El poder de la fotografía

Velasco

Juan Ramón Velasco es el Presidente de la Agrupación Fotográfica de Guadalajara

Por Juan R. Velasco*

Desde que Niépce consiguiera captar la luz en lo que podríamos llamar la primera fotografía, este arte se ha ido popularizando, primero poco a poco, y mas tarde a mayor ritmo, hasta llegar al día de hoy.

Desde luego, las primeras cámaras no eran fáciles de manejar, y mucho menos de transportar. La fotografía se hacia fundamentalmente en los estudios, o excepcionalmente en las calles o en la naturaleza, entendidas como gran escenario natural. Las cámaras eran enormemente pesadas y voluminosas, y aun así, las imágenes que captaron aquellos grandes negativos, hechos con placas de vidrio, son documentos excepcionales para entender la vida de nuestros antepasados. Sigue leyendo

Los verdaderos protagonistas


Por Marta Perruca

¿Si tuvieras que escribir un “hexágono” de qué hablarías? Suelo hacer esta pregunta entre la gente de mi alrededor, porque reconozco que muchas veces no es fácil sentarse delante del ordenador y dar forma a este artículo, sobre todo después de dos años y medio sin faltar ni una solo día a mi cita de los jueves. A veces creo que los temas se me agotan y me pregunto si realmente estaré cumpliendo con esos fieles lectores que todas las semanas se asoman a este rincón que encabeza mi firma.

Sí, han pasado dos años y medio desde aquel 15 de agosto en el que dimos por inaugurado este hexágono y aún hoy, todavía me parece sorprendente constatar que alguien, quizá al otro lado del mundo, dedique unos minutos todos los jueves a leer lo que escribo. Quizá por eso hoy me he preguntado ¿qué contarían ellos si tuvieran la oportunidad de escribir un hexágono?

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Próximo destino: Guadalajara

Susana Ruiz es Guía Oficial de Turismo y trabaja en el sector desde 1997.//Foto: José González Guijarro

Susana Ruiz es Guía Oficial de Turismo y trabaja en el sector desde 1997.//Foto: José González Guijarro

Por Susana Ruiz Herrera*

Siempre estuve convencida del potencial turístico de la provincia de Guadalajara. Me gusta ir a contracorriente.

Es espectacular recorrer estas tierras que nos sorprenden y regalan a cada paso espacios naturales de una biodiversidad impresionante, además de una riqueza en patrimonio histórico-artístico y etnográfico diferente en cada comarca. Emociona preparar cada viaje sabiendo que en cualquier rincón de sus 12.202 kilómetros cuadrados la ruta se hará única gracias a las sorpresas a descubrir. Y todo este patrimonio combinado con ricas tradiciones gastronómicas y nuestra privilegiada localización geográfica, conforma un atractivo estímulo para la iniciativa privada (¿y la pública?) que supondría un fuerte impulso para el desarrollo socio-económico de muchas zonas de la provincia.

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Aún estamos a tiempo

El autor del artículo, el arqueólogo cabanillero Pablo Aparicio.

El autor del artículo.

Por Pablo Aparicio Resco *

Tomar una fotografía de la situación actual del patrimonio histórico-artístico de Guadalajara no es sencillo, da ciertos sudores y uno no sabe por dónde empezar a meter mano. El camino no es directo, habrá idas y venidas, ilusiones y desaliento, pero merecerá la pena si nos ayuda a entender un poco mejor los grises de nuestra ciudad.

El patrimonio de esta capital de provincia tiene, quizás, algo del mito de Edipo. Sigue leyendo

Orgullo molinés

Los molineses encienden una gran hoguera a los pies del monumento erigido con motivo del centenario del Dogma de Fe de la Inmaculada Concepción. // Foto: M.P.

Los molineses encienden una gran hoguera a los pies del monumento erigido con motivo del centenario del Dogma de Fe de la Inmaculada Concepción. // Foto: M.P.

