Oportunas setas

Por Marta Perruca

Cartel informativo sobre la nueva ordenanza. // Foto: M. Corella

Cartel informativo sobre la nueva ordenanza. // Foto: M. Corella

Reconozco que ayer me asaltó mi fobia a los miércoles de página en blanco, pero en un momento determinado renuncié a saltar de noticia en noticia por los diarios digitales y me fui a dar un paseo, a ver si la brisa vespertina me ayudaba a aclarar las ideas. El remedio fue mano de santo. Estaba iniciando mi camino de vuelta a casa cuando el whatsapp vibró en mi bolsillo. Era Marta Corella, regente del Albergue “El Autillo” de Orea. Hace unos meses creamos un grupo para empresarios turísticos del Geoparque de la Comarca de Molina-Alto Tajo, donde cada cual comparte sus actividades e información de interés y ayer Marta, que además es concejala del municipio, subía esta foto, informando de la nueva Ordenanza Municipal que regula la recogida de setas en Orea y sobre las maneras de conseguir los permisos oportunos. Salvada por la campana –o mejor dicho, por el vibrador del whatsapp-. Ya tenía tema para el artículo de esta semana.

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Los frutos del bosque

En Soria se han puesto en macha iniciativas que regulan la recogida, pero también la venta, como Mercasetas. // Foto: Concha Ortega (www.desdesoria.es).

En Soria se están poniendo en macha iniciativas que regulan la recogida de hongos comestibles, pero también la venta, como Mercasetas. // Foto: Concha Ortega (www.desdesoria.es).

Por Rubén Madrid

Dice la Guardia Civil que está “desbordada” y que este otoño le están saliendo como hongos después de la lluvia los recolectores ilegales de setas. Habrían dado aviso incluso a la Delegación del Gobierno para decir que no pueden evitar el expolio de nuestros bosques, sobre todo los de las provincias más seteras de la región, Guadalajara y Cuenca.  Y añaden los empresarios del sector de todo el país algo que muchos sospechan ya en los pueblos de nuestra provincia, que llegan autobuses enteros de temporeros que invaden nuestras arboledas, rastrillan arrasando el suelo y hacen su agosto en noviembre convirtiendo en suyo lo que no es de nadie, o que, por ello mismo, debería ser de todos.

El crimen que provocan es grave, porque no sólo se llevan las setas (ahí están, para quién aparezca primero) sino que sus prácticas de recogida, con rastrillo, con bolsas de plástico, rompen el equilibrio ecológico que permite que al año siguiente los hongos vuelvan a brotar como desde la noche de los tiempos viene dictando la madre naturaleza.

En Guadalajara siempre ha habido mucha afición a la recogida de setas, de modo que no voy a venir yo aquí a recordarles la enorme riqueza y cantidad de hongos que atesoran nuestros montes. Pero, del mismo modo que también nos gusta mucho jugar al mus pero nadie monta un casino, tampoco le hemos querido ver la oportunidad negocio al sector. Han tenido que venir estos recolectores furtivos con sus furgonetas para que tomemos conciencia de lo valiosos que son los frutos del bosque. Hasta ahora en nuestros pueblos, durante décadas, hemos escogido entre la resignación de unos y, allí donde pudieron, la inclinación del pescuezo para recoger el chorreo de dinero fácil que dejaban las eléctricas con las centrales y los molinos.

La regulación. Este año se ha puesto en marcha un contrato agroalimentario entre el propietario forestal y los recolectores de setas y se han presentado en Hacienda varias propuestas, en un intento de regular la recogida de setas en nuestro país y de poner coto a la llegada de temporeros que sí han advertido la opción de hacer negocio con las setas comestibles. La cuestión no es fácil, sobre todo porque hay que orquestar reglamentos que permitan la recogida aficionada y la profesional, a la vez que impidan por supuesto las prácticas ilegales.

