Cuando los ciudadanos conquistan el Carnaval

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El pregón del Carnaval de Guadalajara // Foto: Culturaenguada.

Las presentaciones han de ser flamantes. Ésta es una máxima que llevan a rajatabla en el Ayuntamiento de Guadalajara. Ayer, el concejal de Festejos, Armengol Engonga, daba a conocer la programación para el Carnaval 2017 de la capital, que se prolongará entre el 23 de febrero y el 5 de marzo. Como todos los años, habrá concursos de disfraces para niños, adultos y jubilados, como se puede leer aquí. Nada nuevo bajo el Sol. Sigue leyendo

De peñas y peñistas

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Peñistas a la hora de comer. / Foto: Peña Agapitos.

Por Míriam Pindado

¿Qué periodista de esta ciudad no ha escrito o dicho alguna vez eso de “las peñas pusieron el color/la nota de color/ los colores a las fiestas”? Blanco, morado, rojo, azul, verde, amarillo, granate…lo cierto es que este recurso tan manido es un fiel reflejo de lo que se ve durante estos días por las calles. Un titular fácil pero cierto. Una entradilla sencilla que va más allá. Porque las peñas no solo son color, son mucho más.

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La fiesta va por barrios

El Recinto Ferial tendrá conciertos y toros de fuego este año // Foto: Martín Martínez (YouTube)

El Recinto Ferial tendrá conciertos y toros de fuego este año // Foto: Martín Martínez (YouTube)

Por Álvaro Nuño

¡Cómo escribir en un blog de Guadalajara hoy, viernes 4 de septiembre, de otro tema que no sean las fiestas de la capital! ¡Imposible! Con el programa de Ferias en la mano, precisamente hoy comienza  lo que muchos denominan la “Semana Grande” (una semana que realmente dura diez días) con la apertura oficial del Recinto Ferial y el pregón (también oficial) que dará nuestro buen amigo Juan Solo  en el Teatro Buero Vallejo (19:00). Para los que no sean tan oficialistas, también hay Fiesta del Agua en la piscina para los niños por la mañana (11:00) y para los perros la tarde (16:00), baile deportivo en la Plaza Mayor (18:30) y abre el telón el Festival Gigante por la noche en la Fuente de La Niña (21:00). Sigue leyendo

Orgullo molinés

Los molineses encienden una gran hoguera a los pies del monumento erigido con motivo del centenario del Dogma de Fe de la Inmaculada Concepción. // Foto: M.P.

Los molineses encienden una gran hoguera a los pies del monumento erigido con motivo del centenario del Dogma de Fe de la Inmaculada Concepción. // Foto: M.P.

Por Marta Perruca

Tengo que reconocer que, aunque suelo subir rauda y ligera a esta atalaya, no me resulta nada fácil hacer un análisis frío y aséptico de los paisajes que se ciernen a sus pies. De alguna manera, no sólo me siento reina de esta torre, sino que creo que todo lo que puedo contemplar hasta el horizonte me pertenece, hasta tal punto que forma parte de mí, de lo que fui, soy y llegaré a ser y, en definitiva, de mi identidad. Siempre he dicho que el frío tan característico de estas parameras y sierras molinesas forja el carácter y que los vecinos de estos páramos tienen un patrimonio que está por encima de sus hermosos paisajes, de sus castillos y fortalezas y de su legado histórico, arqueológico o cultural. Estoy hablando de lo que otras veces he definido como “el orgullo molinés” y que el filósofo, escritor y economista, José Luis Sampedro, describió muy bien cuando su libro “El río que nos lleva” le descubrió estas tierras molinesas. Él definió a sus gentes como personas “graves pero acogedoras, tradicionales pero abiertas, bien asentadas en su dignidad como un patrimonio supremo e irrenunciable.”

Sí, los molineses somos muy molineses, además de obstinados y cabezotas, y nos sentimos dueños de nuestros páramos y sierra y orgullosos de nuestra historia y tradiciones.

