Gritos de condena

Por David Sierra

Chillaba el condenado. Angustiado. Le agarraban por las patas para reducirlo. Hacían falta cinco o seis pares de manos y un gancho para evitar los movimientos. Poco antes había malgastado sus fuerzas dando vueltas por el corral en busca de escapatoria. Ya sobre la mesa de sacrificio, inmóvil, desistió por un momento. Un instante que fue suficiente para que la hoja entrara y saliera velozmente por la yugular. Y brotara la sangre como un río. Lagrimaba, mientras la luz de la vida se apagaba lentamente. Ante la mirada de esos críos presentes en la ceremonia. Con la seguridad de haberse hecho así a lo largo de los tiempos, tal como mandaba la tradición.

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