Por Marta Perruca

Tengo que reconocer que, aunque suelo subir rauda y ligera a esta atalaya, no me resulta nada fácil hacer un análisis frío y aséptico de los paisajes que se ciernen a sus pies. De alguna manera, no sólo me siento reina de esta torre, sino que creo que todo lo que puedo contemplar hasta el horizonte me pertenece, hasta tal punto que forma parte de mí, de lo que fui, soy y llegaré a ser y, en definitiva, de mi identidad. Siempre he dicho que el frío tan característico de estas parameras y sierras molinesas forja el carácter y que los vecinos de estos páramos tienen un patrimonio que está por encima de sus hermosos paisajes, de sus castillos y fortalezas y de su legado histórico, arqueológico o cultural. Estoy hablando de lo que otras veces he definido como “el orgullo molinés” y que el filósofo, escritor y economista, José Luis Sampedro, describió muy bien cuando su libro “El río que nos lleva” le descubrió estas tierras molinesas. Él definió a sus gentes como personas “graves pero acogedoras, tradicionales pero abiertas, bien asentadas en su dignidad como un patrimonio supremo e irrenunciable.”

Sí, los molineses somos muy molineses, además de obstinados y cabezotas, y nos sentimos dueños de nuestros páramos y sierra y orgullosos de nuestra historia y tradiciones.

Me dispongo a escribir este artículo por aclamación popular del modesto quórum que forma este Hexágono. Ellos me pedían esta mañana que escribiera sobre lo que en mi tierra se conoce como “la pequeña Navidad o la Navidad chica”, es decir, la festividad de la Inmaculada en Molina de Aragón, una de las particularidades de esta ciudad, por la que los molineses adelantamos casi 20 días en el calendario la celebración de la Navidad, para reunirnos en torno a la hoguera, sentarnos a la mesa en familia y acudir a la tradicional Misa de Gallo, como parte de un privilegio único en el mundo con más de cinco siglos de historia.

El caso es que, cuando me he enfrentado al papel en blanco no he podido evitar reconocer en esta fiesta ese orgullo molinés y, entonces, han volado por mi cabeza todas las páginas de la historia que ha contemplado el imponente castillo-alcázar de Molina de Aragón desde sus almenas y, en todas ellas, he vuelto a reconocer ese orgullo de los molineses, a un tiempo, “graves pero acogedores, tradicionales pero abiertos, bien asentados en su dignidad, como un patrimonio supremo e irrenunciable”.

Ahora que en Cataluña la cosa de la independencia anda más revuelta que de costumbre y surgen a raudales los pretextos para justificar su secesión, no es extraño toparse en la prensa con artículos relacionados con los argumentos históricos que buscan en el pasado las raíces de su independencia. No hace tanto que  los catalanes celebraban su fiesta nacional con la Díada.  Ese día, por extraño que parezca, se celebra la caída de Barcelona, el 11 de septiembre de 1714, en manos de las tropas borbónicas, durante la Guerra de Sucesión. Tras la contienda, derrotado el candidato de la Casa de los Austrias, el archiduque Carlos, se instaura la dinastía de los Borbones, con Felipe V. El reino de Aragón, que incluía a Cataluña, había apoyado al candidato austriaco, por lo que Cataluña pierde sus fueros e instituciones.

Guardando las distancias y teniendo en cuenta que en mi tierra, aunque orgullosos de nuestra idiosincrasia, a nadie se le ocurre emprender una huida independentista, es cierto que ante el bombardeo de noticias sobre lo que está pasando en Cataluña, en más de una ocasión hemos entendido esta anécdota catalana como cogida con pinzas, porque Molina, se puede decir que sí surgió como Señorío Independiente, en medio de las disputas entre Castilla y Aragón. La taifa de Molina fue conquistada en 1129 por Alfonso I de Aragón, pero su repoblación se llevó a cabo por el Reino de Castilla, lo que supuso el inicio de los enfrentamientos entre ambas coronas por el territorio molinés. El conflicto se resolvió por mediación de Manrique de Lara con la Concordia de Carrión, en 1137, por la que Castilla devolvió a los aragoneses las plazas de Calatayud y Daroca y las tierras de Molina fueron declaradas solariegas, reconociendo, ambas coronas, a Manrique de Lara como primer señor de Molina y de Mesa. Surgió, de esta manera, en 1138 el Señorío de Molina, independiente de ambas coronas, manteniéndose así durante un siglo y medio, hasta que María de Molina, casada con Sancho IV, rey de Castilla, lo recibiera en heredad, tras la muerte de su hermana, doña Blanca de Molina en 1281, cuando el Señorío pasó a pertenecer a la Corona de Castilla. No obstante, sus fueros se mantuvieron casi invariables hasta su abolición en 1813.