Ante la pasividad casi generalizada que ha habido hasta el momento por parte de la Administración regional, en algunos municipios ya han hecho la guerra por su cuenta, siguiendo ejemplos que nos llevan casi una década en pueblos de Soria, por no ir más lejos: ha sido el caso de Cogolludo, que ha puesto en marcha una licencia de recogida por cinco euros al día, 30 para empresas.

Se habla mucho de la puesta en marcha organizada de cotos micológicos y se buscan los mecanismos para orquestar la recolección aficionada y la profesional. El asunto no es nada nuevo, porque sale a menudo por estas fechas, pero solemos olvidarlo porque en realidad se trata de eso, de un fenómeno de temporada. Dice ahora el Gobierno regional que prepara un decreto para regular la recogida, pero eso mismo dijo el gobierno socialista hace precisamente cuatro años sin que finalmente sacase adelante una normativa para el territorio regional.

Coto de setas que regula la búsqueda en un bosque burgalés. // Foto: Óscar Cuevas.

Coto de setas que regula la búsqueda en un bosque burgalés. // Foto: Óscar Cuevas.

En la provincia de Soria nos llevan casi diez años en esto y hay proyectos que no sólo se preocupan por la recogida, sino también por la comercialización, como demuestra el interesante proyecto de Mercasetas. Aquí en Guadalajara hay voces, alcaldes serranos, delegados de la Junta como lo fue Sergio Cabellos o periodistas como Raúl Conde –no dejen de leer su detallado diagnóstico de cada año, como él mismo dice- que llevan años pidiendo que la práctica quede reglada de manera que la búsqueda de setas, que no son sino un aprovechamiento forestal más, pueda revertir en los municipios y garantice una práctica sostenible, tanto para quienes recolectan como aficionados como para quienes quieran impulsar a partir de ella un negocio. Habrá que debatir qué tipo de reglamento resulta más conveniente, pero a estas alturas de la película la regulación cae ya por su propio peso y se está generalizando en numerosos puntos del país sin que en nuestra Guadalajara, tan aficionada al hongo, le hayamos puesto coto al asunto.

Desarrollo sostenible. Todavía resuenan los ecos de la manifestación del sábado en las calles de Guadalajara. Cinco plataformas y cuatro sindicatos reunieron en torno a 2.000 ciudadanos para exgirir el fin de las políticas de recortes en la provincia. Aunque esta marea fue de las más heterogéneas que hemos podido ver en esta legislatura caliente en  movilizaciones, fueron la Plataforma de la Sierra Norte y La Otra Guadalajara las que impulsaron la protesta. Por fin (y deberían ir de la mano muchas más veces, porque reclaman lo mismo) los serranos de uno y otro lado de la provincia se unían. Y, más allá del clamor contra los recortes educativos, sanitarios y demás, la chispa que encendía su voz era la misma: su reacción compartida contra el despoblamiento de muchos pueblos y aldeas de sus comarcas.

Cabecera de la manifestación del sábado 'Defiende tu tierra, defiende tus derechos'. // Foto: Guadaqué.

Cabecera de la manifestación del sábado en Guadalajara, ‘Defiende tu tierra, defiende tus derechos’. // Foto: Guadaqué.

No hace mucho el diario El País nos lanzó a la cara en pleno domingo un reportaje en el que nos decía lo que tantas vecemos hemos dicho en la prensa provincial, que todos los indicadores -densidad de población por habitante, municipios de menos de cien habitantes- nos dejan en situación de alarma por despoblación, aunque la cifra global de crecimiento en la provincia siga enmascarando este fenómeno a causa de los números de los municipios del Corredor.Y leíamos en estas páginas lo que otros acuñamos en los denostados papeles de nuestra prensa local: que Molina es la Siberia de Iberia. Pero es que lo que se dice de Molina se puede decir, con igual o más motivo, en El Cardoso de la Sierra, en la otra punta (y nunca mejor dicho) de la provincia.

