Lipotimias por La Patrulla Canina

Momento del espectáculo "La Patrulla Canina. Carrera al rescate". // Foto: H. C

Momento del espectáculo “La Patrulla Canina. Carrera al rescate”. // Foto: H. C

Por Patricia Biosca

Cuando era pequeña y caía en mi poder el disputado mando de la televisión, el menú estaba claro: dibujos animados. Aún recuerdo a Heidi (cuya canción me llegué a aprender en un japonés de andar por casa que aún recuerdo), Papá Piernas Largas (una suerte de Pipi Calzas Largas, con huérfana pelirroja con coletas incluida) o Spiderman (que curó mi desafección hacia las arañas, esos insectos que podían corregir la miopía con un mordisquito). Dejaré de lado cómo Letizia Sabater impregnó en mi personalidad la sexualización de la mujer con su atuendo (nunca entendí por qué mi madre solo me compraba chándals de táctel cuando ella iba tan mona con lo que yo creía que eran bañadores encima de las mallas) y el trauma después de ver Marco (aunque tenía un mono bastante molón). El caso es que, cuando veía todos estos contenidos que me parecían enormemente atractivos y entretenidos, no entendía por qué los “mayores” me hacían cambiar de canal. No comprendía que algo, a todas luces espectacular (para mí), no les interesara en absoluto. Me agobiaba pensando en ese momento en que las Tortugas Ninja me parecieran un bodrio o que no aguantase ni un capítulo de Sailor Moon. Y, sin darme cuenta, pasó. Sigue leyendo