La huerta

Por David Sierra

Aún no había caído del todo el sol, que luchaba contra el horizonte con haces de luz púrpura que encumbraban todo el cielo del atardecer, cuando Primitivo iniciaba con paso pesado por los años pero decidido, su recorrido por el caminito que le llevaba al huerto. Era un pequeño terrenito de pocos metros cuadrados que le devolvía la vida que él mismo desgastaba afanándose en las tareas del cultivo. Siempre con la azada al hombro, éste era el único utensilio que portaba consigo. El resto los guardaba en una pequeña choza de adobe con techumbre de teja y paja. Antes de iniciar la faena, llenaba un cubo con agua donde introducía la herramienta para ensanchar la madera del astil y garantizar su fijación.

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