El enterrador guadalajareño de Franco

El equipo de enterradores dirigido por Gabino Abánades durante el funeral de Francisco Franco. // Imagen: RTVE

El equipo de enterradores dirigido por Gabino Abánades durante el funeral de Francisco Franco. // Imagen: RTVE

Por Patricia Biosca

Existe la teoría científica de que los recuerdos impregnados en emociones se graban a fuego como una marca imborrable. Son esa clase de memorias que permanecen vívidas a lo largo del tiempo, a pesar de que se viva muchos años más y de que el cerebro acumule muchas más historias entre sus rincones. Uno de esos recuerdos que casi permanece como una fotografía en mi cabeza es la única vez que servidora ha estado en el Valle de los Caídos. Una joven adolescente impresionable ya sabía de lo que significaba la mayor fosa común de España, esa que alberga casi de 34.000 cuerpos entre sus paredes, con más de 12.000 sin nombre, orden ni concierto. Aquella que rememora el periodo más negro de la historia reciente del país, donde miles de personas trabajaron e incluso murieron para satisfacer los delirios de grandeza de un mitómano que se había autoproclamado “Caudillo de España por la Gracia de Dios”. Con toda esa información bullendo en las vísceras, vio desde el autobús a lo lejos la cruz más grande del mundo cristiano, pero lo que más llamaría su atención fue las inmensas estatuas que flanquean el paso hacia donde Franco está -se supone- enterrado. Media vida después de eso, recuerdo la sensación abrumadora de aquellas esculturas que hoy se deshacen con el paso del tiempo. Sigue leyendo

La espía norteamericana que acabó enterrada en Guadalajara

Aline Griffith, condesa de Romanones en una instantánea tomada en 2002. //Foto: Bernardo Pérez (El País)

Aline Griffith, condesa de Romanones en una instantánea tomada en 2002. //Foto: Bernardo Pérez (El País)

Por Patricia Biosca

Los felices años 20. En Nueva York, una niña llamada María Aline (todos la conocen por Aline), pasa sus días rodeada de sus cinco hermanos y sus padres, un vendedor de seguros y una ama de casa. Se crían bajo una estricta educación católica en un barrio de clase media, sin presagiar que la esbelta Aline acabará siendo condesa en un país tan lejano y casi exótico en aquel entonces llamado España. Tampoco imaginarán (ni nunca llegarán a saber) que la pequeña Aline se convertirá en una espía al servicio de los Estados Unidos. Mucho menos piensan en el final de la carismática Aline, que será enterrada en el cementerio municipal de la ciudad de Guadalajara, en el panteón de los Romanones (que suena a Romanov, pero en plan castizo). Pero Aline sí imagina que hará grandes cosas y que su nombre estará al lado de los grandes nombres que ve en los rótulos de los cines, porque es la época del “sueño americano” y ella no piensa quedarse dormida. Sigue leyendo