Me dispongo a escribir este artículo por aclamación popular del modesto quórum que forma este Hexágono. Ellos me pedían esta mañana que escribiera sobre lo que en mi tierra se conoce como “la pequeña Navidad o la Navidad chica”, es decir, la festividad de la Inmaculada en Molina de Aragón, una de las particularidades de esta ciudad, por la que los molineses adelantamos casi 20 días en el calendario la celebración de la Navidad, para reunirnos en torno a la hoguera, sentarnos a la mesa en familia y acudir a la tradicional Misa de Gallo, como parte de un privilegio único en el mundo con más de cinco siglos de historia.

El caso es que, cuando me he enfrentado al papel en blanco no he podido evitar reconocer en esta fiesta ese orgullo molinés y, entonces, han volado por mi cabeza todas las páginas de la historia que ha contemplado el imponente castillo-alcázar de Molina de Aragón desde sus almenas y, en todas ellas, he vuelto a reconocer ese orgullo de los molineses, a un tiempo, “graves pero acogedores, tradicionales pero abiertos, bien asentados en su dignidad, como un patrimonio supremo e irrenunciable”.

Ahora que en Cataluña la cosa de la independencia anda más revuelta que de costumbre y surgen a raudales los pretextos para justificar su secesión, no es extraño toparse en la prensa con artículos relacionados con los argumentos históricos que buscan en el pasado las raíces de su independencia. No hace tanto que  los catalanes celebraban su fiesta nacional con la Díada.  Ese día, por extraño que parezca, se celebra la caída de Barcelona, el 11 de septiembre de 1714, en manos de las tropas borbónicas, durante la Guerra de Sucesión. Tras la contienda, derrotado el candidato de la Casa de los Austrias, el archiduque Carlos, se instaura la dinastía de los Borbones, con Felipe V. El reino de Aragón, que incluía a Cataluña, había apoyado al candidato austriaco, por lo que Cataluña pierde sus fueros e instituciones.

Guardando las distancias y teniendo en cuenta que en mi tierra, aunque orgullosos de nuestra idiosincrasia, a nadie se le ocurre emprender una huida independentista, es cierto que ante el bombardeo de noticias sobre lo que está pasando en Cataluña, en más de una ocasión hemos entendido esta anécdota catalana como cogida con pinzas, porque Molina, se puede decir que sí surgió como Señorío Independiente, en medio de las disputas entre Castilla y Aragón. La taifa de Molina fue conquistada en 1129 por Alfonso I de Aragón, pero su repoblación se llevó a cabo por el Reino de Castilla, lo que supuso el inicio de los enfrentamientos entre ambas coronas por el territorio molinés. El conflicto se resolvió por mediación de Manrique de Lara con la Concordia de Carrión, en 1137, por la que Castilla devolvió a los aragoneses las plazas de Calatayud y Daroca y las tierras de Molina fueron declaradas solariegas, reconociendo, ambas coronas, a Manrique de Lara como primer señor de Molina y de Mesa. Surgió, de esta manera, en 1138 el Señorío de Molina, independiente de ambas coronas, manteniéndose así durante un siglo y medio, hasta que María de Molina, casada con Sancho IV, rey de Castilla, lo recibiera en heredad, tras la muerte de su hermana, doña Blanca de Molina en 1281, cuando el Señorío pasó a pertenecer a la Corona de Castilla. No obstante, sus fueros se mantuvieron casi invariables hasta su abolición en 1813.