Esta doble realidad, la que se llamó la Guadalajara de las dos velocidades, los polos positivo y negativo del crecimiento conforme nos aproximamos a Madrid o a Teruel, no son así porque sí. Y aunque no vamos a resolver aquí en “dos patás”, como decían los cómicos de Gomaespuma, todo el complejo y largo diagnóstico sobre la despoblación en nuestro universo rural, sí queremos destacar la importancia que tiene el modelo económico que adoptemos para que el medio rural sea un lugar con oportunidades laborales e inversiones en infraestructuras: son estas, y no otras, las verdaderas recetas mágicas contra la despoblación.

Inversiones y oportunidades. Las inversiones siempre quedan relegadas en nuestros pueblos. En tiempos de escasez, como los actuales, porque no hay partidas para obra real. Pero en tiempos de vacas gordas, también. Porque un modelo de desarrollísmo desaforado basado en el ladrillo, como el que hemos tenido, con crecimientos exponenciales en los municipios del Corredor, derivan el despliegue de infraestructuras precisamente allí donde se multiplica la población. Y también entonces, con presupuestos opulentos, el medio rural queda relegado a un segundo plano.

Entre los crecimientos desproporcionados de los pueblos del área metropolitana de Madrid y la escasez de nuestras siberías provinciales cabe un modelo de desarrollo sostenible que marque unos tiempos adecuados de llegada de nuevos pobladores, que posibilite la respuesta adecuada de las administraciones con las inversiones que se hagan necesarias y que pueda ser sostenido en el tiempo. Y la puesta en marcha de una ‘economía verde’ sigue siendo, mientras nadie diga lo contrario, la solución más adecuada para combatir lo que el diario nacional llamaba “la España terminal”.

Es aquí donde los aprovechamientos de los recursos propios y su conservación para hacerlos duraderos resulta imprescindible. Todavía estamos esperando que las administraciones apoyen decididamente las oportunidades de negocio basadas en los recursos locales, que respalden e impulsen sellos de calidad, que tejan redes para mancomunar servicios, que pongan en marcha, en definitiva, verdaderos planes de desarrollo rural que vayan más allá de las ayudas preelectorales para empresas como la que acaba de anunciar Cospedal. Me dirán quienes se manifestaron el sábado, y con mucha razón, que no cabe esperar esta voluntad de despegue para el medio rural de quienes incluso han cerrado escuelas rurales o pretendían acabar con las urgencias en muchos centros de salud.

En Guadalajara hay setas y no debemos esperar a que venga una banda de foráneos en furgoneta para llevárselas para darnos cuenta que ahí hay negocio. Mucho o poco, pero hay. Como lo hay en la trufa. Y en la biomasa, que es rentable en tantos puntos de esa Europa que para tantas cosas tomamos como modelo. La limpieza de los montes es según los sindicatos y plataformas como La Otra Guadalajara uno de los principales nichos de empleo de esta provincia. Tenemos -y si no, hay que buscarla- una artesanía propia, una ganadería que nos distingue y unos productos que conforman una gastronomía propia. Y hay manos y talentos dispuestos a radicarse en el campo para trabajar sin afán de enriquecerse pero sí de asentar en los pueblos un proyecto rural. No esperemos a que venga El País a hacernos otra vez el diagnóstico, ni tampoco nos echemos las manos a la cabeza si pasado mañana vienen cuatro rumanos a llevarse la leña del bosque.

Otoño en modo “ON”

Paisaje otoñal en el Barranco de la Hoz. // Foto: J.A. Martínez Perruca

Paisaje otoñal en el Barranco de la Hoz. // Foto: J.A. Martínez Perruca

Por Marta Perruca

Un año más, el verano se ha deshecho entre nuestros dedos: entre las ramas de los chopos que chorrean raudales de hojas doradas que, poco a poco, se van acumulando al borde del camino y en los borbotones rojos que surgen entre los árboles de nuestros bosques, que el otoño acabará desnudando cuando inicie su rauda carrera marrón para encontrarse con el invierno. Pero ahora la naturaleza se pone sus mejores galas para admirarnos con su explosión de colores otoñales y estas primeras lluvias nos invitan a salir en busca de esas deliciosas setas que nos regala la naturaleza y que descubrimos entre exclamaciones de sorpresa como si de pequeños tesoros se tratase. Y no ha despuntado el alba y ya escuchamos desde la cama el ladrido nervioso de los perros y los coches poniéndose en marcha para salir de cacería envueltos por el olor del bocata de lomo recién hecho o, puede que con la tortilla de patata en la tartera.

