Las bacanales de Cospedal

Cospedal, en una instantánea de la Cumbre del  Vino del año pasado. // Foto: JCCM:

Cospedal, en una instantánea de la Cumbre del Vino del año pasado. // Foto: JCCM:

Por Rubén Madrid

En el Olimpo de la mitología griega vivían doce dioses y diosas que “pertenecían a la misma grande y pendenciera familia”, según relataron los aedos y, más tarde, Robert Graves en su fascinante ‘Dioses y héroes de la antigua Grecia’. Aquellos seres que se elevaban por encima de todos los mortales, no sin signos de menosprecio, “vivían todos juntos en un enorme palacio erigido entre las nubes, en la cima del monte Olimpo, la cumbre más alta de Grecia”, continúa Graves. Aunque tenían la encomienda de trazar los designios de los mortales, casi siempre andaban más bien enfrascados “en sus propias disputas y pleitos”.

Un día Zeus anunció que un hijo que había tenido con una mortal llamada Semele debía ocupar un lugar en el consejo del palacio. Dionisos, que así se llamaba, había hecho méritos: era el inventor del vino. Su ingreso puso fin a la paridad en los cielos griegos –una diosa, Hestia, le ofreció su lugar– e inauguró la muy preciada costumbre por parte de las civilizaciones venideras de divinizar el vino. Tras los griegos, los romanos humanizaron la cogorza: Baco es el nombre que dieron a Dionisos y bacanales a las juergas que se corrieron en su nombre. Hubo de hecho una suerte de sociedades que celebraban en secreto estas reuniones, hasta cinco en el mes de marzo. Y siempre a puerta cerrada. Ahora Cospedal es la heredera de esta tradición en nuestra tierra. Sigue leyendo

Los gorrones del Moderno

La presidenta de Amigos del Moderno, Susana Martínez, con el público de una de las sesiones del ciclo reivindicativo 'En la puñetera calle'. // Foto: R.M.

La presidenta de Amigos del Moderno, Susana Martínez, con el público de una de las sesiones del ciclo reivindicativo ‘En la puñetera calle’. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

Durante mucho tiempo imaginé que la ‘superinauguración’ del Teatro Moderno consistiría en un festival de muchas horas ininterrumpidas de teatro, música, danza, títeres, magos y payasos guadalajareños, una suerte de maratón de artistas alcarreños para recuperar el tiempo perdido durante estos últimos 32 meses en que el teatro ha estado cerrado. Mi gozo en un pozo. La reapertura va por otros derroteros, un acto que según se aproxima adopta más tintes políticos y que va a dejar fuera a la mayor parte del público que más ganas tenía de verlo abierto. A estas alturas tengo claro que habrá más gorrones que amigos del Moderno. Sigue leyendo

La marea amarilla

Una de las imágenes de la campaña de la Plataforma 'No al préstamo de pago en bibliotecas'.

Una de las imágenes de la campaña de la Plataforma ‘No al préstamo de pago en bibliotecas’.

Por Rubén Madrid

Cuenta Blanca Calvo, la que fuera directora durante tres décadas de la Biblioteca Pública de Guadalajara, que cuando hace diez años se inauguraron las instalaciones del Palacio de Dávalos, la entonces ministra de Cultura, la socialista Carmen Calvo, no acudió a la cita aunque había anunciado su presencia. Oficialmente se aportó alguna justificación peregrina que ni siquiera hoy se recuerda. La sospecha, en realidad, fue que no quiso compartir foto, mejor dicho cartel, con una enorme pancarta andante que, en el traslado de los mil últimos libros del Infantado a Dávalos, expresaba un rotundo “no al préstamo de pago en las bibliotecas”.

La batalla contra el denominado canon bibliotecario viene de lejos, desde que hace ya más de veinte años a alguna comisaria escandinava se le ocurrió imponer este copago, o repago, por los libros que se prestan en las bibliotecas. Guadalajara, en gran parte por figuras como las de las bibliotecarias Calvo y Eva Ortíz, ha sido desde entonces la punta de lanza de un movimiento, bautizado como marea amarilla, que ha incomodado a sucesivos gobiernos cada vez que han amenazado con trasplantar la medida animada desde Bruselas.

Por eso Carmen Calvo prefería evitar el bochorno en público. Y por eso la aplicación de la medida se ha ido demorando hasta que ahora el Ministerio de Cultura de Wert la ha puesto en marcha a través de un decreto que tiene fecha de 18 de julio y que fue publicado en el BOE el 1 de agosto. Hay quien ha definido la oportunidad de las fechas, no sin razón, como ‘agostidad’ y alevosía.

