El “ser” y el “deber ser”

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El Palacio de los Condes de Medina, vulgo de la Junta, lleva siete años vacío y sin uso, con el agravante de que su calificación urbanística impide su alquiler a cualquier empresa o particular. // Foto: guadalajaradiario.es

Por Borja Montero

El interés general debiera estar detrás de todos los artículos de las leyes y, por tanto, de todos los actos administrativos y judiciales que de ellos emanan. Pero esto, que debería ser un axioma de la teoría política, no siempre se cumple. Y es que la rigidez de las leyes hace que, por mucho que se amplíe su articulado, éstas no puedan adaptarse a todas y cada una de las circunstancias que pueden llegar a concurrir en la vida real. En ocasiones, estas incongruencias entre el “ser” y el “deber ser”, que diría mi profesor de Filosofía, hacen que decisiones que, a priori, podrían parecer justas y beneficiosas, ya sea para los implicados o para el común de los mortales, se vean retrasadas o incluso denegadas por las administraciones competentes. Dejando de lado al bueno de Hume, y sin querer confundirme con falacias naturalistas, Guadalajara vive unas cuantas de estas, y una de ellas tuvo su enésimo capítulo en el último Pleno del Ayuntamiento de la capital el pasado viernes. Sigue leyendo

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Unas ferias con espacios lógicos

Cartel de las Ferias y Fiestas de Guadalajara 2014, realizado por Fernando Benito, con el recinto ferial como telón de fondo.

Cartel de las Ferias y Fiestas de Guadalajara 2014, realizado por Fernando Benito, con el recinto ferial como telón de fondo.

Por Concha Balenzategui

Escribía el otro día mi compañero Abraham Sanz sobre las fechas de las Ferias de Guadalajara, el gran debate de este año, respaldando el criterio del Ayuntamiento de adelantar la semana festiva y jugar con el fin de semana previo para los actos de apertura (pregón, chupinazo, desfile de carrozas…). Coincido en que el cambio es un acierto, por algunos motivos que él expuso -básicamente el ahorro y la más temprana reanudación de la actividad de la ciudad-, aunque no estoy segura de que sean los únicos que persigue el Ayuntamiento, porque creo que también busca integrar la celebración de la patrona en el resto de festejos para dotar a nuestra Semana Grande de un carácter religioso que históricamente no tiene.

Abraham terminaba hablando de un modelo festivo partido en dos, lanzando un guante que ahora recojo yo, dispuesta a meterme en un jardín que tiene difícil floración. Porque ese, el de los espacios, es el otro gran tema que subyace y que alimenta buena parte de las conversaciones festivas desde aquel 2008 en que el recinto Ferial se mudó al otro lado de la autovía. Y sobre todo, es un debate sin resolver.

Hay que reconocer que el Ferial no ha cuajado en la población tras sus seis años de existencia. Mucha gente sigue considerando que está lejos, y no va, o no va tanto como antes. Y es evidente que la fiesta nocturna ha quedado partida en dos zonas: una en ese recinto, y otra en el eje de la Concordia, San Roque y la Fuente de la Niña. Hasta aquí creo que estamos todos de acuerdo.

Lo de que el nuevo recinto ferial está lejos es absolutamente relativo. Lo está de buena parte de los barrios de la ciudad, pero de otros no tanto. Si el lugar estuviera muy alejado no andarían llorando desconsolados los hosteleros y comerciantes tradicionales de Guadalajara, que culpan de sus pérdidas a la cuota de mercado que les ha quitado Ferial Plaza. En el centro comercial no atan los perros con longaniza, no; allí también cierran los negocios. Pero el lugar registra un lleno casi todos los fines de semana del año, porque la gente -independientemente de si compra, consume o asiste al cine- , lo que es ir, sí que va.

Pero es verdad que el recinto está más alejado que el anterior del resto de los actos de nuestras Ferias. Basta recordar la marea de personas que se acercaba a tomar un montado o un pollo asado cuando acababan actos masivos como la procesión de la Virgen o el desfile de carrozas. Y ahora no sucede. Ocurre también a la salida de las corridas de toros, a pesar de que el coso de las Cruces no queda tan lejos del recinto si subimos por la calle Sigüenza. Pero pareciera que hay algo en la autovía que actúa como barrera.

