De soles y espárragos

Por David Sierra

Con motivo del inicio de la campaña de recogida del espárrago verde en la provincia de Guadalajara, argumentaba hace unas semanas el actual presidente de la asociación sobre el cultivo de esta hortaliza, Jaime Urbina, que había dejado de ser “tan rentable” a causa del encarecimiento de la mano de obra y los impuestos que tienen que pagar, así como la estabilización de los precios. Este hecho estaba originando que algunas explotaciones hubieran decidido reducir este cultivo en favor de otras alternativas agrícolas como el cereal. La consecuencia, según este productor que ha vinculado actualmente su principal fuente de ingresos al cultivo del espárrago verde con más de 150 hectáreas, ha sido la reducción en la contratación de los temporeros necesarios para su recogida, clasificación, etiquetado y empaquetado de cara a su distribución final. En el proceso no hace referencia a la mecanización que la industria agroalimentaria basada en este producto ha llevado a cabo en los últimos años, incentivada por ostentosas ayudas públicas.

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Ese extraño espejismo, “que la pandemia está llenando los pueblos”

Por Sonia Jodra

Comienzan a difuminarse los mantras pandémicos. “De esta saldremos mejores”, “a partir de ahora sabremos valorar lo que de verdad importa”, “comienza el nuevo éxodo de la ciudad a los pueblos”. Mentira. La pandemia ha sacado lo peor de cada una de nosotras. Lo que más echamos de menos son las compras, salir de marcha y los viajes de ocio. Y los pueblos siguen tan vacíos o más que antes.

Que haya pueblos de 50 habitantes a los que ha llegado a vivir una familia de 5 personas, incrementando el padrón un 10 por ciento, no significa que se invierta la tendencia urbanita que nos acompaña desde hace más de medio siglo. Y es absurdo identificar el incremento en la demanda de vivienda en los pueblos del extrarradio de Madrid con la solución a la despoblación al medio rural. Hay pueblos y pueblos. El Casar es un pueblo y Campillo de Ranas es un pueblo. Pero no tienen nada más en común. La despoblación afecta sólo al segundo.

El espejismo fue bonito mientras duró. Pensar que iniciábamos cambio de ciclo y nos disponíamos a volver a nuestros orígenes resultaba gratificante para quienes presumimos con “ser de pueblo”. Pero hasta en eso nos engañamos, porque la mayoría de los que nos creemos “de pueblo”, realmente somos “gente de barrio”. Crecimos en esos barrios que llenaba la gente llegada de los pueblos y es ese espíritu “de barrio” el que realmente ha marcado nuestras trayectorias vitales.

Somos domingueros y veraneantes “de pueblo”. Igual que los que se afanan en hacer la penúltima ley contra la despoblación desde las diferentes administraciones. Resulta irónico luchar contra la despoblación de los pequeños pueblos desde las grandes ciudades. Es como defender la sanidad pública con un seguro privado o hablar de la lucha contra el cambio climático con una bolsa de plástico en la mano y bebiendo con una pajita. Para defender algo hay que creérselo, hay que tener pasión por ello, hay que vivirlo.

Así que propongo que en el “Anteproyecto de Ley de Medidas Económicas, Sociales y Tributarias frente a la Despoblación y para el Desarrollo del Medio Rural en Castilla-La Mancha” se dé más voz a los territorios y, sobre todo, a sus gentes. Ellas y ellos saben lo que sus pueblos necesitan para no desaparecer del mapa y conocen la dureza que impone vivir en el medio rural una vida que actualmente está diseñada para ser vivida en las grandes ciudades.

Me gustaría reflexionar también en torno a los perfiles de nuevos pobladores del medio rural que se están registrando en estos tiempos. Puesto que considero desacertado pretender que los pueblos sean cómodas oficinas para freelancers de profesiones diversas. Es justo pedir wifi de alta velocidad para poder teletrabajar, pero estamos llevando lo más absurdo de la vida urbanita a los pueblos. Comprar por Amazon a diario, esperar a un repartidor que acaba de recorrer 60 kilómetros para entregarnos una funda de móvil que vale 3 euros y vino de China en barco, comprar embutido y vino online… Eso no es “vivir en un pueblo”. Eso no frena la despoblación, no reabre escuelas, ni impide que se reduzca el número de trenes que paran en nuestro municipio.

“Viendo las nubes y escuchando a Los Panchos, digo que quiero licenciarme en paisajes, ser inspector de nubes”, me dijo una vez el maestro de periodistas Manu Leguineche en una entrevista. Cuando una persona que ha recorrido el mundo viviendo en primera línea los principales acontecimientos informativos del siglo XX habla así de su vida en el pueblo, es que hay otra mirada para poder vivir acompañado por el canto del cuco o el aroma de la lluvia.