Y a estas alturas todavía son muchos los que se preguntan por qué esta comarca guadalajareña, perteneciente a la parte castellana de nuestra región, lleva el nombre de Molina de Aragón, si tras su trayectoria como territorio independiente se adhirió al reino de Castilla. Pues este confuso apellido también tiene que ver con nuestro orgullo molinés. Lo relataba perfectamente un gran amigo, Óscar Pardo de la Salud, en su blog, la semana pasada. Dos siglos más tarde, cuando Enrique de Trastámara asesinó a su hermano para subirse al trono de Castilla, decide premiar a un francés, Beltrán de Guesclin, con el título de duque y la villa y Señorío de Molina, por la ayuda prestada. No conformes con ello, los molineses decidieron integrarse en el reino de Aragón, antes de caer en manos de un francés, que además había ayudado a asesinar al legítimo Rey de Castilla, Pedro I. El entonces Rey de Aragón, Pedro IV, acogió al Señorío de Molina bajo su reinado y mandó a su hermano, Juan de Aragón, con 500 jinetes y un gran batallón para hacer frente a los ataques del rey castellano. La que fuera Molina de los Caballeros perteneció a Aragón del 5 de junio de 1369 al 5 de mayo de 1375, cuando se firmó la Paz de Almazán y el Señorío fue devuelto a la Corona de Castilla, a cambio de una importante suma de dinero y el compromiso de nupcias entre el hijo del rey de Castilla y la hija del de Aragón. Esos años, dejaron como herencia perpetua ese apellido y la Torre de Aragón, que gobierna el punto más alto de la ciudad.

La reina Isabel la Católica, en diciembre de 1475, juró ante las Cortes de Castilla, que el Señorío de Molina jamás se cedería a nadie y estaría por siempre vinculado a la Corona de Castilla. Desde entonces, todos los reyes de Castilla, primero, y de España después, han ostentado el título de Señor de Molina. Felipe VI, es el XXXII Señor de Molina, y como lo hiciera su padre, tendrá que venir a estas tierras para ser confirmado como tal.

No, no existe un fervor independentista en el Señorío de Molina, aunque sí late en los corazones de los molineses un orgullo que, de alguna manera, nos hace dueños de nuestro destino. Así que cuando llegaron a estas tierras los franceses, tampoco consentimos permanecer bajo su yugo, por lo que los ejércitos de Napoleón tuvieron que quemar y saquear la villa en varias ocasiones. El incendio más devastador tuvo lugar el 2 de noviembre de 1810, convirtiendo en cenizas buena parte del esplendor de esta ciudad. No obstante, y a pesar de sus muchas limitaciones, esta comarca fue, durante la Guerra de la Independencia, arsenal de armamento -en 1809 se levantaba una fábrica de armas de la que salían hasta 10 fusiles diarios y en la que nacían los cañones de madera reforzados con remaches de hierro que aguantaban entre 15 y 20 disparos-. También fue granero, dispensario de uniformes militares, hospital -llegó a habilitar cinco hospitales para curar a los soldados-, academia militar y punto de reunión y reorganización de los ejércitos de Guadalajara, Aragón y Soria, a cuyas Juntas nutría con asiduidad de armamento, uniformes, calzado e incluso soldados. La villa llegó a ser refugio de hasta 20.000 reclutas y en ella configuró el brigadier Villacampa, famoso por sus innumerables campañas en el bajo Aragón, su columna formada por 4.000 soldados. Bajo su mandato luchó el batallón de Molina, formado por 600 contingentes y es recordada en Molina una de las batallas en los campos de Cariñena, en julio de 1810, cuando perdía la vida Celestino Malo, abanderado de la Orden de la Virgen del Carmen. También asistió a las necesidades de Juan Martín “El Empecinado” cuyas campañas se centraron sobre todo en la zona de la Alcarria y la Sierra Norte de Guadalajara. Como reconocimiento a la heroica conducta de los habitantes de la villa”, la Comisión de Premios de la Junta Suprema Central le concedía el 8 de julio de 1811 el título de ciudad y la construcción de un monumento conmemorativo en forma de pirámide. Un año más tarde, el 9 de julio de 1812, las Cortes Constituyentes de Cádiz ratificarían el acuerdo. Durante aquella época la Institución Provincial pasó a llevar el nombre de Diputación Provincial de Guadalajara con Molina.

