La factura

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Varios operarios de la ARMH trabajan en la exhumación de los cuerpos de los fusilados en la fosa común del Cementerio en busca de los restos de Timoteo Mendieta. // Foto: eldiario.es 

Por Borja Montero

A Guadalajara le ha tocado ser pionero en una materia tan sensible como es la recuperación de la memoria de muchas familias separadas por la Guerra Civil y, lo que es más grave, por la arbitrariedad del régimen totalitario que surgió de la contienda, cuarenta años de franquismo que han dejado demasiadas cicatrices sin restañar. La doble exhumación de cuerpos en busca de los restos de Timoteo Mendieta ha sido un hito en este camino, acrecentado por la épica de la perseverancia de su anciana hija, del viaje al otro lado del Atlántico y de la implacabilidad de la jueza María Servini para conseguir la necesaria colaboración de los juzgados españoles. El carácter primerizo y de posible marca de tendencia de este caso para futuras reclamaciones similares hace que cualquier novedad al respecto sea una noticia de gran alcance y, por tanto, sea acogido con atención y analizado por familias y colectivos implicados. La última ha sido bastante sonrojante para lo que concierte a los guadalajareños: el Ayuntamiento de la capital ha envíado a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, entidad que se encargó de la excavación para recuperar los cadáveres, una notificación para el pago de 2.057 euros en concepto de tasa de uso del Cementerio Municipal por la exhumación de Timoteo Mendieta y otros 27 cuerpos. Sigue leyendo

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Examen de madurez

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Ascensión Mendieta supervisa en primera línea los trabajos de exhumación del cuerpo de su padre. // Foto: Twitter SER Guadalajara

“Y sentarnos todos: / los despiezados, los perdidos, los que consumen cera a la izquierda, / los sepultados sin sepultura, los que fueron ceniza, denso vacío, / los que dijeron la palabra y los que callaron y tuvieron miedo, / los avergonzados, los postergados por el amor, los heridos por el deseo, / los que esperan sin saberlo y los que saben y ya no esperan, / los que fueron luz o sonrisa, los que dejaron algo, los que apenas fueron.” (“Esta extraña fidelidad tan perruna y nuestra”, Antonio Crespo Massieu)

Por Borja Montero

Guadalajara está siendo estos días escenario de lo que debería ser un ejemplo de madurez democrática. El inicio de las labores de exhumación e identificación de los restos mortales de Timoteo Mendieta Alcalá no debería ser noticia, sino simplemente el último trámite que una familia tiene que atravesar para poder recuperar el cuerpo de su pariente represaliado. Sin embargo, el revuelo mediático que ha supuesto este caso, así como la peripecia necesaria para llegar a su resolución, indican que, lejos de que la España constitucional haya llegado a su mayoría de edad (habiendo cumplido ya los 40 años, recuerden), la verdadera reconciliación nacional, la que consiga igualar finalmente el status de los participantes en la Guerra Civil, la que quite honores a unos y, sobre todo, condenas y penas a otros, se antoja imposible de conseguir. Sigue leyendo

La memoria de don Camilo

Camilo José Cela, retratado por Gonzalo Lacruz para ABC.

Camilo José Cela, retratado por Gonzalo Lacruz para ABC.

Por Rubén Madrid

Escribió Fransico Umbral que Camilo José Cela se dedicó después de ganar el Nobel a poner placas por toda la Alcarria para dejar rastro de su gloria. Lo escribió así, con el desparpajo que ambos compartían, como si todo el reguero de homenajes que salpica las márgenes de este itinerario literario no hubiese tenido nada que ver con las propuestas de las autoridades y la muestra de cariño de las gentes. El caso es que los que hemos venido tiempo después a recorrer estos caminos nos hemos encontrado que Guadalajara y sus pueblos rebosan placas sobre el Viaje, calles con el nombre del escritor, hasta un museo sobre su libro en Torija, además de alguna medalla y algún muy merecido ‘hijo de’.

A pesar de todo esto, hoy se cumplen 25 años de la entrega del Premio Nobel de Literatura, el máximo galardón de las letras en todo el mundo, sin que casi nadie en Guadalajara se acuerde de que la última vez que la Academia señaló a España lo hizo a Cela y lo hizo, por tanto, mirando hacia Guadalajara, donde vivía. Quisiera pensar que el descuido es síntoma de un provincianismo superado, de que ya no necesitamos de la memoria de don nadie para ser nosotros mismos, de que tenemos nuestros grupos de Facebook y el empuje de nuestras promesas contemporáneas.

