Cuento de Navidad alcarreño

Imagen de la Calle Mayor tras el vermú navideño. //Foto: P. B.

Imagen de la Calle Mayor tras el vermú navideño. //Foto: P. B.

Por Patricia Biosca

Érase una vez un 24 de diciembre de 1997. Es por la tarde, aunque ya amenaza la noche. La familia empieza a llegar al pequeño piso para celebrar el cumpleaños de la abuela. Los niños se apelotonan para ver el impresionante Belén que una de sus hijas monta siempre en la entrada con simpáticas figuritas, un impresionante decorado de papel y cartón que incluye incluso un riachuelo con agua de verdad. La abuela sonríe desde su sofá al ver a toda la prole junta: tres generaciones con vidas muy diferentes que siempre confluyen en el mismo sitio, en el mismo día. Las mujeres se afanan en la cocina con los últimos preparativos. Los hombres hablan del discurso del Rey, de fútbol y de cómo van a ir las parejas en el mus al final de la cena. “Contigo no me pongo, que siempre haces trampas”, le dice un cuñado a otro. Los más pequeños se esconden en una habitación, con papel y lápiz en mano, para idear un teatro y pedir el “aguinaldo”. Se escuchan villancicos con entonación de jota y letras picantes que hacen estallar en risas al resto de habitantes de ese momento, para el que todos esperan un año. Con los últimos preparativos, alguien dice “¿bajamos a los puestos?”, y los más jóvenes ya tienen el abrigo preparado. Sabían que esa frase llegaría, porque es una constante que se repite todas las Nochebuenas.

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