Y a estas alturas todavía son muchos los que se preguntan por qué esta comarca guadalajareña, perteneciente a la parte castellana de nuestra región, lleva el nombre de Molina de Aragón, si tras su trayectoria como territorio independiente se adhirió al reino de Castilla. Pues este confuso apellido también tiene que ver con nuestro orgullo molinés. Lo relataba perfectamente un gran amigo, Óscar Pardo de la Salud, en su blog, la semana pasada. Dos siglos más tarde, cuando Enrique de Trastámara asesinó a su hermano para subirse al trono de Castilla, decide premiar a un francés, Beltrán de Guesclin, con el título de duque y la villa y Señorío de Molina, por la ayuda prestada. No conformes con ello, los molineses decidieron integrarse en el reino de Aragón, antes de caer en manos de un francés, que además había ayudado a asesinar al legítimo Rey de Castilla, Pedro I. El entonces Rey de Aragón, Pedro IV, acogió al Señorío de Molina bajo su reinado y mandó a su hermano, Juan de Aragón, con 500 jinetes y un gran batallón para hacer frente a los ataques del rey castellano. La que fuera Molina de los Caballeros perteneció a Aragón del 5 de junio de 1369 al 5 de mayo de 1375, cuando se firmó la Paz de Almazán y el Señorío fue devuelto a la Corona de Castilla, a cambio de una importante suma de dinero y el compromiso de nupcias entre el hijo del rey de Castilla y la hija del de Aragón. Esos años, dejaron como herencia perpetua ese apellido y la Torre de Aragón, que gobierna el punto más alto de la ciudad.

La reina Isabel la Católica, en diciembre de 1475, juró ante las Cortes de Castilla, que el Señorío de Molina jamás se cedería a nadie y estaría por siempre vinculado a la Corona de Castilla. Desde entonces, todos los reyes de Castilla, primero, y de España después, han ostentado el título de Señor de Molina. Felipe VI, es el XXXII Señor de Molina, y como lo hiciera su padre, tendrá que venir a estas tierras para ser confirmado como tal.

No, no existe un fervor independentista en el Señorío de Molina, aunque sí late en los corazones de los molineses un orgullo que, de alguna manera, nos hace dueños de nuestro destino. Así que cuando llegaron a estas tierras los franceses, tampoco consentimos permanecer bajo su yugo, por lo que los ejércitos de Napoleón tuvieron que quemar y saquear la villa en varias ocasiones. El incendio más devastador tuvo lugar el 2 de noviembre de 1810, convirtiendo en cenizas buena parte del esplendor de esta ciudad. No obstante, y a pesar de sus muchas limitaciones, esta comarca fue, durante la Guerra de la Independencia, arsenal de armamento -en 1809 se levantaba una fábrica de armas de la que salían hasta 10 fusiles diarios y en la que nacían los cañones de madera reforzados con remaches de hierro que aguantaban entre 15 y 20 disparos-. También fue granero, dispensario de uniformes militares, hospital -llegó a habilitar cinco hospitales para curar a los soldados-, academia militar y punto de reunión y reorganización de los ejércitos de Guadalajara, Aragón y Soria, a cuyas Juntas nutría con asiduidad de armamento, uniformes, calzado e incluso soldados. La villa llegó a ser refugio de hasta 20.000 reclutas y en ella configuró el brigadier Villacampa, famoso por sus innumerables campañas en el bajo Aragón, su columna formada por 4.000 soldados. Bajo su mandato luchó el batallón de Molina, formado por 600 contingentes y es recordada en Molina una de las batallas en los campos de Cariñena, en julio de 1810, cuando perdía la vida Celestino Malo, abanderado de la Orden de la Virgen del Carmen. También asistió a las necesidades de Juan Martín “El Empecinado” cuyas campañas se centraron sobre todo en la zona de la Alcarria y la Sierra Norte de Guadalajara. Como reconocimiento a la heroica conducta de los habitantes de la villa”, la Comisión de Premios de la Junta Suprema Central le concedía el 8 de julio de 1811 el título de ciudad y la construcción de un monumento conmemorativo en forma de pirámide. Un año más tarde, el 9 de julio de 1812, las Cortes Constituyentes de Cádiz ratificarían el acuerdo. Durante aquella época la Institución Provincial pasó a llevar el nombre de Diputación Provincial de Guadalajara con Molina.

Bula papal en la que se reconoce este privilegio, conservada en el archivo de la Iglesia de San Gil. // Foto: M.P.