En la práctica se ha dado luz verde al copago de los derechos de autor de los libros, incluso de aquellos cuyos escritores descansan ya en los panteones de las glorias literarias: obliga a las bibliotecas de los municipios de más de 5.000 habitantes a pagar dos veces estos derechos de autor: la primera, cuando adquieren el libro, como ya estaban haciendo; la segunda, en unas complejas fórmulas de cálculo de número de usuarios y ejemplares (con variaciones antes y después de 2016), según establece un reglamento que ha causado confusión y que, por cierto, el Ayuntamiento de Azuqueca llevará ante el Tribunal Supremo.

Estanterías con libros en la Biblioteca Públia de Guadalajara. // Foto: R.M.

Estanterías con libros en la Biblioteca Públia de Guadalajara. // Foto: R.M.

Se entiende, con cierto sentido común (pero ya hemos dicho otras veces que el sentido común no es siempre el más sagaz de los sentidos), que si un libro se toma prestado de una biblioteca no se vende en una librería. Habría, por tanto, que compensar a los creadores. Pero es esta una verdad a medias. Con la misma lógica se puede decir que ese mismo libro que no se lee tras tomarlo prestado en la biblioteca tampoco se comprará en las librerías, tal vez porque el autor todavía no merece la confiana del lector, quizá porque el lector no está en condiciones de realizar el desembolso, que para casi todas las novedades ronda ya las 3.000 de las antiguas pesetas incluso para libritos de menos de 150 páginas. Hay quien se las está viendo ya tan putas que, parafraseando a Lorca, no tiene ya ni para medio pan ni medio libro.

Ningún amante de la lectura puede oponerse a que los autores cobren por su trabajo y así puedan seguir desarrollando una carrera sólida. Pero es que no se trata de eso. De hecho, que muchos escritores se opongan a este canon y que tan buenos amigos de tantos y tan buenos creadores, caso en la provincia de la propia Blanca Calvo, se opongan a la medida descarta también que el debate remita a buscar fórmulas para contrarrestar un supuesto perjuicio que ocasionarían estos centros en la necesaria remuneración de los autores.

Resulta interesante recordar la oposición a esta medida del añorado José Luis Sampedro, que algo tendría que decir como novelista y como economista sobre el asunto: “En la vida corriente el que paga una suma es porque: a) obtiene algo a cambio; b) es objeto de una sanción.Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?”. En su recomendable texto en contra del canon, ‘Por la lectura’, se preguntaba si nuestras autoridades prefieren escritores “más ricos pero menos leídos” y confesaba que, como autor, se alineaba con quienes entienden que son deudores de la labor de las bibliotecas, y no al revés.

Blanca Calvo, en el centro, una de las figuras que más ha batallado contra el canon. // Foto: Facebook de "Yo AMO las Bibliotecas Públicas".

Blanca Calvo, en el centro, una de las figuras que más ha batallado contra el canon. // Foto: Facebook de “Yo AMO las Bibliotecas Públicas”.

Pero también hemos defendido aquí el papel providencial que juegan las bibliotecas como pegamento social y como estilete cultural. Hemos hablado de la espiral de la cultura, aunque se habla mucho menos de ella que de la espiral de la violencia. Las bibliotecas son el cuartel general de una ofensiva literaria: ¿cuántos no hemos empezado una gran amistad con un escritor después de un primer encuentro en el Infantado o en Dávalos, después de buscar sus libros en los estantes tras una recomendación, una crítica de prensa o por pura casualidad? ¿Cuántos escritores no son más leídos (y, a la larga, más ‘comprados’) por la presentación de su primer libro en un salón de actos de una biblioteca, por una conferencia organizada en un ciclo de actividades de estos centros públicos, por una sesión de cuentacuentos que se gana la fidelidad casi vitalicia de padres e hijos, por un club de lectura que nos hace leer con mucha más atención y cariño uno de los títulos de un poeta o un novelista? Sobra decir que muchas, muchísimas.

