En lo más crudo del crudo invierno

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La nieve y el frío desdibujan el campo desde el bulevar Clara Campoamor. Foto: Carmen Bueno.

 

Por Gloria Magro.

Un tanto desilusionados después de casi diez años sin ver la nieve en Guadalajara, los Dulevi enviaron a su hijo de doce años a Bulgaria las pasadas navidades para que conociera lo que era un invierno de verdad en su país natal. Los padres de Atila llegaron a España en busca de sol y calor hace una década y desde entonces se han hartado aquí en Guadalajara de ambas cosas. Igual que nosotros, solo que a esta familia búlgara le sorprende y no deja de hacerle gracia el drama nacional que hemos hecho esta semana por un poco de nieve y un descenso térmico que no deja de ser totalmente normal en febrero. Comparado con Bulgaria y Centroeuropa en esta época, lo nuestro estos días está siendo poco más que una primavera templada. Sigue leyendo

Una joya sólo para VIP

El Monasterio de San Bartolomé está declarado Bien de Interés Cultural desde 1931.//Foto:zankyou.es

El Monasterio de San Bartolomé está declarado Bien de Interés Cultural desde 1931.//Foto:zankyou.es

Por Ana María Ruiz

Guadalajara posee numerosos encantos turísticos, tanto naturales como monumentales, que convierten a la provincia en un destino cada vez más demandado por visitantes de toda España. Sin desmerecer a ninguno, mi preferido es el Monasterio de San Bartolomé de la localidad de Lupiana, un espectacular monumento, cuna de la Orden de los Jerónimos, cuyo claustro del siglo XVI, obra de Alonso de Covarrubias, está considerado como una de las más importantes joyas del Renacimiento español. El conjunto arquitectónico goza de la declaración de Bien de Interés Cultural como Monumento Histórico Nacional desde el año 1931. Sin embargo, continúa siendo un gran desconocido tanto para los turistas como para los guadalajareños.

Reconozco que siento un cariño especial hacia este imponente edificio y, sobre todo, a su maravilloso y privilegiado entorno natural, ya que fue el escenario de los veranos de mi niñez y mi adolescencia en los que compartía risas, juegos, aventuras, trastadas y confidencias con mis hermanos y mis primos. Explorábamos aquel gran Monasterio, entonces abandonado y rodeado de enormes bosques de pinos y encinas, en los que olía a espliego, romero y tomillo. A campo, a vida. Recuerdo que en aquellos años la zona siempre estaba atestada de familias que acudían a sus praderas y a la Fuente de los Siete Caños pertrechadas con sus mantas y neveras para pasar los sábados y los domingos en un paisaje que parecía sacado de un cuento. El frondoso bosque que rodeaba al monumento ofrecía buena sombra y los arroyuelos ayudaban a sofocar el calor en verano. Había incluso una coqueta casa de guardeses al final de un pasaje cerrado por tupidos cipreses en la que grupos de scouts de Madrid solían organizar excursiones de fin de semana.

Hoy en día no queda rastro de esa casona, ni de las familias domingueras, ni de las praderas, ni del bullicio infantil. A pesar de que el bosque continúa allí, salvaje, está sumido en el más absoluto abandono.

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