La loca historia de Jane Goodall en Cogolludo y el periodista que pasaba por allí

tumblr_oj1rzbOK1l1vah1kyoç

La primatóloga Jane Goodall. // Foto: Archivo/Europa Press

Por Patricia Biosca

¿Conocen el “efecto arrastre”? En mi época de estudiante se utilizaba para crear una ola imparable de adolescentes diez minutos antes de que tocase el timbre de la última clase. Alguien ejercía de interruptor: hacía ruido con sus enseres, movía la silla y, llegado el caso, se ponía el abrigo. Era una jugada arriesgada, pues el parte siempre estaba en el aire. Pero normalmente, el resto, ansioso por salir de aquella jaula académica con olor a humanidad, le seguía el juego, y el profesor de turno quedaba con cara de besugo al ver cómo el torrente hormonado se iba por la puerta sin que él o ella hubiese dado la orden. El mecanismo funcionó a la perfección todas las veces hasta que cambié a un instituto mucho más civilizado en el que no se permitía que un solo pelo se moviese hasta que no lo dijese el responsable mayor de edad de aquella tribu: es más, aunque sonara el timbre, si el maestro en cuestión no daba permiso, de allí no salía ni Dios. Y allí la cosa se ponía seria, y al profesor no le temblaba el pulso para enviarte al despacho del director. No se imaginan lo frustrante que fueron esos primeros días en los que el efecto arrastre dejó de ser una ley invariable, inmutable e incontestable para convertirse en un vago recuerdo más allá de las dos de la tarde mientras la profesora anunciaba con un severo “cetonas” que la clase de química no había terminado. Sigue leyendo