El otoño en los pueblos de nuestra provincia tiene otro sabor, otra intensidad y otro ritmo distintos a los que están acostumbrados los vecinos de la capital. Son muchos los que se escapan un fin de semana o varios para disfrutar de esos pequeños placeres que han quedado sepultados bajo bloques de cemento en las ciudades, sin tan siquiera preguntarse por qué están ahí y, quizá, dando por hecho que estarán esperándoles el año que viene cuando decidan regresar.

Me sugería nuestra compañera, Concha Balenzategui, que hablara hoy de las setas, recordando que solía ser un tema recurrente de esta temporada en las páginas de los diarios de nuestra provincia. Cabría hablar en estos días de consejos y precauciones, pues cada año, por estas fechas, los molineses nos acordamos del mal rato que pasamos con la intoxicación por amanita faloides que casi le cuesta la vida a un vecino de nuestra localidad; también de una regulación de esta actividad que nunca termina de llegar. En los pueblos de la provincia, muchas veces, nos lamentamos de que cada vez son más las limitaciones que nos imponen para disfrutar de un medio que nos perteneció a base de jornadas inolvidables que han construido nuestros recuerdos y nuestra identidad, pero también es cierto que después clamamos al cielo cuando pasa la marabunta de recolectores “furtivos” que descorchan y arrasan el suelo de nuestros bosques con el uso de rastrillos; o por las prácticas delictivas, cada vez más frecuentes, de algunos foráneos que amenazan y extorsionan a aquellos que pretenden pasar un día en el campo recolectando setas, como si la explotación de esos montes de uso público fuera de su propiedad.

Con las lluvias, han salido ya las primeras setas de otoño. // Foto: A. Perruca

Con las lluvias, han salido ya las primeras setas de otoño. // Foto: A. Perruca

Pero, con todo, y de alguna manera, cuando el verano pierde intensidad, el otoño nos espera con su particular sinfonía de color. Nos esperan los montes repletos de boletus, niscalos, champiñones, o setas de cardo y los cotos están listos para la caza del ciervo o el jabalí y sigue siendo así, quizá por que el bajo índice de población de nuestras zonas rurales contribuye a su buen mantenimiento, pero a menudo me pregunto qué sería de estos espacios si en nuestros pueblos ya solo chillasen los fantasmas y no quedase nadie que velase por ellos.

Es fácil adelantarse al adjetivo que describe a estas zonas que aglutinan los pulmones de la provincia. Son las comarcas olvidadas. Esos territorios que a fuerza de despoblación parece que no interesan a nadie, porque la lógica del sistema no se rige por una gestión eficiente y responsable, sino por el peso de las papeletas en las urnas. Por eso, parece lógico que las plataformas de estos lugares de olvido: La Otra Guadalajara y la Plataforma en Defensa de la Sierra Norte, unan sus fuerzas a las de otros colectivos en una manifestación, prevista para el 8 de noviembre, con un amplio catálogo de reclamaciones de toda índole –contra el Fraking, la despoblación o los recortes en Sanidad y Educación; para la firma de un convenio Sanitario con la Comunidad de Madrid o la construcción del Parador que se prometió, entre otras-  y bajo el lema “‘Defiende tus derechos, defiende tu tierra, defiéndete”.

Desde mi atalaya, me gusta contemplar las posiciones estratégicas en la lucha contra la despoblación, en la que este tipo de plataformas cumplen un papel fundamental. Ellas trabajan en la defensa de los intereses de los territorios y en combatir las injusticias cuando el peso de los votos desequilibra la balanza. Ellos son los contrafuertes que apuntalan el edificio, pero lo cierto es que nada impedirá que éste se desmorone si no existe un elemento activo y dinamizador que trabaje en la reconstrucción de la casa, mientras los puntales la soportan.