Bula papal en la que se reconoce este privilegio, conservada en el archivo de la Iglesia de San Gil. // Foto: M.P.

Misa capitular con motivo de la Inmaculada. // Foto: M.P.

Misa capitular con motivo de la Inmaculada. // Foto: M.P.

También fue una cuestión de orgullo y cabezonería la que hizo que el Papa León X concediera, el 18 de febrero de 1518, el privilegio de celebrar una misa capitular en la media noche del día 8 de diciembre, en honor a la Inmaculada Concepción de la Virgen, tres siglos antes de que la Iglesia la proclamara Dogma de Fe. Este privilegio volvió a ser ratificado en 1883, por el Papa León XIII, una vez disuelto el Cabildo de Clérigos de la Iglesia de San Gil y por iniciativa de Melchor Gaona, encargado de la parroquia. Con motivo de la celebración del centenario de la proclamación del Dogma de Fe, en el año 1954,  los molineses decidieron erigir un monumento a la Virgen de la Inmaculada en el cerro donde se erige una ermita en honor a Santa Lucía. Cada año, en la tarde del 7 de diciembre, se enciende una gran hoguera a los pies de la Virgen que asciende hacia los cielos sobre una gran columna, con la luna como pedestal y con una corona de estrellas.

Este año, además, aprovechando la afluencia de gente, se darán cita la II Feria del Regalo y la Muestra de Cortos que organiza la Asociación Cultural “Socumo”.

Mis compañeros me pedían esta mañana que escribiera un artículo sobre por qué se celebra la fiesta de la Inmaculada en Molina de Aragón y qué significa para los molineses. Para mí estos días tienen un significado muy especial y quienes me conocen saben que siempre podrán encontrarme en mi pueblo en dos fechas señaladas: El Carmen y la Inmaculada, porque en ambas, por pura tradición molinesa, puedo disfrutar de una familia numerosa como la mía.

Al fin y al cabo, creo que si de algo estamos convencidos los molineses es que somos dueños de nuestro territorio, de nuestra historia y tradiciones, pero sobre todo, de nuestro orgullo, que en definitiva, ha configurado  nuestra identidad y, todavía hoy, sigue escribiendo los capítulos de nuestra historia.

Los molineses  celebran una cena familiar similar a la de Nochebuena. // Foto: M.P.

Los molineses celebran una cena familiar similar a la de Nochebuena. // Foto: M.P.

Unas ferias con espacios lógicos

Cartel de las Ferias y Fiestas de Guadalajara 2014, realizado por Fernando Benito, con el recinto ferial como telón de fondo.

Cartel de las Ferias y Fiestas de Guadalajara 2014, realizado por Fernando Benito, con el recinto ferial como telón de fondo.

Por Concha Balenzategui

Escribía el otro día mi compañero Abraham Sanz sobre las fechas de las Ferias de Guadalajara, el gran debate de este año, respaldando el criterio del Ayuntamiento de adelantar la semana festiva y jugar con el fin de semana previo para los actos de apertura (pregón, chupinazo, desfile de carrozas…). Coincido en que el cambio es un acierto, por algunos motivos que él expuso -básicamente el ahorro y la más temprana reanudación de la actividad de la ciudad-, aunque no estoy segura de que sean los únicos que persigue el Ayuntamiento, porque creo que también busca integrar la celebración de la patrona en el resto de festejos para dotar a nuestra Semana Grande de un carácter religioso que históricamente no tiene.

Abraham terminaba hablando de un modelo festivo partido en dos, lanzando un guante que ahora recojo yo, dispuesta a meterme en un jardín que tiene difícil floración. Porque ese, el de los espacios, es el otro gran tema que subyace y que alimenta buena parte de las conversaciones festivas desde aquel 2008 en que el recinto Ferial se mudó al otro lado de la autovía. Y sobre todo, es un debate sin resolver.

