Los Centros de Interpretación y el refranero

El Parque Natural del Alto Tajo cuenta con cuatro centros de interpretación. // Foto: M.P.

El Parque Natural del Alto Tajo cuenta con cuatro centros de interpretación. // Foto: M.P.

Por Marta Perruca

A estas alturas de la vida, una va asumiendo que aunque el refranero popular sí tiene todas las respuestas, no necesariamente tiene por qué llevar razón. Por ejemplo, existen dichos perversos como: “menos da una piedra”, “menos es nada” o “a falta de pan, buenas son tortas”,  que nos explotan en la cara  en muchos de nuestros empeños y empresas. Se trata de esa última frase lapidaria que casi nos obliga a conformarnos con algo que no llega, ni de lejos, a lo que necesitaríamos o consideraríamos óptimo, pero “es lo que hay” y “menos es nada”.

Y el caso es que, aunque a todas luces algo siempre va a ser más que nada, si necesitamos pan y nos dan tortas, esas tortas serán más que nada, pero no nos sirven.

Me quedé estupefacta cuando llegó a mis manos el calendario de apertura de los Centros de Interpretación del Parque Natural del Alto Tajo, de este verano. Probablemente, muchos se preguntarán, ¿pero han estado abiertos? Y la respuesta podrá ser afirmativa, pero abrir seis días al año y nada, para mí, es lo mismo, y más si no se realiza una campaña de información efectiva para que, al menos, los visitantes que se encontraban en nuestro territorio durante esas fechas pudieran haber disfrutado de una visita que tienen vedada los turistas que se acercan aquí durante el resto del año.

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Primera desidia: El Estratotipo de Fuentelsaz

Límite del Jurásico Medio y Superior en el Estratotipo de Fuentelsaz. // Foto: José Antonio Martínez

Límite del Jurásico Medio y Superior en el Estratotipo de Fuentelsaz. // Foto: José Antonio Martínez

Por Marta Perruca

Quiero comenzar este artículo con una declaración de intenciones. En los últimos tiempos me he encontrado con una serie de problemas que esconden tras de sí una larga trayectoria de desidias. Son cuestiones que no alcanzo a comprender, porque su desarrollo no guarda coherencia alguna, salvo la falta de voluntad, el abandono y, como decía, la desidia. No se trata de cuestiones de bulto que se puedan enumerar en una única reflexión, sino consideraciones de enjundia que, creo, deben ser tratadas desde la importancia que tienen, por lo que me he propuesto analizar su trasfondo en una serie de artículos que hoy dan su pistoletazo de salida y que iré retomando en las próximas semanas, precisamente,  bajo el título de “desidias”, cuando la actualidad lo permita.

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Orgullosos de un patrimonio escondido

Por Luis Carcavilla

Luis Carcavilla, en el glaciar de Fox (Nueva Zelanda).

Luis Carcavilla, en el glaciar de Fox (Nueva Zelanda).

Recuerdo que un día, en el colegio, el profesor de inglés nos estaba explicando algunas diferencias entre la forma de vivir de los españoles y los anglosajones. Para mostrarnos la movilidad que ellos tienen, nos preguntó: ¿Cuántos de vosotros habéis vivido en más de un pueblo o ciudad? Levantaron la mano 5 ó 6 compañeros. ¿Y cuantos en más de dos? Y entonces, sólo yo levanté la mano. ¡Vaya!, dijo, ¿en cuántos exactamente? En seis, le respondí. Pues eso sí que es raro para un español -dijo- ¡Incluso para un norteamericano!

Quizá haya sido esa movilidad de mi infancia la que haya provocado que no tenga mucho arraigo por ningún lugar en concreto. Aunque como decía Serrat, nací en el Mediterráneo, en Aragón tenía un pueblecito (esto también lo decía Serrat), aunque reconozco que últimamente sólo lo visito para acudir a funerales y entierros. Puede parecer triste eso de no tener un pueblo o una casa familiar: un lugar de referencia al que siempre se puede acudir y que sirve de “kilómetro cero” en nuestras vidas, pero de pequeño me enseñaron a intentar hacer de las debilidades, fortalezas.  También cuando era niño mi madre me inculcó su pasión por viajar y conocer otros lugares, otras gentes y otras culturas. Así que, quizá como un mecanismo de supervivencia, o porque no me quedaba más remedio, me pareció que eso de mudarme de una ciudad a otra era una manera de poner en práctica mi afición.

