Festival Gigante: más confeti, por favor

Un momento del Festival Gigante: // Foto: Festival Gigante

Un momento del Festival Gigante: // Foto: Festival Gigante

Por Patricia Biosca

Es lunes “post” Festival Gigante. Las cabezas, aún embotadas por el sonido de los enormes altavoces, de los cegadores focos, de los litros de cerveza en vasos reutilizables, intentan poner en orden todas las imágenes que se sucedieron durante tres días en la pequeña Guadalajara. Esa ciudad que muchos no saben ubicar en el mapa; esa a la que llaman “manchega” y se enfada; esa en la que se supone que nunca pasa nada. Pero entonces llega algo que se cuela en los grandes titulares. El “Ruido” que cantó Despistaos el jueves y que nos hizo volver a nuestra adolescencia. Los “chinches” que nos picaron con placer por culpa de Amatria. Las “antiguas pero modernas” que se pasearon por la Fuente de la Niña -BSO a cargo de Novedades Carminha-. Ese lugar convertido en “Cualquier otra parte” que pregona Dorian. Mientras, Bunbury señala al cielo y se canta dos de Héroes del Silencio. Y, al salir, Eva Amaral pincha temazos por sorpresa. Y así es como Guadalajara se hizo Gigante. Sigue leyendo

Cinco elefantes en el País de las Maravillas

Los cinco elefantes en la A-30. // Foto: Radio Albacete

Los cinco elefantes en la A-30. // Foto: Radio Albacete

Por Patricia Biosca

Muchas veces, mientras voy por la carretera (y es muy frecuente), me gusta pensar en la carga que portan los vehículos de mi alrededor. Da igual que sean coches, furgonetas o camiones: me entretiene pensar en las historias que van dentro. Cuando veo un deportivo que parece caro, pienso que es posible que un futbolista, pongamos del Real Madrid (mi poca afición por este deporte me hace recurrir a ejemplos de andar por casa), conduzca a mi lado su bólido, ataviado de sus gafas de sol y un chándal de marca que seguramente habrá costado más de lo que valió mi Ibiza del 99 recién salido de fábrica. También me fijo en los vehículos que portan desde mesas a somieres solo agarrados por unas cuerdas e imaginarme el periplo hasta colgar del techo semejante mobiliario. Los autobuses en los atascos y la gente mirando distraída, melancólica, por las ventanas, son una debilidad más. Y los camiones, esos mastodontes que a veces enseñan su carga (ver las orejas al viento de los pobres cerdos mientras surcan la autovía me hace reflexionar sobre el miedo ante algo para lo que no les ha preparado el instinto), pero que otras la esconden. Pero ni en mis delirios más extremos recorrió por mi cabeza que alguno de ellos llevase elefantes. De esos de verdad, con trompa, pezuñas de descomunal tamaño y dientes de marfil que son paseados de pueblo en pueblo, de circo en circo, de penuria en penuria. Sigue leyendo