Bula papal en la que se reconoce este privilegio, conservada en el archivo de la Iglesia de San Gil. // Foto: M.P.

Bula papal en la que se reconoce este privilegio, conservada en el archivo de la Iglesia de San Gil. // Foto: M.P.

Misa capitular con motivo de la Inmaculada. // Foto: M.P.

Misa capitular con motivo de la Inmaculada. // Foto: M.P.

También fue una cuestión de orgullo y cabezonería la que hizo que el Papa León X concediera, el 18 de febrero de 1518, el privilegio de celebrar una misa capitular en la media noche del día 8 de diciembre, en honor a la Inmaculada Concepción de la Virgen, tres siglos antes de que la Iglesia la proclamara Dogma de Fe. Este privilegio volvió a ser ratificado en 1883, por el Papa León XIII, una vez disuelto el Cabildo de Clérigos de la Iglesia de San Gil y por iniciativa de Melchor Gaona, encargado de la parroquia. Con motivo de la celebración del centenario de la proclamación del Dogma de Fe, en el año 1954,  los molineses decidieron erigir un monumento a la Virgen de la Inmaculada en el cerro donde se erige una ermita en honor a Santa Lucía. Cada año, en la tarde del 7 de diciembre, se enciende una gran hoguera a los pies de la Virgen que asciende hacia los cielos sobre una gran columna, con la luna como pedestal y con una corona de estrellas.

Este año, además, aprovechando la afluencia de gente, se darán cita la II Feria del Regalo y la Muestra de Cortos que organiza la Asociación Cultural “Socumo”.

Mis compañeros me pedían esta mañana que escribiera un artículo sobre por qué se celebra la fiesta de la Inmaculada en Molina de Aragón y qué significa para los molineses. Para mí estos días tienen un significado muy especial y quienes me conocen saben que siempre podrán encontrarme en mi pueblo en dos fechas señaladas: El Carmen y la Inmaculada, porque en ambas, por pura tradición molinesa, puedo disfrutar de una familia numerosa como la mía.

Al fin y al cabo, creo que si de algo estamos convencidos los molineses es que somos dueños de nuestro territorio, de nuestra historia y tradiciones, pero sobre todo, de nuestro orgullo, que en definitiva, ha configurado  nuestra identidad y, todavía hoy, sigue escribiendo los capítulos de nuestra historia.

Los molineses  celebran una cena familiar similar a la de Nochebuena. // Foto: M.P.

Los molineses celebran una cena familiar similar a la de Nochebuena. // Foto: M.P.

El Infantado, patrimonio de Guadalajara ¿Y de la humanidad?

Postal del Palacio del Infantado antes de la Guerra Civil. // Foto: http://perso.wanadoo.es/jarecio/album/Guadalajara/

Postal del Palacio del Infantado antes de la Guerra Civil. // Foto: http://perso.wanadoo.es/jarecio/album/Guadalaj ara/

Imagen del Palacio del Infantado después de la Guerra Civil. // Foto: http://humanidadestoledo.uclm.es/

Imagen del Palacio del Infantado después de la Guerra Civil. // Foto: http://humanidadestoledo.uclm.es/

Por Marta Perruca

Mi padre suele relatar que cuando él hizo la mili, allá por el año 55 del siglo pasado, el cuartel se encontraba frente al Palacio del Infantado y los militares custodiaban la llave de unos sublimes restos abatidos por los bombardeos, durante la Guerra Civil. Cuenta que en su patio interior yacían los leones derrotados en el suelo y que al atravesar el umbral de la puerta se encontraban con un cielo abierto. Sin embargo, la belleza de esos restos seguía atrayendo a un buen número de curiosos y visitantes.