Recinto ferial. // Foto: El Heraldo del Henares

Recinto ferial. // Foto: El Heraldo del Henares

Y ahí viene otra de las certezas del espinoso asunto: El Ferial sigue estando siete años después casi inaccesible, con sus tres únicas entradas. Una de ellas, el túnel de prolongación de la calle Sigüenza, se corta durante buena parte del tiempo en que a uno le apetece ir. La entrada de Cuatro Caminos es insuficiente en horas punta. Y el Ayuntamiento no ha sido capaz en tantos años de abrir el puente desde la plaza Dalí. Queda la pasarela peatonal del parque de la Amistad, que nos cuesta una barbaridad de dinero en forma de horas extras de la Policía Municipal para mantener la seguridad.
En definitiva, que quienes acudían varias veces a los chiringuitos y atracciones a lo largo del ciclo festivo, ahora acuden una o dos veces, probablemente porque tienen niños. O ninguna.

Y este hecho no tiene que ser necesariamente malo. Porque una parte del negocio se queda en los hosteleros de la ciudad, que ya se dice hasta la saciedad, pagan sus impuestos todo el año. Me comentaba el otro día el dueño de un conocido local de copas del casco viejo que este año también cerrará durante la “semana grande”. “A cualquiera de otra ciudad, cuando le cuento que tengo un bar en el centro y que cierro en Fiestas, lo flipa”, me decía. Pero ese es un asunto del que no se puede culpar al traslado del Ferial, porque ocurría antes, incluso más que ahora.

No sé si nos hemos resignado a que buena parte del ocio, las consumiciones y las compras durante todo el año se hayan fugado del casco. Pero tenemos asumido desde hace décadas que la fiesta nocturna en estos días gira en torno a las peñas, que no sé si serán “el alma de las fiestas” como tópicamente se dice, pero que sí son las señoras de la noche, y en buena medida las amas del negocio. Y digo en cierta medida porque los maleteros, el botellón, y todo tipo de barras que surgen en estos días -no siempre dependientes de las agrupaciones festivas-, se llevan una buena parte del pastel.

Y en este punto es cuando necesariamente hay que hablar, además de los espacios, de los tiempos, porque en definitiva estos determinan aquellos. Oigo al Equipo de Gobierno de la capital decir que el modelo de fiestas que propugna “es de día y de noche”. Y me entra la risa floja. ¿Es que antes de Román no había actividad de día? ¿Acaso ellos inventaron los toros, la procesión, los títeres, los magos o las estatuas humanas? ¿Fue el PP el que inició la tradición de los encierros?

Presentación del programa de Ferias por el equipo de Gobierno, esta semana. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Presentación del programa de Ferias por el equipo de Gobierno, esta semana. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Lo que tengo cada vez más claro es que estas fiestas solo puede tender hacia un modelo que llene de actos el día en la ciudad y los concentre durante la noche en un punto. La fiesta de día debe estar en el centro, porque es para el disfrute de todos los públicos, de todos los vecinos, de todas las edades. Los encierros, los toros, los desfiles -sean estos procesionales, de peñistas o de carrozas- deben estar en el casco, que es como es el salón de la casa común que es la ciudad. No se puede pretender llevar actividades a todos los barrios de la ciudad, porque no se puede contentar a todo el mundo, y además se dispersa la fiesta. Pero sí que se deben escoger las plazas, parques y deambulatorios más concurridos para la música, la risa, las actividades infantiles o culturales.

La noche también puede tener su espacio en la ciudad, me refiero a la noche temprana, esa de la verbena oficial o de los conciertos, supeditados estos a los espacios más adecuados. Pero a partir de la medianoche, hay que admitir que la fiesta no es para todos los públicos, y debe conjugar dos derechos, el de la diversión y el del descanso, especialmente las vísperas de días laborables.

