Las lápidas perdidas

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No todas las familias recuperaron a sus muertos tras la contienda. Foto: Biblioteca Nacional.

Por Gloria Magro.

Después de todo un año sin ir al pueblo, lo primero que hacemos nada más instalarnos para el verano es subir a limpiar las  lápidas familiares al cementerio. No hay forma de zafarse de esta especie de ritual que mi madre lleva a rajatabla cada mes de julio. Armadas de cubos y trapos pedimos la pesada llave de hierro a su cancerbero, el bar del Justi, y allí nos plantamos bajo un sol de justicia dispuestas a restregar el mármol polvoriento, renovar las flores de tela y pegarnos un rato de recuerdos y filosofía materna.

Los comentarios son inmutables año tras año. Empiezan con un “Ay, hija, ¡y qué todos hemos de acabar aquí!”, seguido de un “¡ya descansan aquí juntos, toda la vida trabajando para esto!” Y mientras, le damos a la bayeta sobre los abuelos, el tío, los bisabuelos… para finalizar con  otro clásico: “Y claro, como tú no tienes hijas, ¿quién te va a limpiar a tí la sepultura?”. Sigue leyendo