Como diría Rosendo, hay muchas “maneras de vivir”. Y todas ellas persiguen lo mismo, hacernos tan felices como seamos capaces de soñar. Desde el espíritu de la chica de barrio que presume con ser de pueblo, os invito a volver al pueblo sin Netflix, a disfrutar del mejor grupo de whatsapp, el que toma el fresco en la plaza en las noches agostinas. Delibes dijo que “si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo”. En el pueblo se mira el cielo más que en las ciudades. A ver si hay suerte y los que desde las grandes ciudades se afanan en salvar a los pequeños pueblos tienen la altura de miras que esto necesita.

Cuestiones a la deriva

Por David Sierra

El Gobierno de Castilla-La Mancha abría el pasado lunes un cuestionario, a través del portal de participación, para preguntar a la ciudadanía de la región sobre las cuestiones a desarrollar para elaborar su Estrategia Regional frente a la Despoblación. Con esta herramienta pretende encontrar las respuestas acerca de los servicios y los factores decisivos que llevarían a los ciudadanos a trasladarse a vivir a ciertas zonas del territorio autonómico, más concretamente en el medio rural.

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Futuros rurales: arte para la transformación social

Por Sara Arias*

“A veces pienso en la memoria dormida como en una herida abierta, sin cicatrizar, que aún sangra. Una herida con los bordes levantándose, comenzando a aproximarse a los bordes contrarios, pero por más que quiere y lo intenta nunca se acerca lo suficiente, no es posible todavía para ella la unión ni la cura. Un espacio abierto, una brecha en el paisaje, una zanja que produce una rotura pero que contiene, aunque no se aprecien a primera vista, formas y multitudes, latidos, raíces y semillas”. Leía estas líneas del libro ‘Almáciga’ de la veterinaria de campo y escritora María Sánchez, una mañana de enero, con la manta sobre las piernas y un frío manto blanco de nieve y hielo cubriendo la ciudad afuera. Desde entonces, cada vez tengo más mantas sobre las piernas, el suelo sigue blanco, y estas palabras no dejan de resonar en mi cabeza creando numerosas composiciones e imágenes en mi mente (como la que acompaña este texto).

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Por desgracia

Por David Sierra

Por desgracia, ha tenido que ser la presencia de un virus de proporciones mortales y altamente contagioso el responsable de que se agilicen muchos de esos cambios necesarios para contribuir a mejorar el futuro. La pandemia, con esas largas semanas de confinamiento incluidas, ha puesto de manifiesto que es imprescindible y urgente afrontar los retos en materias diversas como la económica, laboral, social, energética y medioambiental no sólo a nivel global, sino también con aportaciones en el ámbito local de igual importancia.

El Covid-19 ha mostrado las miserias y debilidades de la condición humana en todo su esplendor, si bien los comportamientos más deshonestos, los menos, han estado en muchos casos amplificados por el fenómeno de las redes sociales ofreciendo una imagen muy alejada de la realidad. La mayor parte de los ciudadanos han cumplido y cumplen con las directrices y, del mismo modo, los responsables políticos de pueblos y ciudades han trabajado duro a lo largo de estos meses para amortiguar e impedir ser portada de los noticiarios.

El coronavirus ha alentado iniciativas municipales, provinciales, regionales y estatales dirigidas a los más necesitados con líneas específicas dotadas económicamente de manera importante. Las coberturas a los más desprotegidos y vulnerables se han reforzado para garantizar manutenciones y necesidades básicas. Y con el inicio del curso escolar, el esfuerzo inversor ha alcanzado también al ámbito educativo, uno de los más castigados por la suspensión de las clases presenciales el pasado curso generando desigualdades a consecuencia, principalmente, de la brecha digital. El virus ha puesto sobre la mesa la necesidad de reducir esas desigualdades acelerando los procesos para introducir en el sistema educativo los elementos tecnológicos necesarios para ello. No se trata de dotar a los escolares con tablets, que también, sino de fomentar las interacciones con las nuevas tecnologías que se abren paso.

Por otro lado, podría ser pura coincidencia que justamente los tres meses en los que la raza humana ha estado confinada, se hayan producido mejoras medioambientales más que evidentes. En nuestro entorno más cercano, fue llamativa la desaparición de la famosa ‘boina’ de contaminación sobre la capital de España. Pero no ha sido éste el único acontecimiento pues en el entorno rural y agrícola las cosechas han obtenido producciones que ni se recuerdan, favorecidas por una climatología más consecuente con sus periodos de precipitaciones. Y las ciudades han comprobado que la necesidad del transporte privado no lo es tanto si se refuerzan los medios de movilidad públicos y las zonas peatonalizadas, favoreciendo una mayor integración en comunidad. A pesar de la experiencia, son pocas las urbes que han decidido modificar sus comportamientos de movilidad retomando el caos circulatorio anterior a la ‘nueva normalidad’.