Qué quieren que les diga. A mí también me gustaba ese modelo de madrugada en el que cada parque o zona tenía una verbena, gracias a las peñas, e ibas de una a otra bailando y encontrándote con los amigos. Quizá porque era más joven. Pero hace tiempo que Guadalajara desterró ese esquema sacando a las peñas de los edificios (lo dijo hasta la Defensora del Pueblo), denegando a algunas el permiso de instalarse en los parques, y trasladando un Ferial por las presiones de los vecinos, a los que, seamos realistas, no molestaban tanto los puestos y los caballitos como las carpas y sus verbenas.

Y el Ayuntamiento se ha quedado a medias en ese camino. Prometió a las peñas que fueron al Ferial que todas acabarían allí. Pero lejos de hacerlo, ha discriminado a las que obedecieron más o menos voluntariamente, frente a las que siguen en los parques de la ciudad. Y favorece también a los vecinos del antiguo Ferial -parece que se ganaron su derecho al descanso el día que le montaron una bronca en el pregón a Alique- respecto a otros muchos que siguen aguantando mecha: Los del Fuerte, la zona alta de las Eras del Canario, o los del mismísimo parque de la Concordia, donde se mantienen peñas y verbenas a las puertas de casa. Y el ambiente de la noche se divide en dos: O vas a Ferial (cada vez menos) o te quedas en la ciudad.

Llegados a este punto, es casi imposible la marcha atrás y que regresen peñas y ferial a sus antiguas ubicaciones. Pero tampoco puede perpetuarse esta situación que deja insatisfechos a muchos vecinos, a la mayoría de los peñistas, a los hosteleros, a los atletas que usan las pistas de la Fuente de la Niña, y a los feriantes que han visto mermado ostensiblemente su negocio. La única solución que veo pasa por ampliar el actual ferial y concentrar en él toda la fiesta de madrugada, todas las peñas, sus verbenas, e incluso acondicionar una zona para conciertos, con las medidas de seguridad adecuadas.

La tortilla del Eje Cultural

El Alcalde y el concejal de Infraestructuras supervisan los trabajos de la segunda operación asfalto en el Eje Cultural. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

El alcalde y el concejal de Infraestructuras supervisan los trabajos de la segunda operación asfalto en el Eje Cultural. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Por Concha Balenzategui

Estando ya las obras de Ingeniero Mariño y Ramón y Cajal en su recta final, estamos a punto de despejar la incógnita que, al menos a mí, me ha estado rondando estos últimos meses. La cuestión es si el resultado final contentará a los vecinos y acallará las críticas por las molestias ocasionadas, que han sido bastantes.

Compruebo que las protestas, en las conversaciones y en las redes sociales, no han cesado durante los trabajos. Hay quien ha cuestionado la necesidad de una reforma de ese calibre y quien ha criticado su pomposo nombre. Incluso ha habido algún intento de relacionar esta obra con la proyectada en el barrio burgalés de Gamonal, sin demasiado eco, dicho sea de paso.

Pero las quejas se refieren más que nada en los cortes de tráfico y los atascos. En el paso de camiones y excavadoras, claro. En los cascotes y la falta de iluminación, por añadidura. Si quieren también, en la falta de señalización o en el desvío del trayecto de autobús. En definitiva, el disgusto se ha centrado en una situación que es transitoria, debida a los propios trabajos.

Hay que tener en cuenta que es una vía céntrica y de tránsito, que la reforma ha coincidido con las lluvias y con las fiestas navideñas, y por tanto las molestias se han alargado y se han extendido a todos los guadañaremos. Pero nadie puede quitarle el mérito de la paciencia de Job a los vecinos.
Una conocida, que regenta un negocio cara al público en esa zona, tiene grabados los cortes de agua que ha sufrido desde que empezaron las obras. Nueve, me dice, y sólo tres de ellos avisados con antelación. Lo cuenta con fastidio, porque su negocio es de los que necesita el agua para trabajar. Y parte de la clientela, gente mayor que no se aventura entre las zanjas, se ha esfumado. Pues bien, pronto llega el momento de comprobar si, una vez acabada la obra, la calle va a quedar estupenda, como piensa ella.

He visto al concejal de Obras responder con un gran encaje a las continuas críticas a través de las redes sociales. Porque Carnicero -hay que reconocerlo- es de los que se aviene a responder a los tuiteros, incluso a los que no tienen respeto, modales ni ganas de diálogo, muchas veces desde el anonimato.