Decimos todo esto sin tremendismos desorbitados. No hemos titulado este artículo ‘Canon el bárbaro’ o algo así. Pero obligará, por supuesto, a recortar la inversión para fondos bibliográficos en todos los centros, aunque sólo sean unas decenas de libros en bibliotecas como las de Azuqueca, Marchamalo, Cabanillas o Villanueva de la Torre. No nos vamos a poner estupendos ni vamos a rasgarnos las vestiduras diciendo que se trata del peor de los abusos que se han cometido, más todavía con el rosario de agravios y recortes que nos están cayendo. Me parece excesivo, como he leído a algunos dirigentes regionales de IU, que por esta razón vayan a cerrar bibliotecas. Desde luego que cerrarán, pero porque esta medida se suma a otros motivos de mucho más peso.

Viñeta sobre el canon bibliotecario de JR Mora: http://jrmorahumorgrafico.wordpress.com.

Viñeta sobre el canon bibliotecario de JR Mora: http://jrmorahumorgrafico.wordpress.com.

Lo que sí supone este decreto es una injusticia innecesaria, una medida de la que antes que los escritores se beneficia su sociedad de autores (Cedro, una prima hermana de la SGAE), un ladrillo más en el muro que se interporne entre el ciudadano y la inestimable función de acceso a la cultura que cumplen las bibliotecas, en algunos casos como Dávalos de manera sobresaliente. La aprobación de este decreto, habiendo alternativas para encajar el dictado de Bruselas según los expertos (quien quiera profundizar puede echar un vistazo a este post de Biblioblog), resulta un síntoma de la victoria que cada día se apunta esa forma de entender la cultura que prima los intereses particulares sobre los intereses generales.

El canon bibliotecario supone otro revés a la cultura de una comunidad autónoma que, por más que presuma de El Greco y del Quijote, amordaza muchas veces hasta la asfixia a su tejido asociativo, incluidas no pocas pequeñas empresas, y al  público con menos posibles. En plena zozobra económica cabría esperar dirigentes apasionados de la cultura y que despuntasen en su gestión, pero nos hemos topado con la apatía o la incapacidad  -la inutilidad, en cualquier caso- de dirigentes como el albaceteño Marcial Marín, que sin duda es el peor consejero de Cultura que ha tenido Castilla-La Mancha. Pero su batalla es otra: hacer de las corridas de toros la octava maravilla del mundo.

Decíamos que el canon, sin ser dramático, es sintomático. Lo es, como el cierre del Moderno, como las trabas de nuestros gestores a las compañías escénicas de nuestra tierra, como la pérdida de citas como el Arcipreste de Hita o el Titiriguada, como la indiferencia de las autoridades regionales y estatales a nuestro evento cultural más importante -el Maratón de Cuentos-, como la retirada de ayudas a las familias para los comedores escolares, como el demencial incremento de las tasas de matriculación universitaria, como la disminución de las ayudas para las asociaciones culturales, como el cobro a asociaciones sin ánimo de lucro del uso de espacios públicos, como el cierre de colegios rurales o de la escuela de adultos en Guadalajara, como el encadenamiento de decisiones que ya ha llevado al cierre precisamente de 42 bibliotecas de la región (cinco en nuestra provincia)…

La instauración del canon, como tantas de estas otras decisiones que a menudo hemos señalado en este blog, pretende justificarse con sus propios sinsentidos comunes pero demuestra, una vez más, la contraproducente estrategia desplegada precisamente por los encargados de defender los recursos e infraestructuras de todos. Sucede con casi todas las áreas de gestión, lo sabemos, pero ¡coño!, ¡qué ojeriza tienen con la cultura!

Unos números bárbaros

Marta Torres, directora de 'Alegría, palabra de Gloria Fuertes', recoge el Max.

Marta Torres, directora de ‘Alegría, palabra de Gloria Fuertes’, recoge el Max.

Por Rubén Madrid

La Consejería de Cultura de nuestra región considera que una obra premiada con un Max, el Goya de las artes escénicas, apenas merece un aprobado justo en una valoración supuestamente técnica. El dato es tan elocuente que aquí podría empezar y acabar el artículo de hoy, dejando que ustedes escojan su lectura de este hecho: ¿Ineptitud o mala baba? Posiblemente no sabrían decir qué es peor.

La anécdota, ilustrativa en sí misma, sitúa sobre el tapete varios asuntos relevantes. En primer lugar, el maltrato que viene denunciando el mundo de la cultura en Castilla-La Mancha, en general, y las compañías de teatro, en particular; y por otro lado, todas las derivaciones, la mayoría peligrosas desde un punto de vista de salud democrática: si existe caza de brujas contra quien levanta la voz, si pagamos a gestores que defienden otros intereses diferentes a los generales o que están insuficientemente capacitados para su labor, y si tenemos consejeros que hacen lo contrario de lo que dicen, por ejemplo cuando hablan de fomentar la cultura o cuando defienden en sus discursos institucionales el apoyo a las pequeñas empresas de la región.