Con los años, viajar y conocer otros territorios se convirtió en parte importante de mi trabajo como geólogo y en una constante en mi afición por escalar montañas. De manera que, pensándolo bien, se podría decir que he estado toda mi vida moviéndome de un sitio a otro, ya sea por obligación, por placer o por trabajo. Pero también veo que, casi sin darme cuenta, a lo largo del tiempo he ido arraigándome a diversos territorios con los que no me une un vínculo familiar, sino sólo emocional y uno de ellos es la Comarca de Molina de Aragón y el Alto Tajo.

Castillo de Alpetea (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Castillo de Alpetea (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Soy consciente de que mi formación como geólogo no sólo marca mi profesión, sino también mi forma de ver el mundo. Es verdad, los paisajes del Alto Tajo me inspiran sentimientos de admiración, pero hay un aspecto natural de este territorio con el que tengo especial conexión. Estos bellos paisajes se configuran sobre un sustrato geológico que, a veces de manera evidente y otras mucho más sutilmente, esconden un valioso patrimonio. Al igual que un resto arqueológico puede aportar información suficiente como para revelar el modo de vida de aquellos que lo crearon, las rocas nos proporcionan información sobre cómo era el planeta cuando se formaron.

Hay lugares en los que las rocas nos cuentan, de manera excepcional, historias sorprendentes del pasado de la Tierra. Gracias a este tipo de espacios podemos saber que en su día, lo que hoy es la provincia de Guadalajara, estuvo sumergida bajo un gélido mar en el que flotaban icebergs o que, por el contrario, en otra época estuvo cubierta por un cálido mar tropical lleno de vida y plagado de corales; que terribles oleadas ardientes provenientes de erupciones volcánicas abrasaron su superficie; que los dinosaurios caminaron por estas tierras o que la tranquila sedimentación en un profundo mar generó considerables cantidades de petróleo. También nos desvelan que hubo un tiempo en el que Guadalajara era una gran salina natural, o que formó parte de una enorme cordillera, de la que hoy sólo se conservan sus cimientos, aunque fue tan alta como el Himalaya.

Lo cierto es que muchos de estos lugares sólo se comprenden si un especialista nos los explica: si algún experto en este tema nos revela su valor. Pero lo mismo ocurre, por ejemplo, con las pinturas y grabados rupestres, de los que precisamente la Comarca de Molina y el Alto Tajo tiene excepcionales ejemplos, incluso declarados Patrimonio de la Humanidad: el verdadero valor se lo damos cuando entendemos lo que significaba para nuestros remotos antepasados grabar, hace decenas de miles de años, la silueta de un animal, por muy tosco que nos parezca el trazo visto desde nuestra perspectiva artística actual. Su valor no reside sólo en el grabado en sí, sino también en lo que nos cuenta y revela.

Árbol en posición de vida del Bosque Fósil de la Sierra de Aragoncillo. // Foto: M.P.

Árbol en posición de vida del Bosque Fósil de la Sierra de Aragoncillo. // Foto: M.P.

Leer sobre las rocas y poder descifrar esta información me parece apasionante y es una parte importante de lo que me conecta con este territorio. Por ello pienso que, al igual que yo puedo “arraigarme” a un territorio por la admiración de su patrimonio geológico, los “ya arraigados” pueden encontrar en la geología un argumento más para sentirse orgullosos de su tierra y, desde luego, la provincia de Guadalajara tiene argumentos geológicos para sentirse orgullosa.

¿Sabíais que se han encontrado en Guadalajara minerales que se formaron hace más de 2.000 millones de años? Basta con pararse un momento a pensar lo que son 2.000 millones de años… ¿Y que hay manuales técnicos leídos por geólogos de todo el mundo que tienen en su portada la Sierra de Caldereros? ¿Sabíais que existen ejemplares de minerales procedentes de Hiendelancina en los mejores museos del mundo; que cerca de Checa está uno de los yacimientos más importantes del planeta de fósiles de unos organismos hoy extinguidos llamados graptolitos o que se descubrieron en Guadalajara dos nuevos minerales y que, por error a la hora de ubicar su origen, llevan el nombre de andalucita y aragonito y así se les llama en todo el mundo?

Casi con toda seguridad, la mayor parte de los lectores responderían a estas preguntas de manera negativa y la verdad es que no se les puede culpar de falta de interés o desconocimiento. El problema está en que, probablemente, nadie se lo había contado hasta ahora.