Por sus respuestas deduzco que el concejal de Obras, como todo el Equipo de Gobierno, está convencido de que las protestas se limitan a los trastornos de la obra, y de que cesarán cuando esté terminada la calle. Que una vez hecha la tortilla, como reza el dicho, nadie va a lamentar los huevos rotos.

No lo tengo tan claro. Creo que son muchos los que no aprueban ni la idea ni el resultado. No les parece necesaria la reforma, ni que compense tantos meses de cascotes y baches. Pero sobre todo hay muchas dudas de que un solo sentido del tráfico sea suficiente para esta ciudad que tiene en la movilidad una ganada calificación de “necesita mejorar”. Los huecos de los solares donde había bellos edificios que se dejaron caer, las feas traseras al aire de la calle doctor Creus, son otros lunares que restarán brillantez al resultado.

También hay quien critica que se han dejado aceras “demasiado” anchas y muchas plazas de aparcamiento, hurtando ambas espacio a la circulación rodada. Y además, hay quienes se quejan de que los nuevos aparcamientos sean de pago, porque así lo han pedido los comerciantes. Mi amiga, la de los cortes de agua, dice que a ella no le han preguntado por el tema. Sea como fuere, es poco valiente por parte del alcalde escudarse en los negocios para hacer lo que crea que hay que hacer.

Farola de diseño moderno junto a la concatedral de Santa María, en pleno Eje Cultural. // Foto: Facebook de Luculo Loureiro.

Farola de diseño moderno junto a la concatedral de Santa María, en pleno Eje Cultural. // Foto: Facebook de Luculo Loureiro.

Y además están las farolas. Ya contaba Rubén Madrid el otro día el coro de protesta que se había alzado en Facebook contra esos especímenes. Estando de acuerdo en el fondo de la cuestión, a mí también me sorprendió el estado de hastío, hartazgo e indignación que desprendían los comentarios. Pero a pesar de todos estos argumentos, y aunque suene extemporáneo antes de apreciar el resultado completo, yo voy a defender la reforma.

He dicho alguna vez que estoy de acuerdo en que se arregle esta calle, que pedía a gritos pico y pala, desde las tuberías al trazado. También estoy de acuerdo en que, como estaba previsto en el planeamiento urbanístico desde hace décadas, se dé un el único sentido al tráfico rodado. Está claro que es la única manera en la mayoría de los tramos de poder transitar por las aceras con normalidad.

Hace unos días, un amigo describía una ciudad española que había visitado hace poco con la siguiente observación: “Te puedes recorrer todo el centro empujanto el carrito con un dedo”. Se refería -los padres de niños pequeños lo han entendido a la primera- a que las aceras y el pavimento estaban impecables para el peatón y sus circunstancias (el niño, el cochecito, la silla de ruedas o el carro de la compra). Yo quiero eso en mi ciudad. Y en Ramón y Cajal, y sobre todo en Ingeniero Mariño, era imposible. En algunos tramos era difícil caminar varias personas salvo en fila India. Era impensable llegar de Santa María al Infantado sin poner el pie varias veces en la calzada.

Yo quiero que esas calles formen parte del casco antiguo y del centro histórico, y no sean una carretera de circunvalación. Creo que hay argumentos para apartar un poco más lejos a los coches, y las razones se llaman Santa María, La Cotilla o esa preciosidad que es la capilla Luis de Lucena. También pienso, como dice el Ayuntamiento, que un solo sentido de tráfico disminuye los atascos, porque evita los cruces. Parece que el giro de la plaza de los Caídos, la prolongación de Pedro Pascual y el cambio de sentido de la cuesta Calderón (quizá haya que pensar también en cambiar Cervantes, como otra alternativa), podrían ayudar en ese aspecto.

Dicho todo esto, tampoco creo que los vecinos asuman ni pronto ni con agrado los cambios. Todavía hay quien cuestiona la peatonalización de la calle Mayor, y ya ha llovido. La reforma del Eje Cultural no va a ser del todo celebrada, ni siquiera por el fin de las obras. Ahora bien, estén tranquilos señores concejales del PP -nada menos que 16- que estoy por apostar también a que esta obra les va a restar muy pocos votos. Rien ne va plus?