El aspecto actual del edificio más emblemático de Guadalajara se debe a la reconstrucción que se abordó a principios de los años 60, cuando fue cedido a la Diputación Provincial para realizar un gran proyecto museístico, iniciándose así su rehabilitación y reconstrucción, aunque el edificio ya no recuperaría jamás el esplendor que tuvo en el Renacimiento, perdiéndose para siempre sus excepcionales artesonados mudéjares, únicos en el mundo.

No sé a vosotros, pero a mí la imagen de esos leones -que hoy vemos colgados en esos excepcionales arcos mudéjares- arrinconados y sedientos de admiración en un patio cebado de ruina, siempre me ha parecido demoledora. Quizá porque son incontables las horas que he permanecido absorta en cada uno esos complejos trazados, cuando las horas de estudio se me antojaban casi mágicas en aquellas robustas mesas y sillas de porte elegante de la antigua sala de estudio de la Bibliteca Provincial, antes de que se mudara a otro Palacio, el de Dávalos. Allí también me maravillaban sus balconadas, que rematan la fachada más noble del edificio y los paseos por sus modestos jardines, quizá no tan pomposos como lo fueran en su tiempo, pero aún con cierto encanto.

Supongo que algo parecido debieron sentir los vecinos de la postguerra en Guadalajara al contemplar las postrimerías de un majestuoso Real Alcázar, que hoy desluce un aspecto ruinoso, o los que todavía en nuestro tiempo tienen que  lamentarse de los antiguos palacios que han sucumbido a la bola de demolición, como el Palacio del vizconde de Palazuelos , que aliñó tantos momentos en aquella vieja taberna del Boquerón.

Afortunadamente y, una vez superada esa dura posguerra, los años de desarrollismo tuvieron a bien recuperar parte del esplendor del Palacio del Infantado, puede que tarde, aunque como dice el dicho, más vale tarde que nunca. Y digo que es una suerte, porque lo cierto es que esta ciudad no destaca precisamente por un correcto tratamiento y puesta en valor de su patrimonio y a la vista está que la que fuera un verdadero centro cultural impulsado por la Familia Mendoza, esa hermosa ciudad de los campanarios, hoy nos devuelve una imagen fría y gris, que quizá solo se disuelva un poco en sus numerosos parques y zonas verdes.

Ya lo he dicho otras veces: Guadalajara adolece de un verdadero problema de autoestima, que incluso, en cierta medida, se traslada a toda la provincia. Me comentaba un conocido que durante unas jornadas sobre turismo se ofreció una estadística por provincias en la que aparecía Toledo, Cuenca, Ciudad Real y Albacete y se obviaba a Guadalajara, englobada en el apartado “otras provincias” donde solo aparecía reflejado Sigüenza. Es una realidad que nuestra provincia atesora un importante patrimonio histórico, artístico y medioambiental y, sin embargo, es esa gran desconocida, como también lo es el Palacio del Infantado o los tesoros del Museo Provincial, que alberga en su interior, por cierto, el más antiguo de España.

Ayer me alegraba al leer la noticia de que el Palacio del Infantado se contemple como un posible candidato a ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es un proceso complejo y este representa un pequeño paso. En el año 2003 el Ayuntamiento de Guadalajara quiso que este emblemático edificio pugnara por la declaración, pero no encontró el apoyo del Gobierno regional. Ahora, después de una década, al menos podemos decir que la Consejería de Educación, Cultura y Deportes tiene la intención de elaborar y presentar la documentación necesaria para que este monumento figure  en la “Lista Indicativa” de Patrimonio Mundial, un requisito previo e indispensable para que el edificio pueda ser contemplado para optar a la declaración. La Dirección General de Cultura, según publica la prensa, ha informado al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte durante el Consejo de Patrimonio Histórico celebrado en Lanzarote, de la próxima presentación de la candidatura de este inmueble a dicho inventario previo. Es un paso simbólico, más que otra cosa, pero ahí está.

Nada más conocer la noticia, mi primera reacción ha sido valorar las posibilidades de nuestro monumento, consultando la lista de aquellos que ya lo son. Sinceramente, lo he hecho con ciertos prejuicios infundados en ese problema de autoestima, que aunque consciente de ello, en el subconsciente, muchas veces se vuelve poderoso. El Palacio del Infantado es muy bonito ¿pero lo suficiente como para que la candidatura salga adelante?