La denuncia a la que me refiero se resume con pocas palabras: para recibir unas ayudas estatales para sus giras, las compañías de todo el país necesitan que sus comunidades autónomas realicen una baremación de sus proyectos escénicos que resultan determinantes en la cuantía que finalmente recibirán. Los grupos de la región, según la asociación de profesionales Escenocam, sospechan que su Consejería –la nuestra, la de Marcial Marín- les infravalora. Aluden al cantoso caso de la obra de Teatro de Malta que recibió el Max al Mejor Espectáculo Infantil con ‘Alegría, palabra de Gloria Fuertes’, que fue valorada con 9 puntos sobre 15 (“un aprobado justo”). Pero completan su denuncia al indicar que ningún proyecto de una compañía de la asociación ha obtenido la máxima puntuación y que la mayoría obtuvo nueve sobre quince. Es decir, un aprobado justo, raspado, por los pelos.

“¿Prevaricación o incompetencia?”, se preguntan desde la compañía Teatro de Malta. ¿Tenemos tan mal teatro?, ampliamos nosotros, incapaces de creer que nuestros funcionarios hagan mal su trabajo.

No es la primera vez que la asociación de compañías escénicas polemiza con la Junta a propósito de las políticas que el Gobierno regional lleva a cabo durante esta legislatura, apuntando que la falta de apoyos sitúa a las empresas castellano-manchegas en desventaja con respecto a las de otros lugares del país, más y mejor respaldadas por sus administraciones. También ha criticado el cierre del Moderno (qué manías: compañías de teatro criticando el cierre de un teatro) y realizó un duro informe el año pasado concretando en cifras las consecuencias de los recortes.

De estos desacuerdos pueden venir, sospechan en la asociación de compañías, la desatinada baremación de las obras. “Si la expresión pública de mi desacuerdo con la supresión de las ayudas a las artes escénicas le ha valido un aprobado pelado a un proyecto al que la opinión general le ha otorgado mucho más valor, considero que estos hechos son constitutivos de delito”, le ha escrito al consejero la directora de la obra ganadora del Max, Marta Torres, que se sigue debatiendo entre dos opciones en busca de una explicación: “si tan solo ha sido la aplicación de una caprichosa manera de valorar, es síntoma de una incompetencia imperdonable”.

En contexto. Más allá de la larga batalla entre la asociación sectorial y las autoridades, la insatisfacción del mundo de la cultura, y sobre todo del mundo del teatro, es monumental. Me parece interesante como prueba de ello un apunte que hacía otro alcarreño, José Luis Matienzo –director de Escarramán– a la misma noticia en las redes sociales: “No es que un premio Max sea mi religión, pero que no alcance nivel para girar por CLM… Mi compañía lleva años representando a España por el extranjero (solo considero que representó a España cuando la Administración me ayuda, si no me represento a mí mismo) y llevo años no cumpliendo el mínimo para CLM. ¿Será que no tenemos la calidad exigible, serán las condiciones legales y administrativas impuestas, o será que programa gente que considera el teatro un marrón al que les obliga su trabajo de bibliotecario, animador sociocultural, organizador de cabalgatas, ferias populares, romerías y/o carnavales?”.

Ultramarinos de Lucas durante una actuación en un colegio. // Foto: R.M.

Ultramarinos de Lucas durante una actuación en un colegio. // Foto: R.M.

Desde hace un tiempo, las compañías alcarreñas no son profetas en su tierra… aunque sí en muchas otras. Resulta significativo del panorama teatral arriacense que la ciudad se haya quedado sin ver funciones de calidad que giran por todo el país, mientras el Festival Ducal de Pastrana recupera a hombres de teatro de la talla del propio Matienzo (el año pasado) o de Fernando Romo, en esta edición; mientras Yebes monta el magnífico ciclo primaveral ‘¡Cuánto cuento!’ con un plantel de artistas de primera fila ligados a Guadalajara, como Circo Sentidos o Carlos Jano; y mientras un ciclo reivindicativo en ‘la puñetera calle’ de Amigos del Moderno logra no sólo completar una programación digna de cualquier festival, sino además dar la oportunidad de que algunos de estos artistas actúen ante sus vecinos. Llamativo fue el caso de la actriz polaca, Malgosia Szkandera, afincada en la ciudad, cuyo montaje ‘Lady Bag’ ha girado por todo el mundo y del que en su ciudad sólo hemos podido ver una deliciosa pero escasa muestra de media hora, gracias precisamente a este ciclo reivindicativo.