Hay que reconocer que el Ferial no ha cuajado en la población tras sus seis años de existencia. Mucha gente sigue considerando que está lejos, y no va, o no va tanto como antes. Y es evidente que la fiesta nocturna ha quedado partida en dos zonas: una en ese recinto, y otra en el eje de la Concordia, San Roque y la Fuente de la Niña. Hasta aquí creo que estamos todos de acuerdo.

Lo de que el nuevo recinto ferial está lejos es absolutamente relativo. Lo está de buena parte de los barrios de la ciudad, pero de otros no tanto. Si el lugar estuviera muy alejado no andarían llorando desconsolados los hosteleros y comerciantes tradicionales de Guadalajara, que culpan de sus pérdidas a la cuota de mercado que les ha quitado Ferial Plaza. En el centro comercial no atan los perros con longaniza, no; allí también cierran los negocios. Pero el lugar registra un lleno casi todos los fines de semana del año, porque la gente -independientemente de si compra, consume o asiste al cine- , lo que es ir, sí que va.

Pero es verdad que el recinto está más alejado que el anterior del resto de los actos de nuestras Ferias. Basta recordar la marea de personas que se acercaba a tomar un montado o un pollo asado cuando acababan actos masivos como la procesión de la Virgen o el desfile de carrozas. Y ahora no sucede. Ocurre también a la salida de las corridas de toros, a pesar de que el coso de las Cruces no queda tan lejos del recinto si subimos por la calle Sigüenza. Pero pareciera que hay algo en la autovía que actúa como barrera.

Recinto ferial. // Foto: El Heraldo del Henares

Recinto ferial. // Foto: El Heraldo del Henares

Y ahí viene otra de las certezas del espinoso asunto: El Ferial sigue estando siete años después casi inaccesible, con sus tres únicas entradas. Una de ellas, el túnel de prolongación de la calle Sigüenza, se corta durante buena parte del tiempo en que a uno le apetece ir. La entrada de Cuatro Caminos es insuficiente en horas punta. Y el Ayuntamiento no ha sido capaz en tantos años de abrir el puente desde la plaza Dalí. Queda la pasarela peatonal del parque de la Amistad, que nos cuesta una barbaridad de dinero en forma de horas extras de la Policía Municipal para mantener la seguridad.
En definitiva, que quienes acudían varias veces a los chiringuitos y atracciones a lo largo del ciclo festivo, ahora acuden una o dos veces, probablemente porque tienen niños. O ninguna.

Y este hecho no tiene que ser necesariamente malo. Porque una parte del negocio se queda en los hosteleros de la ciudad, que ya se dice hasta la saciedad, pagan sus impuestos todo el año. Me comentaba el otro día el dueño de un conocido local de copas del casco viejo que este año también cerrará durante la “semana grande”. “A cualquiera de otra ciudad, cuando le cuento que tengo un bar en el centro y que cierro en Fiestas, lo flipa”, me decía. Pero ese es un asunto del que no se puede culpar al traslado del Ferial, porque ocurría antes, incluso más que ahora.

No sé si nos hemos resignado a que buena parte del ocio, las consumiciones y las compras durante todo el año se hayan fugado del casco. Pero tenemos asumido desde hace décadas que la fiesta nocturna en estos días gira en torno a las peñas, que no sé si serán “el alma de las fiestas” como tópicamente se dice, pero que sí son las señoras de la noche, y en buena medida las amas del negocio. Y digo en cierta medida porque los maleteros, el botellón, y todo tipo de barras que surgen en estos días -no siempre dependientes de las agrupaciones festivas-, se llevan una buena parte del pastel.

Y en este punto es cuando necesariamente hay que hablar, además de los espacios, de los tiempos, porque en definitiva estos determinan aquellos. Oigo al Equipo de Gobierno de la capital decir que el modelo de fiestas que propugna “es de día y de noche”. Y me entra la risa floja. ¿Es que antes de Román no había actividad de día? ¿Acaso ellos inventaron los toros, la procesión, los títeres, los magos o las estatuas humanas? ¿Fue el PP el que inició la tradición de los encierros?

