¡Cucurrucucú… paloma!

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Bancos, automóviles y terrazas de verano, víctimas de las palomas que anidan en los árboles.

Por Gloria Magro. 

Hace algunos años mi padre apareció por casa con una caja de cartón atada con un cordel. Alguien en Jirueque quitaba un palomar y allí en la caja iba lo que sería la cena del día siguiente: tres o cuatro pichones regalo de un cliente. Mi madre puso el grito en el cielo, los niños nos negamos en redondo a participar en la masacre y en cuanto mi padre se dio la vuelta, los tres, compinchados, los liberamos en la terraza. Supongo que las palomas volverían rápidamente al palomar de donde salieron, para desesperación del dueño que se quería deshacer de ellas.

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