La tortura no es cultura (II).

Por Gloria Magro.

Hace unos días compartí unas imágenes de denuncia que había difundido La Camada en las que se veía un gatito cruelmente maltratado. Las fotos del animalito en la consulta del veterinario, con su carita de pena y los rastros evidentes de tortura por su pequeño cuerpo, suscitaron la repulsa unánime de todos aquellos que las vieron, así como la condena pública del responsable de semejante atrocidad. Al mismo tiempo se difundía en las redes sociales el artículo anterior a este, del mismo título. La imagen que lo acompañaba era también de un animal con signos externos más que evidentes de estar siendo maltratado, solo que en este caso no era un pequeño gatito, sino un toro en un festejo popular, con el hocico ensangrentado y los cuernos amarrados ante un público de niños al fondo. Al parecer esa segunda fotografía no removió las mismas conciencias. O tal vez si lo hizo y por eso hubo quien optó por no permitir que su grupo de Facebook la viese ni que tuviera acceso directo al texto que ilustraba. Sigue leyendo

Los invisibles

IMG_4930

Foto y texto: La Camada

 

Por Gloria Magro.

Hay un tema, entre otros muchos, que se repite año tras año llegados a estas fechas y  también después: perros y gatos como regalos de Navidad. Mascotas encantadoras que a los pocos meses dejan de serlo por el motivo que sea y pasan a engrosar la estadística de abandonos, en el mejor de los casos acogidos en una protectora y en el peor, abandonados a su suerte. Esto me lleva a reflexionar sobre la relación directa que hay entre los animales abandonados que se ven en las calles de muchas ciudades y su grado de desarrollo. Y un paso más allá: la gestión de los animales sin hogar como medida del progreso social de una comunidad.

Sigue leyendo

Milcruces

Por David Sierra

perro-abandonado

Perro abandonado.                                                                                                          Foto: Xavier García.

Era un cazador nato. Aunque probablemente nunca hubiera sido entrenado para ello. Lo llevaba en la sangre, que no en los genes. Bajo de estatura, de pata corta y músculo potente le permitía introducirse por las zarzas al acecho de conejos y liebres. Cuando salía, la mayor parte de las veces sin éxito, aparecía con todo el lomo y el hocico magullado por los espinos. Le pusieron Milcruces de nombre. Por su aspecto. Era complicado adivinar que dos extrañas especies habían podido generar un animal tan peculiar.

Sigue leyendo