El otro día, viajaba a Utrillas para participar en unas jornadas sobre despoblación organizadas por la Diputación de Teruel, bajo el título “Iniciativas para el mantenimiento y acogida de pobladores en los pueblos de Teruel“, en las que se presentaron algunos de los programas que se están desarrollando en la provincia vecina para hacer frente a este fenómeno, algunos de ellos con arraigo también en nuestra provincia como “Fundación Cepaim”, que pretende asentar población inmigrante en aquellos municipios con problemas de despoblación o “Abraza la Tierra”, que ofrece asesoramiento y apoyo a aquellas familias que buscan un proyecto de vida en el medio rural; y proyectos, como “Serranía Celtibérica”, del que ya he hablado en otras ocasiones, y que plantea una herramienta de desarrollo basada en los recursos de estas zonas y una vía para recavar fondos europeos teniendo en cuenta sus especiales circunstancias.

No obstante, lo que más me impactó de estas jornadas fue la exposición del profesor  Luis A. Sáez, de la Universidad de Zaragoza. Puede que estemos tan acostumbrados al argumentario victimista de los territorios asolados por esta problemática, por un lado, y a los discursos mesiánicos de los representantes de las administraciones que parecen haber encontrado la panacea con cada política que abordan al respecto, por otro, que se nos haya pasado por alto realizar un análisis frío del mismo.

Desde luego, a mí me llamó la atención que en un encuentro en que cada cual vendía los parabienes del proyecto que está llevando a cabo, alguien salga al estrado para poner de manifiesto que se han estado haciendo las cosas mal desde la base. Según el profesor no sólo hemos llegado tarde, sino que lo hemos hecho con un problema de enfoque y con diagnósticos erróneos. No todos los lugares acuciados por la despoblación están dispuestos a embarcarse en un proyecto de futuro. Parece obvio que si de lo que se trata es de reanimar al muerto, lo más importante es que éste tenga ganas de vivir. La condición de posibilidad de nuestros pueblos es la existencia de una masa crítica con la realidad que le rodea y que tenga la voluntad de emprender reformas para revertirla. La situación actual, dijo, es consecuencia de la inacción política, pero también social. Por otra parte, habló de una absoluta carencia de evaluación de resultados en las políticas de desarrollo rural y de un análisis coste-beneficio, así como de acuerdos horizontales entre territorios o administraciones para afrontar problemáticas comunes. Pero no todo son nubarrones negros en el planteamiento del investigador social, quien terminó la exposición señalando los tres pilares sobre los que, desde su punto de vista, se puede asentar el futuro de estas zonas rurales: Talento, Tolerancia y Tecnología.

Podríamos haber salido de aquellas jornadas con el ánimo por los suelos y decididos a tirar la toalla, ante la evidencia de que hemos llegado tarde a nuestra lucha y, sin embargo, creo que sucedió todo lo contrario, porque entonces pensamos en todos esos pueblos que todavía tienen una masa crítica; en esas asociaciones y colectivos de la comarca a la que pertenecemos, que parece que solo necesitan una pequeña chispa para que se encienda una gran llamarada de acción y que se encuentran siempre dispuestos a empujar, cuando la situación lo requiere. Nadie va a venir a rescatarnos, ya lo he dicho otras veces, pero eso no quiere decir que tengamos que dejarnos morir, sino que quizá solo debamos aprender a rescatarnos a nosotros mismos: Pulsar el botón de ON para poner en marcha una maquinaria que nadie pueda ya detener y que llegue otro nuevo otoño, pero no porque nos hayamos quedado sentados esperando, sino porque estemos convencidos de que el camino emprendido nos encontrará cada año despertándonos en medio de ese espectáculo que nos brinda la naturaleza a esos que todavía tenemos el privilegio de vivir en el medio rural.