Medio milenio de Corpus

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Corpus 2019. // Foto: La Crónica

Por Patricia Biosca

Puede sonar tópico, ñoño o beato, pero uno de los días más felices de mi vida fue el de la Comunión. Esa fiesta en la que eliges un vestido rococó con el que aprendes la definición de “jareta”, te ponen un divertido cancán que se levanta cada vez que te sientas, te regalan un nuevo testamento que intercambias con tus amigos y puedes cortar la tarta de varios pisos del restaurante con una espada molona que luego te llevas para casa. De aquel día recuerdo hasta la cena: unos gloriosos huevos fritos con patatas que mi madre tuvo a bien hacernos después del fiestorro que todos, pequeños y mayores, nos pegamos aquella jornada del 26 de mayo de 1996. Y sé de buena tinta que la mayoría de los chavales de mi generación también vivieron un glorioso -nunca mejor dicho- día. Por eso a alguien se le debió ocurrir repetir aquel éxtasis ceremonial, aunque sin restaurante y sin espadas. Y así creía yo que se inventaron las celebraciones del Corpus, para darle salida a aquellos vestidos que de otra manera solo te pondrías un día. Pero resulta que no.  Sigue leyendo