En el plano laboral, la introducción a la fuerza del teletrabajo, cuya regulación está ahora en fase de acuerdo, ha llegado para quedarse. Su implantación, junto con el reto escolar, tiene visos de ofrecer el empujón que hacía falta para alcanzar un grado notable en la conciliación laboral y familiar. Y aunque esta herramienta aparezca como un parche ante la pandemia, su afianzamiento en muchos de los ámbitos de trabajo puede ofrecer nuevas oportunidades en un entorno cambiante y un acicate más para apostar por iniciar etapas de vida en el medio rural.

Con la vacuna cada vez más cerca como solución a la pandemia, las dudas asaltan en estos tiempos de rebrote cuando esa ‘nueva normalidad’ ha sido lo más parecido a la vieja, con el tropezón en la misma piedra. Quizá ahora que las administraciones van a tener dinero a espuertas sea la última oportunidad para hacer las cosas bien y forjar las bases para que las generaciones venideras puedan disfrutar de un planeta y de un entorno más conciliador con quienes y con lo que les rodea.

El territorio por encima del partido

Candidatos de la Plataforma “Teruel Existe. // Foto: teruelexiste.info

Por Álvaro Nuño.

En plena negociación para conseguir la mayoría de 175 escaños que
convertirían a Pedro Sánchez en presidente del Gobierno, a Pablo Iglesias en
vicepresidente, y a sus dos formaciones socios del primer gobierno de coalición
de la democracia, cada diputado cuesta sangre sudor y lágrimas. Juntos, PSOE
(120) y Unidas Podemos (35) se quedan a veinte escaños de los votos necesarios
por lo que se ven imprescindibles los apoyos de Más País, además del de una
multitud de partidos nacionalistas y regionalistas del más variado pelaje (vascos, catalanes, gallegos, canarios, cántabros,…) y, a diferencia de las pasadas generales, la sorpresa de la noche del #10N, el diputado de la Agrupación de Electores Teruel Existe, un partido ya no nacionalista ni regionalista, sino provincialista, representante de la llamada “España vaciada” y que ha adquirido un protagonismo mayúsculo en el panorama político nacional.

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La Comisión del olvido

Por David Sierra

“Si quieres que algo sea hecho nombra un responsable, si quieres que algo se demore eternamente nombra una comisión”. Esta célebre frase atribuida a Napoleón Bonaparte ha tomado rabiosa actualidad en nuestros días cuando ante cualquier situación de conflicto la manera de abordarlo es conformar estos grupos de estudio y/o investigación cuyos resultados, en muchos casos, distan del propósito para el que fueron creados. En Castilla La Mancha, su recién conformada cámara legislativa ha considerado por unanimidad esta vía, a propuesta de Ciudadanos, como la más idónea para abordar la problemática de la despoblación y su análisis.

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Águedas de palo

Por David Sierra

Si hay una fecha en la que el vestido de alcarreña ofrece más juego es, sin duda, el inicio de febrero. Es en esta época cuando las numerosas hermandades en honor a Santa Águeda llevan a cabo las celebraciones en torno a esta fiesta que tiene lugar como fecha oficial el 5 de febrero. Cada municipio, cada grupo, lo vive a su manera, tratando de perpetuar aquellas tradiciones y costumbres que han ido pasando de madres a hijas. La cita suponía también el primer coletazo a una sociedad dominada por las formulas patriarcales. Una manera de decir, con la boca pequeña, que las cosas pueden cambiar. Que deben cambiar.

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Fiesta de Santa Águeda en Espinosa de Henares.

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Despoblación y movimientos sociales: El caso Fraguas

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Varias personas reconstruyendo un tejado. // Foto: Colectivo Fraguas Revive

Por Isaac Alcázar *

Ya se hace impertinente glosar el gran problema de la despoblación que observamos atónitos en nuestro país. Ningún preboste que se precie puede permitirse no hablar de tan cacareado asunto, aunque luego sus acciones desmientan ese impostado interés. La realidad, dura como un témpano: sin intervenciones decididas cientos de pueblos desaparecerán del mapa sólo en la próxima década. Guadalajara es una de las provincias más afectadas. Las casas están vacías, los huertos yermos; el mundo rural es ya un escenario falto de personajes.

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Vinieron para marcharse

Por David Sierra

Vinieron para quedarse. Eran cinco. Una familia tipo: madre, padre, niña y dos niños. Uno de ellos ya adolescente. El otro aún en pañales. Decidieron buscar un lugar donde la economía familiar les permitiese rentar más. Y optaron por salir de la gran ciudad y hacer caso de los rumores que les llegaban a diario sobre que la vida en el pueblo daba mucho más de sí. La idea les apasionaba. Encontrar el sosiego y la paz después del trabajo les atraía con especial ilusión. También la creencia de ver crecer a su prole en la libertad que ofrece el mundo rural, donde las normas se adaptan a lo que dicta la razón.

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