El estratotipo de Fuentelsaz es el mejor ejemplo y referencia a nivel mundial para conocer el tránsito del Jurásico inferior, al medio. // Foto: José Antonio Martínez

El estratotipo de Fuentelsaz es el mejor ejemplo y referencia a nivel mundial para conocer el tránsito del Jurásico inferior, al medio. // Foto: José Antonio Martínez

En Fuentelsaz se encuentra uno de los principales hitos de la geología de España. Cualquier geólogo del mundo que trabaje con rocas del Jurásico medio tiene que hacer mención a este municipio, porque allí está la referencia mundial para ese periodo. Fueron necesarios más de 20 años para que los geólogos determinaran que ese era el mejor lugar del mundo, pero permanece en el olvido de las administraciones. Hasta hace unos años era el único lugar de España que tenía esta categoría, por lo que, desde hace más de 15 años, estamos intentado que se proteja, que se divulgue y que se haga a la población partícipe de ese tesoro. En los últimos años se han identificado en España otros tres lugares con esta característica: ser el referente mundial para un determinado periodo de tiempo, demostrando la enorme riqueza geológica de España. En cada uno de ellos su descubrimiento fue portada de todos los periódicos autonómicos y su declaración fue anunciada por las más altas instituciones políticas. Pero Fuentelsaz sigue en el olvido. Sus habitantes podrían estar orgullosos de saber que, a escasos metros de sus casas, hay un lugar único: un patrimonio de valor mundial que hace que citar el nombre de su pueblo sea habitual en determinados círculos científicos y que, paradójicamente, investigadores de todo el mundo sepan dónde está, mientras que muchos de los vecinos de su provincia no serían capaces de ubicarlo en un mapa.

Cascada del Campillo (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Cascada del Campillo (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Volviendo a la reflexión del principio, sí, reconozco que mi falta de referencia geográfico-emotiva es una carencia importante. Por eso siempre he mirado con cierta envidia y con mucha admiración a las personas que tienen una fuerte implicación con su territorio, que se identifican con él y que luchan por hacerlo cada vez mejor. Tan cierto como que Guadalajara posee un patrimonio geológico excepcional, y tan cierto como que este sufre un importante abandono por parte de las administraciones, es que en los últimos años ha surgido un rayo de luz que hace que también esta provincia pueda ser ejemplo de cómo aprovechar esta riqueza. La declaración del Geoparque de la Comarca de Molina-Alto Tajo, uno de los diez existentes en España bajo los auspicios de la UNESCO, hace que la conservación y utilización del patrimonio geológico como recurso turístico, didáctico y cultural tenga una oportunidad. Y esto lo ha logrado gente orgullosa de su tierra. Gente que, en muchos casos, no llega a entender totalmente el significado geológico de estos afloramientos, pero que sabe valorar que son importantes y que, en parte, les representan. Personas para las que conocer la riqueza natural de su tierra es tan importante como conservarla;  que en una época como en la que vivimos, en la que se valora lo común, pero también lo que nos hace distintos y singulares, han entendido que el patrimonio geológico es uno más de los argumentos y han convencido a las administraciones para que vuelquen en el proyecto del Geoparque sus esfuerzos (humanos y económicos), como ellos hacen altruistamente y por convicción propia.  Personas normales y corrientes, pero capaces de contagiar el amor por su tierra a sus vecinos, o incluso a desarraigados como yo.

Por todo ello esta tierra es para mí un lugar especial y por eso tengo aquí uno de mis “kilómetros cero”. Quizá por sus paisajes, quizá por su geología, quizá por las miles de horas de campo que he pasado en esta comarca pero, con toda seguridad, porque aquí he conocido personas orgullosas de un patrimonio escondido, dispuestas a darlo a conocer como una parte más de su propia identidad.

* Luis Carcavilla Urquí (Castellón de la Plana, 1973) es Doctor en Geología y Científico Titular del Instituto Geológico y Minero de España (IGME). Sus líneas de trabajo son la geoconservación y la divulgación de la geología. En estas materias es autor de seis libros y ha participado en otros 15. Ha mantenido una intensa actividad profesional en la provincia de Guadalajara, participando en la redacción de los informes geológicos para la declaración de muchos de sus espacios naturales protegidos. Hace diez años inició sus trabajos en el Parque Natural del Alto Tajo, donde diseñó la red de geo-rutas y escribió la guía geológica, galardonada con el Premio Ciencia en Acción como la mejor publicación iberoamericana de divulgación científica del año 2009. Actualmente está implicado en el proyecto del Geoparque de la Comarca de Molina-Alto Tajo, del que es Coordinador de su Comité científico.