre lo llevan una importante avenida, paralela a la Autovía de Aragón, y el Centro Municipal Integrado del barrio de Aguas Vivas. No se puede decir que haya caído en el olvido este importante personaje, que murió hace ya 130 años, y que apenas residió los tres últimos de su vida en nuestra ciudad. Eduardo Guitián es noticia de vez en cuando en Guadalajara porque su vasta herencia todavía está dando de sí y dedicándose a diferentes asuntos sociales u obras de caridad. Elijan el término que quieran, que enseguida entramos en el meollo de la cuestión.

Esta misma semana, el Ayuntamiento de Guadalajara ha firmado un convenio con 18 parroquias de la ciudad para dedicar 80.000 euros a atender a familias necesitadas de Guadalajara. Puede parecer mucho dinero, pero lo cierto es que, según la nota oficial, hay 803 solicitudes de familias necesitadas, con lo que tocarían a apenas 100 euros cada una. Así visto, ya se hace poco, si pensamos en la necesidad que pueden estar padeciendo esas personas: Tradúzcanlo ustedes en facturas de electricidad, alquileres o en la cesta de la compra.

Ver a los 18 párrocos en la fotografía junto al alcalde, Antonio Román, me ha suscitado mis dudas. Y les aseguro que no soy la única, porque ya he leído comentarios al respecto en las redes sociales y en los propios medios de comunicación que han divulgado la noticia. No voy a arrojar una sola sombra sobre la labor que realiza Cáritas con los más desfavorecidos, no. Pero yo me pregunto si no tiene el Ayuntamiento sus propios Servicios Sociales, con trabajadores formados y experimentados en atender a estos colectivos, con criterio, garantías y justificaciones, como para tener que echar mano de las parroquias.

Puedo admitir las palabras del alcalde de que “estos centros desarrollan una gran labor social”, pero no creo que sean el “punto de referencia en la atención cercana en los barrios”, como también ha dicho el alcalde. No es así. Ese papel deberían ejercerlo los Servicios Sociales a través de los centros municipales. Dicho de otro modo, ¿por qué se encargan los curas y los voluntarios de cuestiones que bien pueden hacer los funcionarios? Ya sé que Cáritas también cuenta con trabajadores sociales, pero no es necesario convocar a los pobres en las sacristías para darles alimentos. A no ser que hablemos de caridad, y no de solidaridad.

Primera página del testamento de Eduardo Guitián (1884). // Archivo Municipal de Guadalajara

Primera página del testamento de Eduardo Guitián (1884). // Archivo Municipal de Guadalajara

El Ayuntamiento asegura que estos convenios se firman en consonancia con los criterios del testamento de Guitián, por cierto, una auténtica joya en su género, que se conserva en el Archivo Municipal. El quid de la cuestión puede estar en que no es el Consistorio el que decide en solitario el reparto del legado. En su testamento, este militar madrileño nombraba sus albaceas a tres personas: el alcalde, el juez (ejercido por el juez decano) y el arcipreste de la ciudad, que suelen mantener reuniones para determinar el destino que mejor cumpla la última voluntad del benefactor.

Guitián, que murió sin descendencia y aseguraba en el documento haber meditado mucho las cláusulas de su testamento, establecía un entramado de usufructos sobre sus vastas posesiones, a lo largo de sus familiares, y fijaba claramente en qué punto habían de venderse “de inmediato” las tierras en pública subasta. Las ganancias debían dedicarse, entonces, a “pobres enfermos, hospitalidad domiciliaria y asilados de Nuestra Señora de las Mercedes”.

Por circunstancias de la vida, pasó mucho tiempo desde la muerte de Guitián, en junio de 1884, hasta la del último heredero con derechos sobre sus posesiones, en 1996. Luego se dieron otros avatares más, que retrasaron la venta de las parcelas, que no ha sido ni mucho menos inmediata, como estaba estipulado. Pero finalmente se pudo “hincar el diente” a este goloso regalo. En todo este tiempo, el concepto de ayuda, desde la beneficiencia o el auxilio social, a la atención a los desfavorecidos, ha cambiado mucho. Las necesidades también. Y yo me pregunto si debe respetarse la literalidad del legajo 130 años después.

Pongamos por caso que somos estrictos. Entonces, quizá debería dedicarse el dinero a los pobres, pero solo a los que además estuvieran enfermos. Incluso debería transferirse una parte de los fondos a la Junta de Comunidades, para que lo destinara a los ingresados en el Hospital de la Merced, que vuelve a llamarse así (porque el Ortiz de Zárate, siendo exquisitos, tampoco nos valdría). Incluso habría que dilucidar si es el servicio de Teleasistencia o el de Ayuda a Domicilio el que ejerce actualmente lo que Guitián citó como “hospitalidad domiciliaria”.

Evidentemente, no podemos tomar términos escritos a finales del XIX en su literalidad. En primer lugar, porque en tiempos de este terrateniente no existía un sistema público de salud que garantizara la atención médica a los enfermos, y ahora sí… Salvo los casos en que se carece de tarjeta sanitaria, que los hay (que se lo cuenten al Colegio de Médicos). Además, ni el militar habría adivinado en su época cuáles serían los efectos a largo plazo del consumo de substancias como la cocaína y la heroína, por lo que nunca hubiera sido posible derivar dinero a Proyecto Hombre, como se ha hecho en alguna ocasión. Podría entenderse, con amplitud de miras, que los drogodependientes cumplen sobradamente la condición de “pobres enfermos” a la que aludió el benefactor. Pero ¿quién puede afirmar a día de hoy que Guitián hubiera dado su beneplácito a que recibiera su herencia la Asociación contra el Cáncer, fundada más de medio siglo después de su muerte, o el Albergue Betania, que en otras ocasiones han recibido estos recursos?

Lo que sí está demostrado es que, en 1884, cuando el comandante de Infantería redactó su última voluntad, ya existían el clero y las parroquias. Y si este personaje hubiera querido dejar sus posesiones a la Iglesia, no me cabe duda de que lo hubiera hecho, como tantos otros lo han hecho antes y después de él. Pero lo cierto es que, a pesar de ser un hombre de fe «católica apostólica y romana», como confiesa en su testamento, no lo hizo, y no sabemos por qué. Quizá porque aún no había nacido la gran labor social de Cáritas, fundada unos años después. O tal vez porque no consideraba a las iglesias un punto de referencia en la atención cercana, como ahora las ve Román. También pudiera ser.

Podríamos seguir hasta el infinito para concluir que el destino del legado de Guitián no puede ser unívoco: caben muchas interpretaciones y deliberaciones. Quizá lo más sensato fuera crear una fundación que, además de los tres albaceas, incluyera asesores en la materia que estudiaran detenidamente el destino de los fondos, para evitar que se usen recursos extraordinarios en asuntos ordinarios. La idea no es mía. ¿Saben quién la propuso? Pues nada menos que el PP, en una moción defendida por el entonces concejal Jesús Orea, cuando empezaban a percibirse los dineros de esta testamentaría, en el año 2006. Precisamente, cuando quien se hacía la foto con los colectivos beneficiados era otro alcalde, el socialista Jesús Alique. Maldita desmemoria; dichosas hemerotecas…