Otra de las compañías más en forma, Ultramarinos de Lucas, recorre escenarios de Logroño, Ávila o Marchamalo, pero sigue sin estrenar algunas de sus obras en cartel en Guadalajara capital. ¿Falta calidad? Resulta obvio que no. Valga una muestra, por si hiciera falta: celebró sus 18 años sobre las tablas en la Sala Cuarta Pared, uno de los templos del teatro alternativo de Madrid. Hace un mes actuaba en La Casa Encendida, también en Maddrid. A los Ultramarinos no se les caen los anillos por adaptar sus montajes para un colegio o para el ciclo callejero de Amigos del Moderno, pero resulta incomprensible que no se les abra las puertas del Buero para que muestren su trabajo en plenitud.

Puestos a baremar, no está de más recordar que Ultramarinos, Szkandera y demás puntuarán siempre por encima del casposo espectáculo de moros y cristianos que brindó hace unos días una compañía valenciana en el IX Centenario de Alvar Fáñez.

Actitud y no aptitud. Ya hemos señalado en otras ocasiones los problemas de actitud que encontramos en los gestores de la cultura, principalmente en la concejala Nogueroles y en el consejero Marín. Una persona muy sabia de la cultura alcarreña me decía no hace mucho que los tan habituales y sonados encontronazos de la cultura local con el albaceteño se debían más a su ineptitud que a una estrategia especialmente ofensiva con las artes y las letras.

Uno también querría ser bienpensante y darle la razón, pero esta respuesta se queda escasa para explicar que, con mejores o peores resultados, desde el Gobierno regional se vuelquen con el vino frente a lo que hacen con los cuentos, o den alas a los toros cuando se las cortan al teatro. Lo mismo se puede decir con los derroches de entusiasmo de la concejala en turismo, materia en la que apenas nos queda ya asistir a unas fallas a las puertas del Dublin House.

Hay una más que fundada sospecha de que nos enfrentamos a un problema de actitud tanto o tan grave como el de aptitud. En ciertos corrillos es ya célebre la frase del presidente de una asociación cultural diciendo que nuestras autoridades son expertas en buscarle un problema a cada solución. En mil detalles se advierte cierta ojeriza. Valgan algunos recientes: impedir el reparto de periódicos gratuitos en el CMI de Aguas Vivas; no encontrar locales donde alojar a las asociaciones que dinamizan nuestras vidas sin ánimo de lucro; poner trabas a actividades de calle como un concierto en una terraza del centro o la fiesta del Rincón Lento; y prohibir la tradicional cena a los voluntarios del Maratón de los Cuentos en la Biblioteca y quererles cobrar cien euros por hacerla en el Patio de los Leones del Infantado.

Frente a estos comportamientos, da gusto redescubrir las palabras del que fuera alcalde republicano Marcelino Martín, cuando decía que “hacer hombres cultos es hacer hombres revolucionarios, constructores de un mundo nuevo” y que “la cultura es, por eso, la diosa más fecunda de todas las diosas que el hombre ha sido capaz de crear”. O leer las palabras de una de las antecesoras de Marín en el cargo, la guadalajareña Soledad Herrero, en un artículo con motivo del Día Internacional del Teatro en el que hablaba con pasión: “Pasen y cuéntenlo. Es el teatro. Y su vitalidad siempre renovada se celebra hoy con la alegría de un bien necesario en todo el mundo. Su mayor atractivo, la fuerza irresistible que le hará superar todas las crisis es esa capacidad de convertirse en bálsamo con el que un ser humano puede hasta anticiparse a sus heridas”.

Decía Goethe que todo hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro. Pongan teatro donde dice poesía y tendrán a un consejero por bárbaro. Dijo también el paisano Buero Vallejo: “los que amamos el teatro sabemos que el maravilloso y revelador espejo de la vida humana que es siempre y que ha sido durante veintitantos siglos debería subsistir; sabemos que una sociedad sin teatro sería una sociedad gravísimamente mutilada”.

Mal estamos, don Antonio, a las puertas de su centenario. Nuestros bárbaros mutilan, recortan, infravaloran.