Entre los diversos lugares que podría elegir para preparar mis exámenes de la carrera, la antigua biblioteca, en este Palacio del Infantado, ganó por goleada, quizá porque cuando llegué a esta ciudad que, en superficie, siempre me había parecido fría y gris, el Palacio del Infantado se me mostró sublime, al mismo tiempo que cálido y acogedor. Allí se encontraba y se encuentra aún, la sede del Museo, con sus numerosos e ignotos tesoros y el Archivo Provincial  -hoy recogido en un edificio de nueva construcción- donde se escondían todos nuestros secretos, convenientemente archivados en vetustos legajos y no tan antiguos. Se respiraba un ambiente especial, como decía, casi mágico, que llegaba al cenit en ese fin de semana especial de junio, cuando las palabras se apoderan del Palacio, durante el Maratón de los Cuentos.

Creo que eso es lo que ocurre cuando los grandes monumentos de una ciudad adquieren un uso público y se convierten en parte de nuestra vida cotidiana, que uno aprende a amarlos y a entenderlos como suyos, como parte de su identidad y, entonces, la poderosa imagen del edificio, tal y como lo conocemos, reducida a escombros amontonados en un patio, resulta impactante.

Además de contar con algunos requerimientos, que se tienen en cuenta a la hora de valorar una candidatura, como su belleza formal y el hecho de constituir un referente artístico y cultural, la UNESCO contempla lo siguiente: “Estar directa o tangiblemente asociado con eventos o tradiciones vivas, con ideas o con creencias, con trabajos artísticos y literarios de destacada significación universal”.

Las palabras se apoderan del Palacio del Infantado, durante el Maratón de los Cuentos. // Foto: http://www.afgu.org/

Las palabras se apoderan del Palacio del Infantado, durante el Maratón de los Cuentos. // Foto: http://www.afgu.org/

Y es que parece obvio que no existe mejor manera de perpetuar, poner en valor, dar a conocer y conservar nuestro legado patrimonial, que integrarlo en la vida diaria y cultural de una ciudad. Recuperar el Palacio del Infantado y convertirlo en el principal epicentro de la cultura en Guadalajara siendo la sede del Museo Pronvincial más antiguo de España, para albergar después un evento de alcance internacional, como el Maratón de los Cuentos, fue un gran acierto.

Es por ello que resulta incomprensible que se  trate de hacer política con el patrimonio que los vecinos de una ciudad han hecho suyo y se empiecen a cerrar las puertas a la celebración de eventos culturales que propician el intercambio de ideas al antojo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, responsable de su gestión desde el año 1984, que considera política una conferencia del expresidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, y no una fiesta particular con motivo de la Interparlamentaria del Partido Popular, o que decide, no se sabe muy bien bajo qué criterio, cobrar una entrada de tres euros para acceder a un edificio. Visto desde fuera alguien podría pensar que la entrada al Palacio del Infantado bien merece que se paguen tres euros, como se hace en otros muchos monumentos de nuestra geografía, pero no hay que olvidar que a fuerza de millones de instantes y recuerdos y, por mucho que la Junta ostente su gestión, este edificio pertenece a los guadalajareños y, además, eso es parte de ese valor intangible que incrementa su encanto y riqueza cultural, por lo que resulta incomprensible que se les vete la entrada.

Afortunadamente, y como hemos dicho ya en este foro, la Junta ha dado marcha atrás a la medida y en un mar de políticas desacertadas en cuanto a Cultura ha virado su dirección para apostar por nuestro Palacio para la obtención de un reconocimiento que brilla por su ausencia en la provincia y que, me atrevería a decir, no se debe a la carencia de valores que lo merezcan, sino a un arrastrado problema de autoestima.

Una fiesta con poca ‘Historia’

La toma de la ciudad por Alvar Fáñez, la cita de este fin de semana en la capital. // Foto: R.M-www.culturaenguada.es

La toma de la ciudad por Alvar Fáñez, la cita de este fin de semana en la capital. // Foto: R.M-www.culturaenguada.es

Por Abraham Sanz

Guadalajara, aunque a veces nos empeñamos en menospreciarla quienes vivimos en esta ciudad, goza de mucha historia y mucha de ella parece que desconocida para el gran público, especialmente para quienes son oriundos de esta tierra. Gracias a dos recientes conmemoraciones, el 550 aniversario de la otorgación del título de ciudad a nuestra capital y, el 900 aniversario de la muerte de Alvar Fáñez –quien liberó  la ciudad del dominio musulmán en aquella noche estrellada que preside nuestro escudo-; se ha logrado acercar dos hitos históricos por los que Guadalajara pasó y que hizo que gozará de una notable relevancia tanto en la época musulmana como en la Edad Media.