Pero sospecho más bien que están las autoridades alcarreñas más pendientes de otras ocurrencias, o tal vez relajadas ante la mirada autocomplaciente de sus palmeros, o diseñando ya las fotos folclóricas para las elecciones de mayo, que para esto también sirve la cultura ‘elemental’. O simplemente es que se les ha ido la pinza y nadie ha caído ni leído la prensa de octubre. Porque ninguna institución recuerda este Nobel como si fuese algo propio. Ni tampoco ninguna asociación ha salido esta vez al rescate, como hacen tantas veces, para reparar los daños, convocar una conferencia de rigor –tantas como tenemos ahora– o un programa básico como el que sí que recuerda estos días en Galicia la concesión del galardón a su paisano afincado en la Alcarria.

No seré yo quien venga aquí a ensalzar la figura de un hombre al que era habitual escuchar y leer frases como que “a las españolas se las toca poco el culo” o que “para divertirse hay que irse de putas, porque acostarse con la mujer de uno, que es de la familia, da mucho reparo”. Pero tampoco creo que sea la memoria de estos ‘ingenios’ lo que impida ahora el homenaje, porque tengo la impresión de que en Guadalajara a Cela siempre se le han reído las gracias, las anécdotas y hasta las frases machistas mucho más que leído sus libros, incluido el Viaje a la Alcarria.

Lo que cabe celebrar, es obvio, es el Nobel –y con él, tantos otros premios– que recibió en Guadalajara como culminación a una trayectoria literaria cuajada de títulos imprescindibles como ‘La familia de Pascual Duarte’, ‘La Colmena’ y –sobre todo aquí– el propio ‘Viaje a la Alcarria’. Lo que venimos a decir es simplemente que este aniversario habría merecido un mero apunte a pie de actualidad en el panorama cultural. Entre otras cosas porque muchos no sabemos en qué condiciones estaremos para celebrar como se merece el medio siglo del Nobel, en el año 2039.

Lo que conmemoramos y lo que no. E insisto que puede ser que todo se deba a un descuido en cadena –también aquí se triplican las competencias entre administraciones–, pero no es la primera vez que alertamos de esa manera tan poco meticulosa que tenemos en Guadalajara de olvidarnos de lo que merecería tener centrada nuestra memoria. Que celebramos los nueve siglos de Alvar Fáñez con batalla incluida en los exteriores del Infantado y nos olvidamos de honrar a los abuelos en los 75 años del final de la Guerra Civil. Que resulta contradictorio el derroche de actos sobre El Greco, no sólo justificados por su figura sino también porque la Junta paga, mientras compensamos con una austeridad desaforada el recuerdo de nuestros escritores más próximos.

Ya resultó imperdonable el año en blanco que le dedicamos en 2013 al centenario de nuestro último clásico de la poesía, el humanense Ramón de Garciasol. Alguno pudo sospechar entonces que los olvidos intencionados tenían mucho que ver con la militancia política de los escritores. Ahora, con Cela, las razones deben de ser otras.

Aun habrá quien vea que por pedir homenajes a Cela somos de Podemos, así que dejémoslo estar. Pero, en cualquier caso, ya avisamos: en menos de un año tenemos a la vista un triple centenario, el de los nacimientos del propio Cela, de Buero Vallejo y de José Luis Sampedro. Los tres, por razones que todavía hoy no hace falta explicar, se merecen un monumento. [Apunte para Nogueroles: quien dice monumento dice un reconocimiento formal].

Ojalá con motivo de estos triples centenarios de 2016 y 2017 no haya que lamentarse de más olvidos, tengamos unas lecturas públicas, una programación de conferencias, exposiciones y actos de homenaje o, puestos a dar forma a algo tangible, impulsar de una vez por todas una casa museo, un centro de interpretación de la palabra, una biblioteca municipal que honre sus memorias…

Don Camilo -lean y relean a nuestros paisanos García Marquina y Pedro Aguilar- tenía también algunas frases afortunadas. Y dijo, entre otras cosas, que lo difícil no era ganar el Nobel, sino mantenerse.

PD – Tenía razón La Sexta. Mucho se ha debatido en las últimas semanas a propósito de la aparición forzada del alcalde Antonio Román en el programa El Objetivo de La Sexta. Lo hizo como ejemplo de diputado que compatibiliza la “dedicación exclusiva” del cargo –eso lo dice el congreso, no La Sexta– con la Alcaldía de Guadalajara y unas horas de consulta médica en una clínica privada. Ya tratamos el asunto. Hoy sólo lo volvemos a traer aquí para recomendar al lector que eche un vistazo a esta información interactiva del digital El Confidencial y que compare la estadística de la actividad de nuestros diputados populares (también Encarnación Jiménez) con la de la diputada socialista Magdalena Valerio en número de intervenciones en comisión, propuestas, preguntas escritas y orales, etc… La diferencia es demoledora. Tenía razón la Sexta: no porque Román sea un alcalde parcial, sino porque es -y de eso iba el programa- todo lo contrario que un diputado volcado en el cargo nacional por el que cobra.