Presentación del programa de Ferias por el equipo de Gobierno, esta semana. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Presentación del programa de Ferias por el equipo de Gobierno, esta semana. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Lo que tengo cada vez más claro es que estas fiestas solo puede tender hacia un modelo que llene de actos el día en la ciudad y los concentre durante la noche en un punto. La fiesta de día debe estar en el centro, porque es para el disfrute de todos los públicos, de todos los vecinos, de todas las edades. Los encierros, los toros, los desfiles -sean estos procesionales, de peñistas o de carrozas- deben estar en el casco, que es como es el salón de la casa común que es la ciudad. No se puede pretender llevar actividades a todos los barrios de la ciudad, porque no se puede contentar a todo el mundo, y además se dispersa la fiesta. Pero sí que se deben escoger las plazas, parques y deambulatorios más concurridos para la música, la risa, las actividades infantiles o culturales.

La noche también puede tener su espacio en la ciudad, me refiero a la noche temprana, esa de la verbena oficial o de los conciertos, supeditados estos a los espacios más adecuados. Pero a partir de la medianoche, hay que admitir que la fiesta no es para todos los públicos, y debe conjugar dos derechos, el de la diversión y el del descanso, especialmente las vísperas de días laborables.

Qué quieren que les diga. A mí también me gustaba ese modelo de madrugada en el que cada parque o zona tenía una verbena, gracias a las peñas, e ibas de una a otra bailando y encontrándote con los amigos. Quizá porque era más joven. Pero hace tiempo que Guadalajara desterró ese esquema sacando a las peñas de los edificios (lo dijo hasta la Defensora del Pueblo), denegando a algunas el permiso de instalarse en los parques, y trasladando un Ferial por las presiones de los vecinos, a los que, seamos realistas, no molestaban tanto los puestos y los caballitos como las carpas y sus verbenas.

Y el Ayuntamiento se ha quedado a medias en ese camino. Prometió a las peñas que fueron al Ferial que todas acabarían allí. Pero lejos de hacerlo, ha discriminado a las que obedecieron más o menos voluntariamente, frente a las que siguen en los parques de la ciudad. Y favorece también a los vecinos del antiguo Ferial -parece que se ganaron su derecho al descanso el día que le montaron una bronca en el pregón a Alique- respecto a otros muchos que siguen aguantando mecha: Los del Fuerte, la zona alta de las Eras del Canario, o los del mismísimo parque de la Concordia, donde se mantienen peñas y verbenas a las puertas de casa. Y el ambiente de la noche se divide en dos: O vas a Ferial (cada vez menos) o te quedas en la ciudad.

Llegados a este punto, es casi imposible la marcha atrás y que regresen peñas y ferial a sus antiguas ubicaciones. Pero tampoco puede perpetuarse esta situación que deja insatisfechos a muchos vecinos, a la mayoría de los peñistas, a los hosteleros, a los atletas que usan las pistas de la Fuente de la Niña, y a los feriantes que han visto mermado ostensiblemente su negocio. La única solución que veo pasa por ampliar el actual ferial y concentrar en él toda la fiesta de madrugada, todas las peñas, sus verbenas, e incluso acondicionar una zona para conciertos, con las medidas de seguridad adecuadas.

La fiesta de pago

Fuegos artificialesPor Concha Balenzategui

– ¿Estuviste en las fiestas de tu pueblo?
– No, no pude. Sólo tenía libre el fin de semana.
– ¿No pasaste ni una noche por la verbena?
– No. No merece la pena pagar para ir sólo un día…

He tenido varias conversaciones similares estos días en Guadalajara. Hijos de los pueblos, de los que acuden muchos fines de semana durante el año y alguna temporada en verano, pero que cierran la casa del pueblo cuando llegan las fiestas patronales. La razón está clara. Se les exige pagar 70 u 80 euros por adulto por participar en los festejos. No exagero nada: Hay sitios incluso más caros, y otros con cuotas también para menores. En definitiva, que si se multiplica el gasto por los miembros de la familia, para muchos se pone en un pico estar los días grandes en su patria chica.