Acercar la Historia de la localidad donde residimos es algo fundamental para conocer nuestras raíces y valorarlas así como para lograr una mayor y mejor identidad con el terruño que nos vio nacer. Cada vez, desde los centros educativos, se ejercita más este afán de dar a conocer nuestro pasado más próximo y con citas, como la que se celebró este fin de semana sobre Alvar Fáñez, se consigue despertar el interés y la curiosidad por quienes, un día, fueron quienes guiaron los designios de esta ciudad.

Si bien, file, se echó de menos una rama que no sólo se ciñera a lo lúdico, sino que también quisiera ahondar en este interés histórico que pudiera despertar esta efeméride. Alguna charla o conferencia de diferentes historiadores –que los tenemos y muy buenos- que hayan investigado sobre el personaje y su época, hubiera dado un mayor empaque a esta cita y un mayor valor social.

Hay quien me puede decir que para tal fin se optó por la recreación teatral de la toma de la ciudad, pero para poder entenderla, haber podido tener un conocimiento más en profundidad de la época, nos hubiera permitido conocer los porqués de la batalla, sus entresijos más singulares así como las formas de asedio que se utilizaban en el Medievo. Por otra parte, he de apuntar que la representación no pasó de un aprobado raspado ya no sólo porque faltaban actores que llenasen el escenario –la zona situada entre el torreón de Alvar Fáñez y el muro del Palacio Infantado, donde discurría la muralla de la ciudad en el año 1.100 y de la que hoy no queda ni rastro-; sino porque el sonido no invitaba a introducirse en situación y no dejó de ser más que un mero teatro que sí, estuvo animado, pero que no logró entusiasmar al público.

Una lástima desaprovechar la ocasión, cuando en Guadalajara gozamos de importantes referentes en este tipo de recreaciones y que ya gozan de un éxito más que notable como son el festival medieval de Hita o las jornadas medievales de Sigüenza. Espejos en los que hay que mirarse para lograr esa sintonía con el espectáculo, que no se logró el pasado sábado.

Y sí, fue una lástima, porque el resto de actividades, sin salirse del guión de lo que ofrecen este tipo citas que buscan que retrocedamos en el tiempo, funcionaron con buena asistencia de público y dio vida a una de las zonas más bellas de la ciudad, pero más deprimentes. No es otra que el entorno del Palacio del Infantado, que usarle como telón de fondo del habitual mercado, fue, es y sigue siendo la mejor opción no sólo para dotarle de ese aire añejo al mismo; sino porque es el mayor tesoro de la ciudad y debe ser explotado en mayor medida turísticamente.

Sin embargo, confío en que esta cita no sea un punto y final; sino que el cierre del mercado del domingo se haya convertido en un punto y seguido para que, poco a poco, esta conmemoración del aniversario de Alvar Fáñez, se convierta en una cita con estancia propia en el calendario que nos permita adentrarnos cada vez más en diferentes pasajes de la historia de la ciudad. Y ya no sólo aprovechar el entorno del Palacio del Infantado, es una buena oportunidad para dar a conocer todo el legado de los Mendoza que aún se conserva por el casco histórico de la ciudad y, por qué no, puede ser un acicate para que los proyectos entorno al Alcázar de Guadalajara vuelvan a ser desempolvados y replanteados de nuevo para poner en valor uno de los monumentos más añejos y de mayor importancia que aún se conserva en la ciudad.

Lo ideal es que este tipo de eventos medievales, además de ser un buen lugar para el comercio artesanal y volver a revivir antiguos estilos de vida, se conviertan en una pequeña fiesta de la historia de Guadalajara en la que, se logre implicar más a la ciudadanía a participar, aprender y a recrear ese ambiente de la Edad Media a través de los más pequeños.