Descanso por vacaciones

Los redactores de El Hexágono de Guadalajara nos tomamos unas vacaciones.

Durante los meses de julio y agosto le daremos un descanso a los teclados. Nosotros , ténganlo por seguro, estaremos pendientes de lo que ocurre en Guadalajara para contárselo cuando volvamos.

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Un rincón de libertad llamado El Hexágono de Guadalajara

Por Patricia Biosca

Guadalajara es como las chocolatinas After Eight: aunque mascar una especie de pasta de chicle con regusto viejuno con un bombón no parezca lo más apetecible del mundo (por lo menos en un lugar donde la gastronomía tiene otros ejemplos mucho más placenteros) existe una parte dulce, algo que no se puede definir, que te incita a probar otra vez. Y como el paladar madura con el tiempo, llega un momento que, como con el vino, te empieza a gustar. Mucho. Igual nos ocurrió a muchos oriundos que, con los delirios y grandezas de la juventud, quisimos volar desde una ciudad de provincias (o incluso un pueblo de provincias, como es mi caso) hacia las cegadoras luces de la capital. Y lo hicimos. Y algunos nos desencantamos y empezamos a coger cariño a esta ciudad dormitorio vapuleada por nosotros mismos en un sinfín de ocasiones. Pero cuando miras más de cerca (o, mejor escrito, cuanto más lejos te vas), más echas de menos su idiosincrasia, sus problemas de andar por casa, sus quedadas improvisadas al llegar al bar y conocer a todos los parroquianos. Su vida de provincias de la que renegaste. Y encuentras lugares increíbles que no se valoran en la medida que lo merecen. Uno de esos barrios ‘encantados’ es, sin duda, El Hexágono. 

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Adiós con alegría al 2020

Por David Sierra

Se va este maldecido año 2020 con más ganas que nunca. Le decimos adiós y si nos dejasen, lo haríamos con la mayor de las fiestas posibles. De momento, aunque la cosa vírica ha empeorado a consecuencia de la angustia navideña, las restricciones no se han endurecido y la vigilada Nochevieja no tiene visos de que vaya a desmadrarse. Y, sin embargo, a pesar de todos los deseos por desprendernos de esta anualidad y de la tragedia en la que ha sumido la enfermedad que ha trascendido en todas nuestras conductas, haberlo vivido para los que aún podemos contarlo, nos ha podido servir para extraer algunas interesantes conclusiones sobre la manera en la que estamos digiriendo el futuro.

No me cabe la menor duda de que este año va a suponer un antes y un después en la manera de abordar asuntos en muy diversos ámbitos de cara al devenir que nos aguarda. La pandemia ha incrementado las consideraciones a tener en cuenta ante la búsqueda de soluciones de algunos problemas que han alcanzado una dimensión global difícil de gestionar. Y cuando el vaso se ve medio vacío, es importante que comience a llenarse.

La experiencia del confinamiento ha puesto sobre la mesa, tal como si de un estudio científico se tratase, la influencia directa que el ser humano ejerce sobre el medio ambiente y el cambio climático. Cuando las vacunas están a la carrera de generar una protección de rebaño, la disminución de la actividad al mínimo supuso un respiro para el planeta que pudo comprobarse con el descenso de los gases de efectos contaminantes, el incremento de la flora y la fauna en muchas zonas del planeta donde estaban prácticamente extinguidas o reducidas a la mínima expresión y la regeneración de espacios naturales terrestres y marinos.

Es indudable que, a partir de esta vivencia, la implicación contra todo aquello que puede causar un deterioro evidente de la naturaleza se va a incrementar de tal forma que no es extraño vaticinar para los próximos años una aceleración de las políticas para la lucha contra el cambio climático, junto con la condena de todas aquellas conductas que tienden a influenciarlo. La pena, que esas reacciones vayan a llegar cuando la navaja ha estado sobre la garganta.

Del mismo modo, este fatídico año ha permitido ver un haz de luz sobre la configuración y ordenación urbana y la importancia de espacio público y cómo utilizarlo y ocuparlo. Aunque los modelos de ciudad sostenibles son diversos y aún en fases muy experimentales, existen unas líneas comunes que más pronto que tarde van a ir ganando terreno en favor de una mayor interconectividad social. El coronavirus ha puesto de relieve la importancia de la interrelación social para combatir cualquier peligro y la tristeza que implica la soledad, sobre todo cuando la muerte acecha. Aspectos que no van a pasar desapercibidos en los nuevos modelos de desarrollo urbanístico donde la tecnología va a ser un factor fundamental en la generación de nuevos empleos y bienestar. Aquellas ciudades que queden rezagadas en la iniciativa son las que peor lo van a pasar.

A nivel general, la pandemia también ha sido el mejor aliado para poner en valor el entorno rural en todas sus expresiones. Quien lo iba a intuir que haría falta un virus para favorecer el retorno a los lugares despoblados con todo lo que eso supone. Ahora que se han aprobado las conclusiones de la Comisión sobre la Despoblación, sería una desventura desaprovechar la inercia generada por la búsqueda de nuevos espacios de convivencia con otras prioridades y valores más comprometidos con el medio rural. Las nuevas generaciones, los ‘sin pueblo’, han encontrado justificaciones para descubrir estos lugares más allá del ámbito turístico y corresponde a las administraciones encauzar esas tendencias con las inversiones necesarias para no perderlas.

En definitiva, 2020 nos deja con más pena que gloria sumidos en la esperanza de recibir el chute de Araceli, con la perspectiva de tocar fondo a expensas de la tercera ola y resurgir como el ave Fénix entre la millonada europea destinada a la ansiada recuperación. Feliz Año 2021 a todos los lectores del Hexágono de Guadalajara, contento de que la profecía de Mad Max haya quedado, de momento, relegada.