El pago es obligatorio para los vecinos y descendientes. No importa que no les gusten los toros o que apenas disfruten un rato de la verbena que, dicho sea de paso, cada vez comienzan más tarde en los pueblos porque el objetivo es adentrarse “hasta altas horas de la madrugada”, como rezan los programas. Aunque muchos mayores sigan añorando el “pase de tarde” y muchos de los trasnochadores apenas pisan el baile, porque están en las peñas o en torno a los maleteros de los coches convertidos en abrevaderos. Debate clásico veraniego donde los haya.

El caso es que, para quienes sólo tienen unos días libres, no compensa pagar. Los que disponen de tiempo, pero no de dinero -como el caso de los parados- tampoco pueden. Pero lo más curioso es que los que optan por no abonar su cuota, ya no pueden pisar el pueblo esos días. Porque se exponen a que les pongan la cara de siete colores mientras están tomando una cerveza.

Otra situación que he vivido más de un año por estas fechas de finales de agosto y principios de septiembre: Los amigos que han ido volviendo a la capital después de las vacaciones se reúnen una noche para volver a verse las caras y contarse las anécdotas del verano. Afortunadamente nadie ha revelado las fotos de los viajes, porque la costumbre se perdió con las cámaras digitales y todos se ahorran ese rato. Como quedan ganas de fiesta y faltan aún días para que empiecen las Ferias, alguien propone ir a un pueblo de los que celebran verbenas en estas fechas.

– No, a mi pueblo no podemos ir, que este año no he pagado la fiesta.
– Pero si sólo vamos a ir a tomarnos un par de copas a la plaza y nos volvemos…
– Ya, pero no me pueden ver por allí. Si queréis, id vosotros…

En definitiva, yo, que no desciendo de ningún pueblo de la provincia ni tengo casa de verano en ella, soy libre de disfrutar de los encierros, procesiones y bailes que se me antoje. Gratis. Pero como seas del pueblo, o pagas o ni te asomes.

Me cuentan que en algunos sitios de la Alcarria “profunda” hay comisiones de festejos especialistas en hacer pasar vergüenza a los morosos de la fiesta. Hay casos en los que mantienen una vigilancia férrea sobre los que han pagado, por si ese amigo al que se han traído al pueblo es “algo más que amigo”. Si se les ve cogerse de la mano o besarse, es síntoma inequívoco de que el invitado debería haber contribuido económicamente.

Antiguamente, por ejemplo, se preguntaba eso de “¿Paga ya el toro?” sobre el nuevo novio de una joven del pueblo, para averiguar el grado de compromiso de sus relaciones. Una fórmula similar a la de “¿ya entra en casa?”, que se usaba para saber si la pareja “iba en serio”, que se solía decir. Y por lo que me cuentan, no son usos desterrados, en absoluto.

Sabemos todos que muchos ayuntamientos han pasado calamidades para organizar sus fiestas estos últimos veranos. El dinero del ladrillo, de la nuclear o de las cortas de pinos, ya no es lo que era, y los programas de fiestas se resienten. Fundamentalmente en el capítulo taurino, el más caro del programa, que ha sido disminuido, cuando no directamente suprimido, en infinidad de localidades.

Pero también es cierto que las cuotas festivas vecinales de algunos sitios se han vuelto inalcanzables para muchas familias golpeadas por la crisis. Si hemos “vivido por encima de nuestras posibilidades” en lo que a encierros o verbenas se refiere, habrá que rectificar. Y eso también pasa por racionalizar las cuotas de fiestas y fomentar otras fuentes de financiación.

No hay que rascarse mucho la cabeza, porque las rifas, los bingos o las ventas de bocadillos se inventaron hace tiempo y siguen en vigor. Pero lo que no puede perpetuarse es que uno se sienta incómodo en su propio pueblo el día en que debería compartir la fiesta con sus vecinos u honrar a su patrón. O que no pueda hacerlo, sencillamente, porque es pobre.